jueves, 28 de marzo de 2013

Bunker

A veces llegamos a un punto de quiebre en nuestras vidas en la que necesitamos una separación obligatoria con el mundo, un corte limpio con el mundo exterior y un encierro forzoso en nuestros propios laberintos mentales. Es cuestión de cerrar las ventanas, las puertas, los caminos, bajar las persianas y quedarnos solos un rato con nosotros mismos.
Tengo una tendencia particular a hacer esto con severa recurrencia. No hay situaciones especiales o puntuales para hacerlo: el tema de aislarme ya es cotidiano para mí. Soy de esas personas que cree que todo lo que existe está en uno y que el resto, el mundo exterior, cambia variando de uno mismo. Somos artífices de nuestro propio destino, de nuestro propio futuro, y las decisiones que tomamos día a día pueden llevarnos más allá o mantenernos atados, reclusos de nuestra propia mente.
Nos engañamos a nosotros mismos creyendo que en realidad puede haber algo allá afuera que pueda llegar a ser el comienzo de algo. La vida no nos da nada más que inicios y oportunidades: nos da un botón de start de vez en cuando y queda en nosotros apretarlo o pasarlo de largo. Queda en nosotros iniciar todo lo que nos pasa y que en un futuro se va a desencadenar, para bien o mal. Cada uno empieza y termina todo lo que le pasa, es una falta de responsabilidad total culpar al mundo exterior de todo lo que nos sucede, cuando los únicos capaces de decidir lo que nos sucede somos nosotros. Son nuestras reacciones las que no hacen quienes somos, las que nos llevan adelante o nos aprisionan en lo más interno de nosotros mismos.
Si hay algo que debería valorarse más en esta vida son esos momentos sin influencias externas para ver con claridad lo que somos y proyectar lo que queremos ser. Y no me vengan con esa falacia de que el mundo exterior no te influencia, porque los que viven con ese cliché como slogan son justamente los que viven de los demás, de lo que piensan de ellos y de lo que se les ofrezca desde allá afuera.
Prefiero vivir en mi propia isla en medio de un mar de paradojas antes de venderme a esa sociedad secreta, a ese culto siniestro conformado por quienes (sin saberlo y creyéndose exentos de esta realidad) reprochan actitudes ajenas a modo de reflejo de sus propias actitudes.
Dejenme en el bunker un par de días, que ya voy a lograr aclarar mis ideas. Denme tiempo para acostumbrarme al entorno y renacer de mis cenizas una vez más. Permítanme desencadenarme de la sociedad, vaciarme de prejuicios y arrancar de nuevo por otro sendero. Porque en mi desvinculación de la sociedad, en mi aislamiento fallido terminé siendo una persona completamente sociodependiente, debo admitir, y pretendo desligarme de esas ataduras cueste lo que cueste. Quiero que se entienda mi punto: no hablo de emprender un viaje digno de Into The Wild, ni de protestar contra el capitalismo a viva voz, desafiar a los mercados e irme a vivir al medio del campo a coleccionar tierra en el pelo y transformarme en una rasta viviente. No señores, lo mío no es salir con pantalones holgados, camisas de colores y el pelo hecho una maraña a defender los derechos de los animales y el medio ambiente. No sostengo que quienes me rodean son una mierda y merezcan ser arrojados al Paraná con piedras en los bolsillos.
No señores, no, no, no.
Lo que yo pretendo es un cambio que va mucho más allá, es ideológico, espiritual y, sobre todas las cosas, sumamente individual. Es desvincularme por un tiempo, cerrarme y desintoxicarme del pasado. Es terminar lo que hace tiempo postergo, es abandonar viejos karmas. Más que el típico 'borrón y cuenta nueva', es un reencuentro con mis raíces. No voy a destruír todo lo sucedido, ni lo voy a enterrar cien metros bajo tierra como hice tantas veces en el pasado: lo voy a dejar fluir.
Basta del 'que sea lo que tenga que ser': hoy decido tomar las riendas, cerrarme, desintoxicarme, y volver al camino en el momento en el que esté lista.
Adiós y hasta luego, si nos volvemos a encontrar, porque hoy ya no soy yo, y eso es algo que tiene que cambiar.

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