domingo, 27 de octubre de 2013

A lo que se reduce

Volvimos a perdernos a la deriva y nos encontramos entre la multitud como quien no quiere la cosa.
Inocente, no sabés mentir, no distinguís el personaje de la persona; me creés, lo aceptás, te callás y explotás, porque así somos lo que no somos ni nunca fuimos pero tal vez seremos: energía moviéndose en direcciones opuestas para encontrarse una y otra vez cuando uno menos se lo espera. Me río, te reís, me mirás fijo y me pierdo. No entendés por qué, no sabés lo que quiero, no esperás nada y a su vez te animás a todo lo que rehuyo desde siempre. Venís, te vas, volvés: obviedades, nimiedades, detallitos imperceptibles que valen más que todo lo que no me decís porque no sabés cómo, porque no te animás.
Una caricia, una sonrisa, un beso y nos fuimos a otro mundo, donde de tanto hacernos los indiferentes terminamos tirando las defensas abajo, ladrillo a ladrillo, perdidos en la inmensidad de algo que no sabemos que es, si es o no pasa de formar parte de una ilusión, de un juego macabro que nos va perdiendo cada vez más lejos del camino ¿Qué camino? Si llegados a este punto el único camino que sigo, inconsciente o conscientemente, es el que me lleva a vos. Si no te veo, te extraño; si te tengo cerca, me quedo en silencio. Creés, muy errado, que es porque no tengo nada que decir, porque le resto importancia al asunto, porque estoy ocupada en otras cosas y te relego siempre para el final, porque no te quiero. La realidad es que no pasan dos segundos en los que te tenga cerca que te saque los ojos de encima. Tan sutil, tan disimulada aprendí a ser con el tiempo, tan manipuladora, tan mentirosa, que no sólo logré desconcertar a un ávido cazador sin siquiera necesitar esconderme, sino que también llegué más lejos de lo que hubiera esperada. Y sin embargo sigo esperando el momento en el que logre dejar de calcular cada oportunidad, cada riesgo, cada momento de mi vida, y logre finalmente tirar abajo los muros que me protegen del dolor y me aíslan  en mi propia fragilidad disfrazada de frialdad.
No entendiste nada, pero así me hiciste abrir los ojos a algo que nunca pude ver. No, no somos iguales del todo, pero si lo suficiente como para entender tu lógica; sí te tomo en serio, siempre lo hice; no sos el último, sino el primero; te extraño como a nadie.
Te reíste, un poco por los nervios, cuando te dije que lo peor que me había pasado en la vida era haberte conocido, porque ni percibiste la vorágine de sentimientos encontrados detrás de mis palabras ni supiste ver más allá de lo que soy, ni escuchar más allá de lo que digo, ni entender más allá de mi forma de actuar.
¿A qué se reduce todo? Vos, yo, el nosotros potencial, lo que damos y lo que perdemos, lo que callamos y lo que decimos, lo que filtramos, lo mal que te trato por cobarde, egoísta y orgullosa, tus declaraciones a medias, propuestas confusas, celos disfrazados y enojos leves, mis escapadas, provocaciones y huídas reiteradas, lo que no sabés ver y que está más que claro, lo que te quiero, lo que no sé qué es pero de todas formas me tira para atrás todo el tiempo.
Esto, la nada misma, se reduce 
A un momento.
A una oportunidad.
A un recuerdo.
A un futuro sin pasado ni presente.
A un segundo de duda.
A un parpadeo.
A una sonrisa.
A una mentira.
A un beso.
A una despedida.
A vos.
A mi.
A ninguno de los dos.

lunes, 30 de septiembre de 2013

No creo

No creo en el amor. No creo en cursilerías baratas. No creo en largas charlas a la madrugada que intenten explicar sentimientos enroscados y complicados, ni en demostraciones públicas de afecto, ni en desvivirse por el otro. No creo en comentarios falaces que buscan contentar "in the name of love". No creo en estar bien a causa del bienestar del otro, ni en el pesar del alma ocasionado por situaciones ajenas a uno. No creo en el destino. No creo que la vida te cruce a una persona y que sea la indicada. No creo en declaraciones de amor que quedan en la nada, ni en dedicarse cualquier nimiedad (entiéndase por la misma una canción, una hoja que se cayó de un árbol en el momento indicado -o equivocado-, entre otros), ni en proyectar un todo completamente abarcativo de aspectos tan personales como generales en una sola persona. No creo en las almas gemelas. No creo que exista el indicado. No creo que el amor todo lo cure. No creo, no creo, no creo.

