viernes, 29 de marzo de 2013

No cambio más

Ese incansable disconformismo que me tira para abajo cada vez que salgo a flote está empezando a causar estragos con el curso parcial de mis pasos hacia rumbos desconocidos. No debería ser posible, por el bien de mi propio estado anímico, que siempre haya algo que me falte, una pieza que se desvanezca de un puzzle que a simple vista parece completo cada vez que estoy a dos centímetros de la felicidad plena y absurda, como en esas películas con tramas simples y guiones carentes de sentido, pero esperanzadoras al fin. No es justo que siempre me falte algo y que pocas veces logre descubrir qué es. Si sobra de acá, falta de allá, y la balanza no se equilibra nunca ¡Pequeño detalle! NO SE EQUILIBRA NUNCA. N U N C A.
Y en medio de tanta histeria me pongo a pensar en qué estuve errando, concluyendo noches de delirio en carcajadas ruidosas provocadas por mi propio accionar errático, bajo la velocidad y cuando estoy a punto de frenar apreto el acelerador cual corredor de Nascar. Y no me para nadie. Y empujo, empujo, empujo hasta que logro mover montañas, bajar la luna y volar sin alas. Es demasiado tarde para frenarme cuando estoy tan cerca de la meta, y la realidad es que tampoco quiero que me frenen: de quererlo, lo haría yo misma a base de un cinismo desmedido como regulador de mis planes futuros.
Sumo, resto, y sumo de nuevo, para llegar ¿A dónde? Al mismo lugar donde siempre estuve, entre quién soy, quién quiero ser y mis miles de millones de metas sin alcanzar pero en proceso, a medio camino de aquellas que ni siquiera fui capaz de planear por el momento. Miro atrás y veo tantas victorias como derrotas, y sin embargo más bajones que otra cosa ¿Por qué? Si consigo todo lo que quiero, ¿Por qué siempre busco más? ¿Por qué no me puedo conformar con lo que tengo? ¿Qué necesidad tengo de salir siempre en busca de más, más y más? ¿Cuál es mi límite? ¿Qué me hace pensar que nada es inalcanzable? ¿Acaso jamás me voy a quedar sin ánimos de luchar, sin ganas de remar? ¿Qué me falta para completarme, cerrar un paréntesis y abrir otro?
La cruda realidad es que nunca voy a ser completamente feliz con lo que tengo, porque llevo conmigo ese incontenible instinto de luchar por lo que quiero. Seré porfiada, pero sobre todo tenaz, y si en el medio del camino me desanimo, basta con reprogramar el plan y agregar uno que otro proyectito a la ecuación para reanimarme y mandarme a la batalla nuevamente, como soldadito patriota que lucha por su Nación por puro sentimiento. Una nación cuyo líder aprendió a pelearla desde abajo, a remarla contra la corriente, y que más que usar paraguas, prefiere correr bajo la lluvia y sentir la energía de la misma sobre la piel.
Trabajo bajo presión. Una presión impartida sólo por mí misma sobre mi persona, porque cada vez que la presión es externa tiendo a enloquecer y tirar todo por la borda: abandono ante la primera intervención de terceros. Vivo en paz mientras no vengan a entrometer sus desagradables narices en mi camino, no molesto a nadie y me abro paso sin ayuda alguna: es todo fuerza de pulmón y corazón, nada más.
Con el tiempo aprendí que, aunque irritantes, los obstáculos son totalmente necesarios como empujoncito hacia la cima, para tener esa satisfacción única de llegar a una meta, mirar hacia atrás y recordar todo lo que lograste superar para conseguir lo que querías.
En pleno viaje hacia una meta, se cambia (y mucho), se crece (jamás decrece), y se aprende (sobre todo). No hay camino erróneo, ni lucha que no valga la pena, ni sueño absurdo: todo cuenta, todo suma, todo vale, siempre y cuando sea lo que uno quiere y le traiga armonía.

