viernes, 5 de abril de 2013

Tu accionar.

Y es entre tantos comportamientos infantiles que dejás todo en evidencia. Ese arranque pseudo espontáneo de comentarios carentes de fundamento y actitudes que no buscan otra cosa más que llamar la atención puso en mi cabeza una realidad no muy errónea, pero que vas a negar por más verosímil que sea si se me llega a presentar la oportunidad de planteártela. La obviedad de tus actos y mi indiferencia significan mucho más de lo que pensás, aunque empiezo a creer que muchas veces no pensás.
Mientras tanto, yo analizo. Analizo lo que me decís y cómo lo hacés. Analizo tus reacciones ante mis respuestas. Analizo esas formas poco convencionales (pero muy obvias) que tenés de llamar mi atención. Analizo tus claros ataques de histeria disfrazados cuando no la tenés. Y, por más simple que sea, así es como me doy cuenta de todo: de que repetís siempre los mismos temas, de que buscás cualquier excusa para sacar a luz tus conquistas cual Colón, de que sos mil veces más arrogante de lo que creía, de que tenés la cabeza más cerrada que una lata de conservas, de que ante cada silencio me volvés a plantear lo mismo, de que cuando respondo a tus planteos en vez de mirarme te enfocás en el techo como si hubiera una legión de duendes irlandeses emborrachados bailando y llamándote para que los veas, y de que me estoy cansando. Y esta vez es en serio.
No me canso de la situación en sí (la realidad es que me resulta bastante interesante, debo aclarar), sino de seguir confirmando día a día que sos lo que hace tiempo me dijeron que eras y no quise creer. Va más allá de empezar a creerle a los otros y no a vos; se trata de dejar de hacer oídos sordos y defenderte ciegamente cuando sé que no tengo razón ¿Y si tienen razón y en el fondo congeniamos porque somos demasiado parecidos? Me aterra pensar que eso pueda ser verdad, básicamente porque me cuesta aceptar que puedo llegar a ser como vos habiendo tantas cosas de tu personalidad que me dan ganas de empujarte enfrente del 143 en hora pico. Ni hablar de ese momento de desesperación en el que logro confirmarlo reconociéndome en tus contestaciones irónicas y sobradoras.
Tenés mi atención, y a los cinco minutos la perdés por puro aburrimiento. Porque soy así, porque me aburro fácil, porque en este momento no existe ningún feedback, porque mientras más escucho menos quiero ver y más abro los ojos, porque me canso del desgano que me produce buscarte sabiendo que no estoy ganando nada, porque perder el tiempo no es algo que me atraiga demasiado y, más que nada, porque cada día siento que esto vale menos la pena ¿Qué pasa? Si lo que querías era que de a poco me borre, lo estás logrando.