El amor es una mentira pactada, un sentimiento generado por y para uno mismo, con fines tan egoístas como su surgimiento, un camino de ida y vuelta a quererse a uno mismo a través del otro, una llamada a la madrugada para buscar encontrar la propia esencia en un tercero, cuando se pierde la fe en uno mismo y el vodka se llevó el autoestima. Es saber que si alguien te quiere no hay motivo alguno para no quererte, buscar paz en la compañía para que la soledad no lleve a la locura, encontrar una excusa aparentemente válida para seguir adelante a pesar de lo desalentador que parezca el camino.  Es, al fin y al cabo, una pérdida total de tiempo, la mayor piedra en el camino al progreso personal y un ralentizador que jamás nos puede jugar a favor en la carrera.
Y en todo caso, el verdadero amor es el no correspondido. Es ese que aparece de la nada, se niega a retirarse y se refugia en un constante quizás que casi nunca llega. El mismo que nos obliga a hacer locuras, nos tira para abajo y también sirve como resorte hacia la superficie cada vez que se toca fondo, que parece lo más lógico a pesar de ser una total pérdida de tiempo, que nos obliga a ser mejores por nosotros y para el otro, que nos lleva por caminos inhóspitos donde no llegan los rayos del sol pero que aún así se sienten como el propio hogar. El amor no correspondido es desinteresado, es brillante, inspirador y propulsor del éxito propio. Peligroso si se torna obsesivo, pero útil cuando se lo sabe sobrellevar. Insoportable y desesperante por pura esencia, el amor no correspondido es necesario, autoflagelante e incluso maquiavélico. Adictivo, caprichoso y errante. No tiene base, no retrocede, no avanza, ni siquiera da batalla pero se rehúsa a retirarse. Sobran las excusas para tenerlo presente y faltan pretextos para desecharlo, porque a pesar de no estar bien, hace bien en cierto grado.
Jamás creí en el amor correspondido, en ese que surge de la nada y en el cual ambos involucrados están compenetrados hasta la médula. Me dedico a rechazar propuestas, a derribar castillos y a tirar todos esos cuentos de hadas barranca abajo: lo mío va más allá. Tengo más de Emma que de Allie, y si el camino por el que voy me lleva a alguna especie de Noah a mi medida, que así sea. Lo de aceptar amor de la nada no me va, y el esperar que surjan sentimientos donde no los hubo desde un principio me parece completamente en vano.
Me armonizo en soledad, me calma esta quietud, y prefiero no estar atada a nadie que desequilibre el equilibrio que tanto me costó alcanzar.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Punto final

