martes, 29 de enero de 2013

Mar

Una vez más, veo cómo todo a mi alrededor se derrumba y sólo quedan los escombros de lo que antes era un mundo entero. Veo cómo mis sueños mueren en su lecho sin poder hacer nada para reponerse, siendo pisoteados por el tan temido what if, desahuciados, indefensos, débiles. Veo cómo mis esperanzas son ahogadas en un mar de lágrimas derramadas sin motivo a causa de fantasmas que no hacen más que acecharme y no dejarme ser en paz. Veo culpa, arrepentimiento, tristeza, y un vacío inexplicable se apodera de mí indefectiblemente.
¿Qué hago acá? ¿A qué vine? ¿A dónde fui a parar? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué estoy haciendo conmigo misma? ¿Qué precio tendré que pagar en el futuro? ¿Por qué seguís acá? ¿Por qué todavía no me fui? ¿De quién es la culpa? ¿Cómo hago para ser completamente libre? ¿Cómo hago para sacar todo lo que tengo adentro? ¿Quién me mandó a actuar de esta manera? ¿Por qué reacciono así? ¿Debería esperarte? ¿Es esto lo que realmente quiero? ¿Me arrepentiré?
No sé. Nunca supe. Nunca sabré.
No sabría si me lo explicasen, si me dieran las respuestas a tantos interrogantes, si me hicieran entender y me abrieran los ojos. No les creería si se esforzaran por hacerme ver con claridad, por sacarme de la neblina, por hacerme resurgir de mi propio abismo. No los escucharía si quieran convencerme con palabras bellas, con mundos maravillosos, con sueños al alcance de mis manos: perceptibles, reales, posibles.
Me ahogo. Me estoy ahogando y no sé nadar, nunca supe nadar, tampoco sé flotar. Tantos años creyendo que era completamente capaz de mantenerme a flote cuando en realidad solamente estaba parada sobre un banco de arena que, con arduo trabajo, el mismo mar en oleadas se encargó de deshacer, dejándome a la deriva. Ya no hago pie y estoy demasiado lejos de la costa: no me ven, no puedo pedir ayuda; no me sienten, no puedo contactarlos; no me oyen, no puedo llamarlos.
Olas vienen y van, me cubren, me dan vueltas, me llevan y me traen, y ya no sé qué hacer: no puedo evitarlas. Me hundo, me canso de luchar contra corriente sin resultados, me duele el cuerpo, me duele el alma.
Me voy.
Es en ese momento en que el abismo comienza a apoderarse de mí, a llevarme nuevamente al fondo asegurándose de que nadie pueda ir a buscarme y dándome tiempo y espacio suficientes para cavar mi propia tumba en la solitaria profundidad del océano cuando tengo una realización. Llega casi como un flash, una luz entre tanta oscuridad, un mensaje divino, una escapatoria sencilla, un salvavidas resistente, y me ilumina. Me enceguece lo brillante que es, me lastima los ojos, pero es un lindo dolor.
Me preocupé demasiado por mantenerme a flote sin tener en cuenta dónde me estaba hundiendo. El mar de lágrimas se apoderaba de mí y crecía con mis desdichas segundo a segundo sólo porque yo se lo permitía. Me ahogaba en mis lágrimas, en mis recuerdos, en mis cavilaciones, en mis propios pensamientos oprimidos, ideas descartadas, sentimientos encontrados y esperanzas perdidas, y aún así nunca me percaté de ello. Así me encontré a mí misma nadando en mis propias lágrimas en un mar que jamás vio la luz del sol porque nunca se lo permití, en un tiempo que no era ni pasado, ni presente, ni futuro, que simplemente era, tan aislado como podía estar porque yo misma me había encargado de apartarlo del resto del mundo.
Llegó en un flash, y quedó plasmado en el fondo de mi alma, como todo. Una expresión delicada en una vorágine de sentimientos aislados por voluntad propia: yo era el mar.
Soy el mar. Me ahogo en mí misma. Me torturo con ideas sin sentido, me pierdo en callejones sin salida, me escapo de la realidad cada vez que pueda, y todos los caminos desembocan en ese mar. En mi mar, desembocan en mí:. Nunca hubo luz porque no lo permití, nunca hubo calma porque no le di lugar ante la simple presencia de la tempestad, nunca vi la costa porque la misma no existe, ni intenté resistirme al abismo porque en el fondo siempre supe que no había salida. En el fondo, siempre en el fondo, nunca en la superficie. En el fondo está salida, en el fondo vi la luz, en el fondo fui consciente, en el fondo me liberé. Y el fondo me salvó, como siempre.
Así fue como comprendí que si en el fondo estaba la respuesta, allí debía permanecer, que el mar era solamente una manifestación de todo aquello a lo que mi mente escapaba día a día, que era la única capaz de salvarme de mí misma. Fui mi propia salvación, mi héroe personal, mi redentora más grande. Entendí que las cosas iban a mejorar sólo si me lo permitía y que todo iba a ir por el camino que yo misma trazara.
Soy mi propia brújula,
soy mi propio mar,
soy un mundo del cual no pretendo escapar.

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