viernes, 14 de febrero de 2014

Ego

Ese que te hace pensar que sos la razón de mi existencia, que te lleva a creer que podés manejarme como quieras porque estás seguro de que te quiero; el mismo que te impide ver que jamás en tu puta vida estuviste tan equivocado. No sos ni James Dean, ni Albert Einstein, ni San Martín, ni Prince Charming, pero te ves como una perfecta conjunción de ellos y muchos más, cuando en realidad no sos un caballero bien parecido, inteligente y valiente, y mucho menos lo que yo quiero o necesito. De hecho, no podrías estas más alejado de eso. 
No necesito tus monólogos, ni que des cátedra de tus éxitos (o fracasos disfrazados, tranqui que todos nos dimos cuenta), y permitime decirte que escuchar cómo te quejás sobre lo mal que está que te quiera así me da risa, porque no ves las verdades más evidentes que están tan al alcance de tus manos que de ser una bestia ya te hubieran comido. Así como vos vas por la vida comiéndote al mundo y los que te vemos desde afuera nos reímos de lo ridículo que sos y de lo mucho que te falta para llegar a ser lo que creés ser, pero tu propio ego te dejó ciego y vas por ahí creyendo que tenés todo lo que querés mientras se te escapa entre los dedos. 
Entiendo que no es culpa tuya, pero tampoco mía,  ya estamos bastante grandes como para hacernos cargo de nuestras propias actitudes. Después de todo, no supiste si pedirme perdón, saludarme como si nada hubiera pasado o evitarme hasta que estuvieras obligado a verme, pero andá tranquilo que me parece completamente lógico: nunca antes te habían bajado a la Tierra con semejante golpe. Debe ser feo ver cómo otros se llevan lo que considerabas tan tuyo, de lo que alardeabas y te enorgullecías aunque no lo quisieras demostrar, pobrecito. Te debe haber costado mucho asumir la realidad y entender que estabas parado en medio de la nada quedando totalmente expuesto, como realmente sos, que tus amigos te habían perdido el respeto tiempo atrás y que no existía eso sobre lo que creías poder apoyarte, que la única persona a la que considerabas incondicional se había ido tiempo atrás y ya no le afectaba nada de lo que pudieras hacer para lastimarla, que tu juego se había terminado sin que te dieras cuenta y te encontrabas frente al tablero, completamente solo, esperando a que tu oponente moviera una pieza, sin ver que jugabas contra tu propia sombra.
Ese ego, el mismo que me hizo abrir los ojos, pegar media vuelta y hasta reírme en tu cara sin que me creyeras capaz. Ese que ahora me permite negarme a repetir la misma historia una vez más, avivarme y no caer en el mismo pozo, levantar la cabeza, asentir y abandonar.

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