-La posta es que vos me decís que esta todo igual que siempre, pero es evidente que no, pero si vos no estas bien no te voy a joder con esto
-Nacho por Dios y la Virgen basta con eso, BASTA. De lo único que hablamos con lo poco que hablamos es de eso y me saca completamente las ganas de hablar con vos, te juro. Lo único que hacés es sumar a que esté peor, y la realidad es que tampoco tenés que hacer nada pero te agradecería que no me lo vivas recriminando porque me cansás. Me lo tirás como de paso pero sabés que no lo voy a dejar pasar. No me estás haciendo ningún bien, entendés?
-Es que ya lo sé, y es eso lo que me hace mal, que ya no te hago bien
-Pero no me haces bien porque te pones así de denso de la nada y sabés cuánto me jode que me plantees siempre lo mismo, tener que reiterarte todo 20 millones de veces porque no entendés o no querés entender, vivir dándole vueltas a eso. Basta. No me hace bien a mí y tampoco a vos. No sé qué ganás siempre con lo mismo.
-No gano nada, es verdad, pero últimamente ni siquiera hablamos, entonces se me confunden las cosas
-No hablamos porque estoy muy ocupada tratando de estar bien, Nacho, y no me está saliendo, así que no tengo ganas de nada, ni de hablar con vos ni con nadie, ni de hacer nada con vos ni con nadie. Fue el primer finde del año que pasé íntegro en mi casa, fui 5 minutos al cumpleaños de un amigo y me terminé volviendo a mi casa porque me sentía mal. Porque estaba mal. De lo que menos tengo ganas es de seguir sumando gente al problema.
-Yo lo que tengo ganas es de verte bien, y te pido perdón, no quiero sumar problema. Vos sabés que si supiera cual es la forma de hacerte bien lo haría.
-Si yo supiera como estar bien, estaría bien. No espero que lo sepas vos si ni siquiera lo se yo.
-Perdón, Lari.
-Por?
-Tenés razón, estoy diciendo siempre lo mismo en vez de tratar de estar bien
-Ya está
-Pasa que hace una banda que no nos vemos, y me pongo medio pelotudo. Pero ya fue. Vos sabes que yo no soy asi
-No sé Nacho, ni que te hiciera tanta falta. No soy indispensable en tu rutina, lo que te pasa a vos es que extrañás mucho en vano y por eso te agarran esos ataques. A mi me pasa lo contrario. Nos desencontramos.
-Y que te hace pensar que no me haces falta? No extraño en vano, te extraño porque te quiero, y me hace bien verte.
-Y a mí en este momento, sinceramente no me hace bien verte ni a vos ni a nadie. No te lo tomes personal, va más allá de eso. Me tengo que encontrar conmigo misma para saber qué quiero, y en este momento no quiero lo mismo que vos.
-Por eso, no te culpo, pero por momentos me planteo que hacer, porque no se si puedo estar esperando a que se te cruce que querés verme, porque las cosas en este punto no me hacen bien
-No me esperes entonces. De hecho, recuerdo haberte dicho que no lo hicieras porque ibas a terminar mal vos,  sin embargo insististe. Queda en vos, yo no te garantizo nada y ya te advertí sobre los riesgos.
-Es que yo asumo los riesgos, y lo haría sin dudarlo, pero no recibir nada a cambio es lo que lo hace dificil
-Esperás demasiado de mí. El problema acá es que me idealizaste.
-Jamás te idealicé, Lara, vos ya no sos como antes y no lo podes negar
-Ya te dije por qué es. No estoy bien. La gente cambia, el cambio lleva a la crisis y eso a la superación. Y yo todavía no sé cómo salir de la crisis.
-Yo ya te dije que te quiero tal cual sos, jamas espere mas, jamas espere menos. Pero siento que lo único que hago es hacerte mal, o molestar
-Porque nunca me llegaste a conocer. Vos pensás que sí, pero no. No entendés nada, soy un poco menos que una extraña para vos, y no te das cuenta.
-Tal vez tengas razón, pero si fueras un poco menos que una extraña a mi esto no me importaría como me importa
-Parece que viviéramos en dos realidades diferentes. Nunca sé si no me entendés o no me querés entender cuando te hablo. Qué se yo.
-Entonces ya está, Lara. No tiene sentido que yo intente algo que pareciera imposible
-Vos sos el que sigue insistiendo con lo mismo cuando no sé qué más responderte. No me digas a mí que ya está, decítelo a vos mismo, porque claramente no vamos a llegar nunca a un acuerdo. Estoy en otra galaxia, no veo las cosas como las ves vos, no espero lo mismo que vos, no siento lo mismo que vos. Me cansé de repetírtelo, nunca me escuchaste, nunca te diste cuenta, nunca lo asimilaste. Te dije que remabas en vano y que ibas a terminar encallando cual ballena en costa atlántica. Todo muy al pedo, no te aferres a personas inestables porque por jugar con fuego te terminás quemando.
-No me digas eso como si estarias segura de lo que decis, porque cuando te dije que estabas logrando que no te quiera ver más me dijiste que no querias eso; y cuando tuviste que decirme las cosas de frente tampoco me las dijiste, porque dudas, no sabes lo que queres. Y no se de donde sacas que siento cosas distintas, o quiero cosas distintas: la unica diferencia fue que me preocupe porque vos estes bien! Pero si vos decis que todo es al pedo, esta bien, listo, no hay mas nada que decir!
-Tenés razón. Adieu.
-Dale Lara, sabes que conmigo no hace falta que las cosas terminen mal
-No dije que tenía que terminar todo mal, pero qué querés que te diga? No sé qué esperás de mí.
- Si sabes que me hace mal que seas tan cortante. No espero nada de vos, solo que nunca logre entenderte, como cuando el otro dia me dijiste que cuando tengas tiempo ibamos a vernos, para que?
-Porque en el momento lo sentí así, puede que después me hayan cambiado las ideas, la verdad que no sé. A vos te hace mal que sea cortante, que acceda a que nos veamos, te hace mal todo y no entendés que a mi ya nada me hace mal porque el malestar generalizado que cargo es tan intenso que no se cómo sentir. Y no hablo de sentirME, hablo de sentir. No siento nada, ni por mí ni por nadie, que no sea malestar. No esperes que te de respuesta coherentes en este estado, ni que te pida que me esperes, que te quiero y que va a estar todo bien, porque no lo voy a hacer.
-No espero absolutamente nada hace rato, lo único que quiero es verte bien!! Perdón por no haberme dado cuenta que yo no te hago bien, sino esto te hubiera sido mucho mas facil, pero no estes a la defensiva conmigo porque de todo lo que hago y digo, nada lo hago para hacerte mal!
-No me hacés bien, no me hacés nada, no me hacés nada, Nacho. Me sos indiferente, y no te lo digo por estar a la defensiva, pero lo siento así. La realidad es que últimamente te cruzás por mi cabeza poco y nada, y no sé dónde voy, no sé lo que quiero, pero sé que no te quiero llevar conmigo.Te tiré la de ser amigos, te pusiste denso y te dije que como estábamos, estaba bien, pero evidentemente no lo estoy. Estoy en otra.
-Por favor Lara, lee tus palabras, no voy a reaccionar mal pero pareciera que lo buscas, me decis "te tire la de ser amigos"?
-En MDM.
-En MDM, ¿Qué? Ya se lo que me dijiste en MDM, me acuerdo. Ya esta lara, me confundi se ve
-Está bien.
-Pero no pienses que yo queria "otra cosa" con vos, yo queria estar bien como al principio, nada mas, porque me diste a entender que querias eso, si me hubieras sido directa y me hubieras dicho que no querias mas nada: todo esto no hubiera existido
-No entendés indirectas y no supe cómo decirte las cosas sin hacerte mal. Como ahora estoy mal yo, el egoísmo que nunca me creíste que tenía me lleva a que no me importe en lo más mínimo cómo te pegue lo que te digo. Me cansé, me aburrí. Ese es el tema, me aburrí, no me sale decírtelo de otra manera.
-Perdon por habermela querido jugar por vos, y si necesitas algo, conta conmigo! Te quiero lari, y yo se que sos buena persona!!! Un beso...esto es lo unico que te pedia, sinceridad, y vos habias prometido cumplir. Ya esta, no pasa nada!
-No sé qué más decirte, ya sé que ya está. Mejor que haya quedado todo claro.
-Ya esta, mejor que sea asi. Cuidate.
-Hasta siempre.
-Adiós.

