miércoles, 26 de junio de 2013

"En toda relación desigual y sin nombre ni reconocimiento explícito, alguien tiende a llevar la iniciativa, a llamar y a proponer encontrarse, y la otra parte tiene dos posibilidades o vías para alcanzar la misma meta de no esfumarse y desaparecer enseguida, aunque crea que de todas formas será ese su destino final. Una es limitarse a esperar, no dar nunca un paso, confiar en que pueda añorársela y en que su silencio y su ausencia resulten insospechadamente insoportables o preocupantes, porque todo el mundo se acostumbra pronto a lo que se le regala o a lo que hay. La segunda vía es intentar colarse con disimulo en la cotidianidad de ese alguien, persistir sin insistir, hacerse sitio con pretextos varios, llamar no a proponer nada - eso está vedado aún - sino a consultar cualquier cosa, a pedir consejo, o un favor, a contar lo que nos ocurre -la manera más eficaz y drástica de involucrar- o a dar alguna información; estar presente, actuar como recordatorio de uno mismo, tararear en la distancia, zumbar, dar lugar a un hábito que se instala imperceptiblemente y como a hurtadillas, hasta que un día ese alguien se descubre echando en falta la llamada que se ha hecho consuetudinaria, siente algo parecido al agravio -o es la sombra de un desamparo- e, impaciente, levanta el teléfono sin naturalidad, improvisa una excusa absurda y se sorprende marcando él.

Yo no pertenecía a ese segundo tipo atrevido y emprendedor, sino al primero callado, más soberbio y más sutil, pero también más expuesto a ser borrado u olvidado con prontitud (...).
Que yo no estableciera contacto con él no significaba que quisiera evitarlo, ni que me hubiera decepcionado (...). Que yo no diera señales de vida no significaba que supiera nada de eso ni nada nuevo de él, mi silencio no me traicionaba, todo era como siempre durante nuestra breve frecuentación, dependía de que él sintiera vaga añoranza o se acordara de mí y me convocara a su alcoba".


De "Los enamoramientos", Javier Marías.

