lunes, 7 de enero de 2013

Amor-odio.

Nunca me dejé querer. No está en mi naturaleza, en mi forma de ser o actuar, o en mis planes a futuro. La realidad es que me cuesta demasiado entender que hay gente que me puede valorar por como soy. Creo que son los efectos de no valorarme a mí misma y, paradójicamente, creer que soy demasiado para muchos. Es una especie de escudo, o incluso de espada de doble filo: no me quiero, pero me amo. Sirve de excusa en ambas direcciones: actúo sin tener el más mínimo amor propio, viviendo el momento, pero subiéndome al pedestal más alto de la gloria inalcanzable para miles, desde mi punto de vista.
Me siento tan arriba que estoy en el abismo más oscuro y no sé cómo salir. No quiero que me bajen escaleras, sogas o rescatistas, lo mío es rasguñar la tierra y trepar como pueda por más que me cueste, me duela, me haga daño; si no puedo salir sola, no estoy segura de querer salir. Tengo tantos vicios y conductas autodestructivas que es difícil entender de dónde carajo sale tanto egocentrismo y orgullo: nací siendo una paradoja completamente incompresible desde cualquier punto de vista.
Soy abstracta, soy gris, soy un Picasso original tirado al océano.
Es que me gusta tanto lo que me hace daño que llego a un punto de masoquismo incomprensible y la tristeza se transforma en el único lugar conocido. Inhóspito, but it feels like home. Puedo pasar horas torturándome con las mismas ideas una y otra vez, llego a reírme y llorar al mismo tiempo. Me río de mí misma llorando y lloro de bronca por la risa que me produce todo lo que me dedico a recordar constantemente en flashbacks insuperables, inevitables y completamente necesarios para mi sanidad (o insanidad) mental. De tanto hundirme me transformé en sirena y aprendí a respirar bajo el agua. Ya no me afectan tantísimas cosas y sin embargo muchas otras solo están ahí para llevarme a lo más profundo del abismo cual yunque atado a mi tobillo por voluntad propia y sin ayuda de terceros.
Porque ya no me importa nada, porque la melancolía me resulta necesaria, porque ser incomprendida es lo que más me gusta, y porque nadie me puede salvar: no los voy a dejar salvarme, no los voy a dejar quererme, no los voy a dejar encariñarse conmigo y mis actitudes contradictorias, con mi constante inconstancia y mi infinita búsqueda de la libertad.
No quiero que me quieran, de hecho, en secreto disfruto muchísimo pensando en toda la gente que me odia simplemente por ser quien soy, sin haber hecho nada que los afecte directa o indirectamente (sin conocerlos, incluso).
Partamos de este principio de mi personalidad para explicar por qué huyo despavorida ante la primer muestra de afecto hacia mi persona. Y si seguimos el hilo llegamos bastante rápido y sin esfuerzo a mi típico 'gracias' como respuesta a un 'te quiero', a esa costumbre que tengo por correr la vista cuando me miran a los ojos, a la muletilla que se convirtió desvalorizar todo lo que me dicen con una simple muestra de incredulidad, a mi aberrante reacción ante cualquier tipo de muestra de afecto, a mi rechazo por la gente pegote, por los mensajitos tiernos, por los apodos empalagosos y las actitudes melosas.
Le tengo rechazo al cariño, es tan simple como eso. Rechazo a que me quieran, a que se acerquen a mí, a que me saquen la ficha, a que me conozcan. Es por eso que me muestro reacia a mantener una pareja estable, a compartir confesiones a altas horas de la madrugada, a perder el tiempo con personas que tarde o temprano van a desaparecer.
Me acostumbré fácilmente a no ser nadie ni valer nada, tanto que ya no espero nada de nadie. Pero esa propia desvalorización de mi persona respecto a otros me llevó por el camino del amor-odio propio, de tal modo que dos minutos después de gritarle totalmente sacada a mis viejos que voy a morir sola en una mansión con 72 gatos y libros en todas las paredes me encuentro releyendo cosas que escribí en el pasado y convenciéndome a mí misma de que soy lo mejor que me pudo pasar en la vida y que no necesito a nadie porque soy suficientemente valiosa para brillar por mí misma: es más, me convenzo de que la presencia de otro junto a mí no haría otra cosa más que empañarme y hacer que mi esencia se desvanezca poco a poco.
Entonces, me amo, y me odio, y me amo, y me vuelvo a odiar. En eso se basan mis días, en un amor-odio constante que no deja tiempo para otra cosa más que lamentos en la oscuridad, por qués constantes y puteadas a todo aquello que no pude conseguir. Es que estoy tan acostumbrada a conseguir todo lo que quiero que se torna frustrante pegar en el palo de vez en cuando.
Pero de eso se trata ¿No? De pegar en el palo y tirar de nuevo hasta hacer gol. Mientras tanto, me tengo a mí misma para amarme y odiarme, y con eso me alcanza y me sobra.

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