Altibajos

Cuando nada está bien y nada alcanza, pero a su vez todo es demasiado, es cuando quiero enterrarme 6mts bajo tierra y no salir más. El problema es que la misma vida me impulsa a seguir adelante y no me deja bajar los brazos en paz, y los propios límites que le pongo a mi mente piden a gritos ser ignorados. Después llega la culpa, porque para completar todo mi consciencia no me deja en paz hasta que no hago las cosas bien, y al parecer últimamente tampoco hago nada bien.
Si hablo, si me callo; si voy, si falto; si como, si paso hambre; si espero, si me voy; si salgo, si me quedo en casa.; si escucho, si hago oídos sordos; si aconsejo, si ignoro; si hablo, si me quedo callada; si demuestro lo que siento, si me escondo; si digo lo que pienso, si lo guardo para mí misma; si sigo adelante, si me rindo. Todo está mal, todo me hace mal, todo me pone mal, todo se ve mal, se siente mal, se hace mal.
En mi vida jamás me sentí tan fuera de lugar como en este momento, tan desgarbada y gris como un sweater viejo, tan triste como puedo estar sin pasar el límite. Me está volviendo loca la inestabilidad con la que llevo mi vida, las subidas y bajadas constantes, pasar de la alegría plena a la depresión más profunda, y nadie lo entiende, nadie se da cuenta, a nadie le importa, porque llegados a este punto ya dejó de importarme a mí misma, y me limito a aparentar estar bien. No me cuesta, hasta cierto punto, cuando se empiezan a desdibujar las líneas, el camino pierde rumbo y el tiempo se derrite como en un cuadro de Dalí. Y ya no entiendo nada, no veo nada, no sé nada, no soy nada.
La constante guerra conmigo misma y con el mundo me frena cuando quiero subir y me arrastra cada vez más abajo, lastimando inconscientemente a quienes me rodean para no llevarlos abajo conmigo.
¿Qué pasa? ¿Es este el límite?

