sábado, 4 de febrero de 2017

Esponja.

Hay un cierto tipo de seres humanos que tienen naturaleza de esponja. No como ese personaje animado de sonrisa permanente y optimismo casi ridículo, sino más bien como esas que todos tenemos en casa para ayudarnos en la limpieza del hogar, que absorben detergente, agua y cualquier cosa en la que se las sumerja.
De la misma manera, el ser-esponja se nutre de todo lo que lo rodea y lo incorpora a su ser: lo bueno, lo malo, lo que aún no puede entender pero quizás en el futuro logre descifrar, lo que ve, lo que escucha, lo que sienten él y todos los demás. El ser-esponja acumula experiencias, conocimiento y sentimientos propios y ajenos y de todo aprende, de todo se nutre, a todo lo entiende o lo entenderá. Acumula, acumula, acumula, y un día rebalsa. Y cuando rebalsa, agarra todo eso que absorvió, se hace un bollo y lo estruja afuera de su sistema: se limpia, se vacía y arranca de nuevo.
Hay pocas cosas que hagan al ser-esponja estallar, generalmente tiene que ver con esas situaciones que generan una especie de deja vu, el típico "tropezar con la misma roca". Algo en el ser-esponja le impide caer en ese error, porque cada vez que se topa con uno de estos momentos es su propia naturaleza la que lo llama a pensar las cosas dos veces y revisar todo eso que absorbió en el pasado.
El ser-esponja no debe ser subestimado, porque nunca olvida, de todo aprende y jamás repite errores ni mira atrás. Si todo eso ya está almacenado en su naturaleza, ¿Para qué volverlo a incorporar? No se aferra al pasado, sino que lo suelta, lo deja libre y conserva sólo aquello que le sirve.
Lo más importante es que si el ser-esponja se va, no vuelve. Si entiende que ya tuvo suficiente de algo, lo evita. Si necesita tiempo en soledad para volver a vaciarse, lo aprovecha.
Y, sobre todo, si se encuentra en equilibrio no permite que nadie lo haga rebalsar.

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