miércoles, 12 de junio de 2013

Despegar

Llega un momento en nuestras vidas en el que tenemos que frenar el carro, sentarnos a pensar y decidir qué vamos a hacer con nuestro futuro. Como siempre fui una persona decidida, que sabe lo que quiere y lucha hasta alcanzarlo, nunca creí que fuera a tener demasiados problemas a la hora de decidir qué camino tomar. Desafortunadamente, lo que uno quiere no siempre es lo que le conviene, y mucho menos lo que se puede hacer, y si bien quisiera que el día tuviera un par de horas más para pensar en frío y no terminar arrepintiéndome de las decisiones tomadas, no puedo parar el mundo por un momento de duda e incertidumbre.
La cuestión se agrava si tenías un esquema de vida planeado, un futuro medido, una ruta marcada, y estabas encaminado en esa dirección y en ninguna más, sin mirar a los costados ni considerar segundas opciones. Ese fue el disparador de mis pensamientos contradictorios que hasta el momento creía enterrados en lo más profundo de mi mente. Caminando por la cuerda floja entre lo que soy, lo que quiero llegar a ser y lo que puedo ser, me di cuenta de que posiblemente estuviera haciendo una elección errónea. En realidad, no una, sino varias. Planifiqué no sólo mi año sino también mi vida a partir de un sueño casi inconcebible, y caí en la realidad de una forma que no hubiera querido: dura, difícil de aceptar y desconcertante. Me vi envuelta en mis propios pensamientos nublados, enredados y contradictorios, y no supe qué salida tomar.
¿Soy capaz de hacer todo lo que me propongo? ¿Alcanzaré mis metas o abandonaré a medio camino? ¿Llegaré a ser lo que hoy en día proyecto de mí misma?
En mi puta vida tuve tantas dudas, y las muy forras se quisieron presentar (después de 17 años de decisiones errantes pero claras) un mes antes de las inscripciones a las facultades. Creía tener mi vida resuelta, y me veía viviendo una vida irrealizable, imposible, no viable si no estaba dispuesta a dejar mucho atrás. En este momento de mi vida, no me siento capaz ni deseo seguir sacrificando cosas: suficiente tengo con mi vida cotidiana que está demasiado enredada como para agregarle problemas, el año caótico en el que estoy y la larga lista de decisiones que tengo que tomar de las cuales depende mi futuro. A todo esto, le sumamos el cierre de un ciclo que a todos nos cuesta, y que para mí va a doler mucho más que para muchos otros, y obtenemos una meta explosiva ideal para exacerbar mis ánimos, aumentar mi estrés, destruír por completo los esquemas y las paredes que me contienen, perder los estribos, incrementar mis ya muy altos niveles de ansiedad y perder totalmente el equilibrio que creía tener.
Siempre tuve la convicción de que el final de la secundaria no era más que un mínimo cierre de un ciclo necesario para cualquier persona, y hasta estaba emocionadísima por empezar una vida nueva, contando los días para todo lo que se me venía y de lo cual no tenía la menor idea, pero sin embargo me llamaba demasiado la atención, como todo lo que es nuevo en la vida de alguien que está sumergido en una rutina tediosa y agotadora. Pero esta idea fue cambiando (y sigue haciéndolo) con el paso de los días. Mientras más segundos paso con mis amigos, más momentos comparto con ellos, más mañanas, más salidas, más charlas, más recuerdos que nunca voy a olvidar, menos quiero irme. Siento la imperiosa necesidad de llevarlos conmigo para todos lados, de tenerlos cerca, de seguir compartiendo con ellos cada mañana y que eso nunca cambie. Soy consciente de que el fin de la secundaria no significa que no vaya  a verlos nunca más, que posiblemente nos sigamos juntando con frecuencia, que no van a esfumarse de mi vida de un día para el otro, pero me es imposible no sentir que una parte de mí se va a quedar con ellos en ese pasado que hoy en día es presente y en realidad quisiera que fuera futuro.
En el último año, pasé por demasiadas experiencias traumáticas, recuerdos dolorosos y situaciones que hubiera preferido evitar, y sostengo firmemente que lo único que me mantuvo de pie fueron ellos. En su mayoría, estuvieron siempre que los necesité (y, cuando no, también). En cada lágrima, en cada risa, en cada recuerdo, en cada momento: siempre me acompañaron, y es justamente por eso que creo que me va a costar tanto despegarme. Fueron, son y siempre serán mi familia, mi contención, los hermanos que nunca tuve por cuestiones biológicas pero que sí adopté con el paso del tiempo, el cable a Tierra que me trae de vuelta siempre que me alejo demasiado, el tiempo que quisiera frenar con cada momento compartido, el abrazo contenedor que te hace estallar en lágrimas cuando te estás desbordando, la sonrisa cálida que te empuja a seguir adelante, el consejo que nunca falta, el apoyo incondicional en las decisiones, el aliento que se necesita cuando no se puede seguir adelante, el lugar al que siempre voy a querer volver, el amor más puro que jamás experimenté, las señales que hacen que no me pierda en el camino, lo que me mantiene atada a esta ciudad, las mejores personas que pude haber conocido, los recuerdos que nunca voy a desechar, mi algo, mi yo, mi todo. Soy lo que soy gracias a que no me permiten bajar los brazos, a que en cada momento en el que quise desaparecer me hicieron abrir los ojos, a que con ellos aprendí más que con cualquier otra persona, a que perderlos llegó a transformarse en mi miedo más grande. Son lo mejor que tengo, lo mejor que soy, gracias a ellos. Jamás en mi vida pasé por tantos momentos desalentadores como en estos últimos tiempos, y tuve que aferrarme a algo para no caer por la borda directo al océano y quedar a la deriva: los elegí a ellos, y ahora forman parte de mí y siempre lo van a hacer. Creo que la vida pone a determinadas personas en nuestro camino porque sabe que al fin y al cabo son lo que necesitamos, aunque en un principio no lo parezcan, y después de convivir con ellos tanto tiempo, terminé de comprobarlo.
Los cambios, a su vez, son necesarios para seguir creciendo, para empujarnos a mantener nuestra energía en movimiento y no estancarnos, pero el proceso de cambio tiende a ser doloroso, tedioso y fácilmente aborrecible. Nadie sabe lo que le espera en un futuro, mucho menos si está tomando las decisiones correctas, si está eligiendo el camino indicado, si va a perder el tiempo o si va a poder seguir adelante con lo que se propone. Lo importante es saber aceptarlo y aún así seguir, no estancarse, no perderse, y buscar tanto en uno mismo como en aquellos a quienes más se quiere ese apoyo necesario para no caer.
Vivir atados al pasado no sirve de nada, pero es lindo tener un ancla siempre a mano por si de repente nos encontramos en medio de una tormenta en altamar. A pesar de lo mucho que me cueste aceptarlo, las decisiones que hoy en día tengo que tomar me van a afectar de por vida, y sean o no las correctas, pienso seguir intentándolo de todos modos, más por un tema de superación personal, de demostrarme a mí misma que sí puedo cada vez que me lo proponga, que por demostrarle a los demás lo que soy capaz de hacer.
Y a pesar de la angustia y la ansiedad que todo esto me suponga, voy a seguir intentado encontrar el equilibrio necesario para poder despegar de una buena vez y animarme a seguir adelante más allá de todo. El despegue es lo que más cuesta, pero estoy segura de que el vuelo vale la pena.