sábado, 14 de septiembre de 2013

Potenciales

Me desestabilizás todos los sentidos, me desequilibrás todos los estandartes, me destruís todas las barreras, me desarmás todas las defensas y me desmentís todos los acertijos ¿Para qué? Para nada, para darme batalla y terminar pretendiendo ser bueno, haciendo que me rinda y baje las defensas, cortándote, borrándote y desapareciendo mientras quedo sola en la muchedumbre sacudiendo la bandera blanca en alto, pidiendo clemencia y declarando mi rendición y la de todas mis tropas, porque intento luchar en vano para terminar siempre donde empecé: rindiéndome y volviendo al círculo vicioso que significás en esa rutina agobiante de todo aquel que espera sentado bajo la lluvia a un tren cuyo recorrido cambió hace tiempo, dejando desolación donde nunca debió haber habido un poblado en primera instancia.
Y es así como, quiera o no, te terminás cruzando en mi camino una y otra vez. Me miento a mí misma creyendo en un quizás imposible y un jamás improbable, donde no existe un punto medio pero tampoco los extremos se adecuan a la situación.
No somos nada, ni blanco ni negro, nada más que un gris turbulento e indefinido, como el cielo esperando una tormenta que nunca llega, que amaga, asoma y se esconde de nuevo. Ni siquiera somos una presencia potencialmente existente, porque no somos: vos sos sin mí, y yo soy mucho más sin vos de lo que sería con vos.
Casos como el nuestro (¿nuestro?) prueban al mundo que los opuestos se atraen, que dos fuerzas completamente distintas pueden tener un punto de encuentro y que el tiempo es la nada misma en forma cíclica que avanza, retrocede y pone replay las veces que tiene ganas, a su parecer y, en la mayoría de los casos, para nuestro infortunio. Sino ¿Qué hacemos todavía en el mismo lugar donde quedamos tanto tiempo atrás? Explicame qué hacés buscándome en todos lados inconscientemente y qué hago yo encontrándote cuando menos espero cruzarte.
Te llevo la delantera, te espero y me pasás cual Correcaminos al Coyote. Acá no hay explosivos Acme, ni yunques, ni pianos que aparezcan de la nada, sino un laberinto lo suficientemente complicado como para marearme a tal punto de no saber dónde es arriba y dónde es abajo. Me hago chiquita ante tanta incertidumbre, acostumbrada a tener todo bien alineado y estando siempre lista para el porvenir, te da risa y nos terminamos riendo juntos ¿Qué nos está faltando? ¿Cuántas pruebas más estamos esperando? ¿Cuántas veces podemos volver al principio? ¿Cuánto tiempo vamos a permanecer en el mismo estado?
Podemos ¿No queremos? Ni fuimos, ni somos, ni seremos, ni creemos ser, ni esperamos ser, ni luchamos por ser, pero aparentamos ser ¿Cuántas veces fuiste mi escudo, mi excusa y mi héroe cotidiano? ¿Cuántas veces te di una mano, te tiré un centro, te ayudé a llegar? Venimos de diferentes lados de un mismo camino, nos encontramos en el centro y aunque ambos sabemos hacia dónde va el otro decidimos mirarnos desde la distancia, sonreírnos y seguir con la carrera por rutas paralelas. De vez en cuando nos distraemos, nos cruzamos de carril, nos confundimos y nos perdemos, pero de todas esas complicaciones en el camino nos reímos, porque vamos juntos aunque vayamos a ninguna parte. Me llevás con vos, me esperás si me atraso, me llamás si me pierdo, y me remolcás cuando no puedo seguir sola.
Y, sin embargo, lo que tenemos es la nada misma, porque ni siquiera es aunque quiera ser.

