domingo, 27 de octubre de 2013

A lo que se reduce

Volvimos a perdernos a la deriva y nos encontramos entre la multitud como quien no quiere la cosa.
Inocente, no sabés mentir, no distinguís el personaje de la persona; me creés, lo aceptás, te callás y explotás, porque así somos lo que no somos ni nunca fuimos pero tal vez seremos: energía moviéndose en direcciones opuestas para encontrarse una y otra vez cuando uno menos se lo espera. Me río, te reís, me mirás fijo y me pierdo. No entendés por qué, no sabés lo que quiero, no esperás nada y a su vez te animás a todo lo que rehuyo desde siempre. Venís, te vas, volvés: obviedades, nimiedades, detallitos imperceptibles que valen más que todo lo que no me decís porque no sabés cómo, porque no te animás.
Una caricia, una sonrisa, un beso y nos fuimos a otro mundo, donde de tanto hacernos los indiferentes terminamos tirando las defensas abajo, ladrillo a ladrillo, perdidos en la inmensidad de algo que no sabemos que es, si es o no pasa de formar parte de una ilusión, de un juego macabro que nos va perdiendo cada vez más lejos del camino ¿Qué camino? Si llegados a este punto el único camino que sigo, inconsciente o conscientemente, es el que me lleva a vos. Si no te veo, te extraño; si te tengo cerca, me quedo en silencio. Creés, muy errado, que es porque no tengo nada que decir, porque le resto importancia al asunto, porque estoy ocupada en otras cosas y te relego siempre para el final, porque no te quiero. La realidad es que no pasan dos segundos en los que te tenga cerca que te saque los ojos de encima. Tan sutil, tan disimulada aprendí a ser con el tiempo, tan manipuladora, tan mentirosa, que no sólo logré desconcertar a un ávido cazador sin siquiera necesitar esconderme, sino que también llegué más lejos de lo que hubiera esperada. Y sin embargo sigo esperando el momento en el que logre dejar de calcular cada oportunidad, cada riesgo, cada momento de mi vida, y logre finalmente tirar abajo los muros que me protegen del dolor y me aíslan  en mi propia fragilidad disfrazada de frialdad.
No entendiste nada, pero así me hiciste abrir los ojos a algo que nunca pude ver. No, no somos iguales del todo, pero si lo suficiente como para entender tu lógica; sí te tomo en serio, siempre lo hice; no sos el último, sino el primero; te extraño como a nadie.
Te reíste, un poco por los nervios, cuando te dije que lo peor que me había pasado en la vida era haberte conocido, porque ni percibiste la vorágine de sentimientos encontrados detrás de mis palabras ni supiste ver más allá de lo que soy, ni escuchar más allá de lo que digo, ni entender más allá de mi forma de actuar.
¿A qué se reduce todo? Vos, yo, el nosotros potencial, lo que damos y lo que perdemos, lo que callamos y lo que decimos, lo que filtramos, lo mal que te trato por cobarde, egoísta y orgullosa, tus declaraciones a medias, propuestas confusas, celos disfrazados y enojos leves, mis escapadas, provocaciones y huídas reiteradas, lo que no sabés ver y que está más que claro, lo que te quiero, lo que no sé qué es pero de todas formas me tira para atrás todo el tiempo.
Esto, la nada misma, se reduce 
A un momento.
A una oportunidad.
A un recuerdo.
A un futuro sin pasado ni presente.
A un segundo de duda.
A un parpadeo.
A una sonrisa.
A una mentira.
A un beso.
A una despedida.
A vos.
A mi.
A ninguno de los dos.

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