jueves, 28 de marzo de 2013

Bunker

A veces llegamos a un punto de quiebre en nuestras vidas en la que necesitamos una separación obligatoria con el mundo, un corte limpio con el mundo exterior y un encierro forzoso en nuestros propios laberintos mentales. Es cuestión de cerrar las ventanas, las puertas, los caminos, bajar las persianas y quedarnos solos un rato con nosotros mismos.
Tengo una tendencia particular a hacer esto con severa recurrencia. No hay situaciones especiales o puntuales para hacerlo: el tema de aislarme ya es cotidiano para mí. Soy de esas personas que cree que todo lo que existe está en uno y que el resto, el mundo exterior, cambia variando de uno mismo. Somos artífices de nuestro propio destino, de nuestro propio futuro, y las decisiones que tomamos día a día pueden llevarnos más allá o mantenernos atados, reclusos de nuestra propia mente.
Nos engañamos a nosotros mismos creyendo que en realidad puede haber algo allá afuera que pueda llegar a ser el comienzo de algo. La vida no nos da nada más que inicios y oportunidades: nos da un botón de start de vez en cuando y queda en nosotros apretarlo o pasarlo de largo. Queda en nosotros iniciar todo lo que nos pasa y que en un futuro se va a desencadenar, para bien o mal. Cada uno empieza y termina todo lo que le pasa, es una falta de responsabilidad total culpar al mundo exterior de todo lo que nos sucede, cuando los únicos capaces de decidir lo que nos sucede somos nosotros. Son nuestras reacciones las que no hacen quienes somos, las que nos llevan adelante o nos aprisionan en lo más interno de nosotros mismos.
Si hay algo que debería valorarse más en esta vida son esos momentos sin influencias externas para ver con claridad lo que somos y proyectar lo que queremos ser. Y no me vengan con esa falacia de que el mundo exterior no te influencia, porque los que viven con ese cliché como slogan son justamente los que viven de los demás, de lo que piensan de ellos y de lo que se les ofrezca desde allá afuera.
Prefiero vivir en mi propia isla en medio de un mar de paradojas antes de venderme a esa sociedad secreta, a ese culto siniestro conformado por quienes (sin saberlo y creyéndose exentos de esta realidad) reprochan actitudes ajenas a modo de reflejo de sus propias actitudes.
Dejenme en el bunker un par de días, que ya voy a lograr aclarar mis ideas. Denme tiempo para acostumbrarme al entorno y renacer de mis cenizas una vez más. Permítanme desencadenarme de la sociedad, vaciarme de prejuicios y arrancar de nuevo por otro sendero. Porque en mi desvinculación de la sociedad, en mi aislamiento fallido terminé siendo una persona completamente sociodependiente, debo admitir, y pretendo desligarme de esas ataduras cueste lo que cueste. Quiero que se entienda mi punto: no hablo de emprender un viaje digno de Into The Wild, ni de protestar contra el capitalismo a viva voz, desafiar a los mercados e irme a vivir al medio del campo a coleccionar tierra en el pelo y transformarme en una rasta viviente. No señores, lo mío no es salir con pantalones holgados, camisas de colores y el pelo hecho una maraña a defender los derechos de los animales y el medio ambiente. No sostengo que quienes me rodean son una mierda y merezcan ser arrojados al Paraná con piedras en los bolsillos.
No señores, no, no, no.
Lo que yo pretendo es un cambio que va mucho más allá, es ideológico, espiritual y, sobre todas las cosas, sumamente individual. Es desvincularme por un tiempo, cerrarme y desintoxicarme del pasado. Es terminar lo que hace tiempo postergo, es abandonar viejos karmas. Más que el típico 'borrón y cuenta nueva', es un reencuentro con mis raíces. No voy a destruír todo lo sucedido, ni lo voy a enterrar cien metros bajo tierra como hice tantas veces en el pasado: lo voy a dejar fluir.
Basta del 'que sea lo que tenga que ser': hoy decido tomar las riendas, cerrarme, desintoxicarme, y volver al camino en el momento en el que esté lista.
Adiós y hasta luego, si nos volvemos a encontrar, porque hoy ya no soy yo, y eso es algo que tiene que cambiar.