jueves, 11 de julio de 2013

A duras penas aprendí que viviendo un paso adelante, siempre en el futuro, no se llega a ningún lado. A veces hay que bajar las expectativas, dejar de soñar y empezar a tomarse el presente más en serio, porque conduce a un futuro inevitable que no podemos controlar a menos que llevemos las riendas de nuestras vidas desde el aquí y ahora. La vida me pegó tantos cachetazos para que reaccionara que decidí dejar de prepararme psicológicamente para todo y vivir más en vivo que en un constante cortometraje de suposiciones y ensoñaciones futuras irrealizables que solamente conducen a una desilusión constante por expectativas no alcanzadas, metas no cumplidas y situaciones límite no planeadas. Lo irónico de la situación es que llegué a esa conclusión a raíz de analizar excesivamente mi pasado. Mis acciones, mis respuestas, mis silencios, mis movimientos. La respuesta estaba tan frente a mis ojos que nunca le di importancia. Decidí ignorarla a causa de su obviedad y seguir rebuscándomela, dándole vueltas a todo, perdiendo el tiempo en laberintos en los que entraba voluntariamente, los cuales terminaban guiándome a ningún lado y causándome las más grandes frustraciones al errar una vez más. Y aunque me acostumbré a errar, no tolero la simple idea de no conseguir lo que quiero y hago lo imposible por alcanzar mis objetivos. Puede que sea una pérdida de tiempo y que mis caprichos me causen más problemas que otra cosa, pero mis ansias de ver cada idealización hecha realidad son demasiado grandes como para frenar ahora. Entonces, si lo veo de esa manera, de repente ya no es una pérdida de tiempo, ya no es todo en vano, ya no remo en cemento ni pretendo encender una lámpara en el medio del desierto. Ahí es cuando todo cobra sentido, cuando más ganas tengo de seguir, cuando menos me esperaría dar en el blanco, cuando veo una luz en medio de tanta oscuridad, un guía en semejante incertidumbre. 
Freno, rompo el retrovisor y acelero, porque al fin y al cabo solamente puedo seguir avanzando.

miércoles, 26 de junio de 2013

"En toda relación desigual y sin nombre ni reconocimiento explícito, alguien tiende a llevar la iniciativa, a llamar y a proponer encontrarse, y la otra parte tiene dos posibilidades o vías para alcanzar la misma meta de no esfumarse y desaparecer enseguida, aunque crea que de todas formas será ese su destino final. Una es limitarse a esperar, no dar nunca un paso, confiar en que pueda añorársela y en que su silencio y su ausencia resulten insospechadamente insoportables o preocupantes, porque todo el mundo se acostumbra pronto a lo que se le regala o a lo que hay. La segunda vía es intentar colarse con disimulo en la cotidianidad de ese alguien, persistir sin insistir, hacerse sitio con pretextos varios, llamar no a proponer nada - eso está vedado aún - sino a consultar cualquier cosa, a pedir consejo, o un favor, a contar lo que nos ocurre -la manera más eficaz y drástica de involucrar- o a dar alguna información; estar presente, actuar como recordatorio de uno mismo, tararear en la distancia, zumbar, dar lugar a un hábito que se instala imperceptiblemente y como a hurtadillas, hasta que un día ese alguien se descubre echando en falta la llamada que se ha hecho consuetudinaria, siente algo parecido al agravio -o es la sombra de un desamparo- e, impaciente, levanta el teléfono sin naturalidad, improvisa una excusa absurda y se sorprende marcando él.

Yo no pertenecía a ese segundo tipo atrevido y emprendedor, sino al primero callado, más soberbio y más sutil, pero también más expuesto a ser borrado u olvidado con prontitud (...).
Que yo no estableciera contacto con él no significaba que quisiera evitarlo, ni que me hubiera decepcionado (...). Que yo no diera señales de vida no significaba que supiera nada de eso ni nada nuevo de él, mi silencio no me traicionaba, todo era como siempre durante nuestra breve frecuentación, dependía de que él sintiera vaga añoranza o se acordara de mí y me convocara a su alcoba".


De "Los enamoramientos", Javier Marías.

miércoles, 12 de junio de 2013

Despegar

Llega un momento en nuestras vidas en el que tenemos que frenar el carro, sentarnos a pensar y decidir qué vamos a hacer con nuestro futuro. Como siempre fui una persona decidida, que sabe lo que quiere y lucha hasta alcanzarlo, nunca creí que fuera a tener demasiados problemas a la hora de decidir qué camino tomar. Desafortunadamente, lo que uno quiere no siempre es lo que le conviene, y mucho menos lo que se puede hacer, y si bien quisiera que el día tuviera un par de horas más para pensar en frío y no terminar arrepintiéndome de las decisiones tomadas, no puedo parar el mundo por un momento de duda e incertidumbre.
La cuestión se agrava si tenías un esquema de vida planeado, un futuro medido, una ruta marcada, y estabas encaminado en esa dirección y en ninguna más, sin mirar a los costados ni considerar segundas opciones. Ese fue el disparador de mis pensamientos contradictorios que hasta el momento creía enterrados en lo más profundo de mi mente. Caminando por la cuerda floja entre lo que soy, lo que quiero llegar a ser y lo que puedo ser, me di cuenta de que posiblemente estuviera haciendo una elección errónea. En realidad, no una, sino varias. Planifiqué no sólo mi año sino también mi vida a partir de un sueño casi inconcebible, y caí en la realidad de una forma que no hubiera querido: dura, difícil de aceptar y desconcertante. Me vi envuelta en mis propios pensamientos nublados, enredados y contradictorios, y no supe qué salida tomar.
¿Soy capaz de hacer todo lo que me propongo? ¿Alcanzaré mis metas o abandonaré a medio camino? ¿Llegaré a ser lo que hoy en día proyecto de mí misma?
En mi puta vida tuve tantas dudas, y las muy forras se quisieron presentar (después de 17 años de decisiones errantes pero claras) un mes antes de las inscripciones a las facultades. Creía tener mi vida resuelta, y me veía viviendo una vida irrealizable, imposible, no viable si no estaba dispuesta a dejar mucho atrás. En este momento de mi vida, no me siento capaz ni deseo seguir sacrificando cosas: suficiente tengo con mi vida cotidiana que está demasiado enredada como para agregarle problemas, el año caótico en el que estoy y la larga lista de decisiones que tengo que tomar de las cuales depende mi futuro. A todo esto, le sumamos el cierre de un ciclo que a todos nos cuesta, y que para mí va a doler mucho más que para muchos otros, y obtenemos una meta explosiva ideal para exacerbar mis ánimos, aumentar mi estrés, destruír por completo los esquemas y las paredes que me contienen, perder los estribos, incrementar mis ya muy altos niveles de ansiedad y perder totalmente el equilibrio que creía tener.
Siempre tuve la convicción de que el final de la secundaria no era más que un mínimo cierre de un ciclo necesario para cualquier persona, y hasta estaba emocionadísima por empezar una vida nueva, contando los días para todo lo que se me venía y de lo cual no tenía la menor idea, pero sin embargo me llamaba demasiado la atención, como todo lo que es nuevo en la vida de alguien que está sumergido en una rutina tediosa y agotadora. Pero esta idea fue cambiando (y sigue haciéndolo) con el paso de los días. Mientras más segundos paso con mis amigos, más momentos comparto con ellos, más mañanas, más salidas, más charlas, más recuerdos que nunca voy a olvidar, menos quiero irme. Siento la imperiosa necesidad de llevarlos conmigo para todos lados, de tenerlos cerca, de seguir compartiendo con ellos cada mañana y que eso nunca cambie. Soy consciente de que el fin de la secundaria no significa que no vaya  a verlos nunca más, que posiblemente nos sigamos juntando con frecuencia, que no van a esfumarse de mi vida de un día para el otro, pero me es imposible no sentir que una parte de mí se va a quedar con ellos en ese pasado que hoy en día es presente y en realidad quisiera que fuera futuro.