Cuestión de motivación

Creo sumamente sobrevalorada esa vaga idea de que la esperanza tiene que ser lo último que se pierda. Para hacerla corta, jamás estuve de acuerdo con ese ideal y creo que nunca lo voy a estar. La razón es simple y tiene bastante lógica: cuando depositás en la esperanza todo lo que te queda, lo único que estás haciendo es lavarte las manos y esperar que el destino juegue todas las cartas por vos, esperando ganar algo sin mover un dedo. Y eso, mis amores, es lo menos digno que puede existir.
No importa la situación en la que estés ni a qué le dediques tu energía; si lo hacés, tarde o temprano vas a terminar consiguiendo lo que querés. Dejar todo en manos del destino y otras posibles fuerzas externas no sirve, y mucho menos si lo que se quiere conseguir puede darse por algo más que una casualidad. La balanza siempre va a favorecer a los que miren para adelante y remen en lugar de abatatarse y dejar que la tormenta les rompa el bote y los ahogue '...y que sea lo que Dios quiera'. No tiene por qué ser lo que Dios quiera, debería ser lo que uno quiere. Ese es el problema de la mayoría, que esperan que las cosas les caigan del cielo cuando es bastante obvio que no lo van a hacer, siendo lo que esperan completamente ilógico, tanto que ni siquiera ellos lo creen pero esperan de todas formas ¿Qué esperan? ¿Qué quieren? ¿Es tan imposible que no lo pueden conseguir por sus propios medios? No lo creo. No creo que nada sea tan imposible como para poner en manos abstractas lo que queremos conseguir.
No es un simple discurso motivacional digno de una convención de vendedores ambulantes de sombreros en el Polo Sur, es una crítica ácida a la sociedad perezosa que se niega a movilizarse por lo que quiere. Ni siquiera pido interés en causas ajenas: un fin egoísta es igual de válido, siempre y cuando el único medio sea la motivación personal.
Al día 28 del tercer mes de 2013, sigo sin saber por qué se quedan sentados esperando a que los vengan a buscar en vez de caminar.

domingo, 17 de marzo de 2013

El simple hecho de sentir supone más desventajas que ventajas, más noches en vela que de sueño reparador y más tristezas que alegrías. Padezco el hecho de ser una persona en extremo sensible, aunque pocas veces lo demuestre, y no me gusta bajo ningún punto de vista. No es lindo vivir en una realidad paralela inventando finales felices y obteniendo como respuesta desilusiones infinitas, no me gusta ser testigo de situaciones que me rompen el corazón, no quiero seguir perdiendo el tiempo estancándome en momentos bajoneros.
Volvamos al iceberg.

viernes, 1 de marzo de 2013

Caretaje

Y es en medio de una vida vertiginosa al borde del abismo cuando el vodka te dificulta poner un pie adelante del otro y el humo te nubló la cabeza cuando te das cuenta de que en el subsuelo de tu propia vida viven más monstruos de los que creías.
Tapando inperfecciones con ego infinito, lo mío es puro caretaje, evasión en su mayor exposición, caos envuelto en hazañas para el recuerdo, momentos que se olvidan sin querer y una que otra anécdota que hace que me doble de la risa de vez en cuando. No sé pisar el freno ni bajar un cambio, y tampoco quiero hacerlo. Ese 'estoy bien' es más mentira que la llegada del hombre a la luna, que la gasa que muchos disfrazan de seda para aumentar los precios de camisitas tan hermosas como poco duraderas, que un 'empiezo la dieta el lunes'. Acá el enfoque es otro. No estoy bien y no sé si quiero estarlo. Querer estar bien implica un gasto de energía increíble, energía que no tengo y no pienso invertir en felicidad espontánea, momentánea y fugaz. Pero una no puede ir por la vida vociferando lo lindo que es estar mal sin que la etiqueten de psicótica emocional, autodestructiva y anormal (cosas que soy, debo aclarar). Cuando te acostumbrás a vivir en la oscuridad, ya nada te afecta: terminás aprendiendo a aceptar la realidad como venga y a hacer la tuya, a evadirte de este mundo a tal punto de crearte otro para mantener tu propia (in)sanidad mental intacta y vigente como siempre, pero como se maneja todo por adentro nadie se percata. No me falta una sonrisa constante nunca, y es algo que quiero que quede claro desde el principio. Mi nivel de locura no es semejante como para preocupar a mis seres querido con mis propias prácticas autodestructivas basadas en un amor-odio que no sabe pisar el freno y busca una solución en el olvido y la evasión.
Mi superficialidad, mi caretaje y mi evasión son cosas que forman parte de mí. Me catalogan de cartel, de pretenciosa, de absurda y de soñadora, y a mí me encanta.
Leo todo el tiempo, escucho música hasta dormida y no hay un evento que me pierda. No vivo en mi casa, y los pocos minutos que paso en ella me resultan tediosos si no tengo nada que hacer. Me dedico a escuchar, y si no hablo de mis problemas es porque los evado creando. Fluyo hacia todas partes, viajo constantemente, me ven radiante como el sol, y en realidad me estoy revolcando en mis propios vacíos existenciales.
Me puse una máscara que no me quiero sacar, me volví transgresora, desobediente y caprichosa, quedé en el medio y sin embargo tan al límite como puedo estar, perdí la vergüenza y en su lugar adquirí el hermoso hábito de reírme de mí misma, saldé deudas, sané heridas, me calcé la campera y salí al polo norte descalza, porque así es mejor.