En el último año, pasé por demasiadas experiencias traumáticas, recuerdos dolorosos y situaciones que hubiera preferido evitar, y sostengo firmemente que lo único que me mantuvo de pie fueron ellos. En su mayoría, estuvieron siempre que los necesité (y, cuando no, también). En cada lágrima, en cada risa, en cada recuerdo, en cada momento: siempre me acompañaron, y es justamente por eso que creo que me va a costar tanto despegarme. Fueron, son y siempre serán mi familia, mi contención, los hermanos que nunca tuve por cuestiones biológicas pero que sí adopté con el paso del tiempo, el cable a Tierra que me trae de vuelta siempre que me alejo demasiado, el tiempo que quisiera frenar con cada momento compartido, el abrazo contenedor que te hace estallar en lágrimas cuando te estás desbordando, la sonrisa cálida que te empuja a seguir adelante, el consejo que nunca falta, el apoyo incondicional en las decisiones, el aliento que se necesita cuando no se puede seguir adelante, el lugar al que siempre voy a querer volver, el amor más puro que jamás experimenté, las señales que hacen que no me pierda en el camino, lo que me mantiene atada a esta ciudad, las mejores personas que pude haber conocido, los recuerdos que nunca voy a desechar, mi algo, mi yo, mi todo. Soy lo que soy gracias a que no me permiten bajar los brazos, a que en cada momento en el que quise desaparecer me hicieron abrir los ojos, a que con ellos aprendí más que con cualquier otra persona, a que perderlos llegó a transformarse en mi miedo más grande. Son lo mejor que tengo, lo mejor que soy, gracias a ellos. Jamás en mi vida pasé por tantos momentos desalentadores como en estos últimos tiempos, y tuve que aferrarme a algo para no caer por la borda directo al océano y quedar a la deriva: los elegí a ellos, y ahora forman parte de mí y siempre lo van a hacer. Creo que la vida pone a determinadas personas en nuestro camino porque sabe que al fin y al cabo son lo que necesitamos, aunque en un principio no lo parezcan, y después de convivir con ellos tanto tiempo, terminé de comprobarlo.
Los cambios, a su vez, son necesarios para seguir creciendo, para empujarnos a mantener nuestra energía en movimiento y no estancarnos, pero el proceso de cambio tiende a ser doloroso, tedioso y fácilmente aborrecible. Nadie sabe lo que le espera en un futuro, mucho menos si está tomando las decisiones correctas, si está eligiendo el camino indicado, si va a perder el tiempo o si va a poder seguir adelante con lo que se propone. Lo importante es saber aceptarlo y aún así seguir, no estancarse, no perderse, y buscar tanto en uno mismo como en aquellos a quienes más se quiere ese apoyo necesario para no caer.
Vivir atados al pasado no sirve de nada, pero es lindo tener un ancla siempre a mano por si de repente nos encontramos en medio de una tormenta en altamar. A pesar de lo mucho que me cueste aceptarlo, las decisiones que hoy en día tengo que tomar me van a afectar de por vida, y sean o no las correctas, pienso seguir intentándolo de todos modos, más por un tema de superación personal, de demostrarme a mí misma que sí puedo cada vez que me lo proponga, que por demostrarle a los demás lo que soy capaz de hacer.
Y a pesar de la angustia y la ansiedad que todo esto me suponga, voy a seguir intentado encontrar el equilibrio necesario para poder despegar de una buena vez y animarme a seguir adelante más allá de todo. El despegue es lo que más cuesta, pero estoy segura de que el vuelo vale la pena.

sábado, 18 de mayo de 2013

Armonía

No es cuestión de rendirse, de bajonearse, de dejar todo inconcluso, sino que se trata de preservar el propio orgullo y la dignidad que sostengo firmemente que todos debemos tener como consecuencia directa del mínimo amor propio que cada persona debe poseer para no tener el autoestima tan por el suelo que cualquiera pueda pisarlo. Puede decirse que todo es cuestión de prioridades, si tenemos que ponerle un justificativo a nuestro accionar, y las mías dieron un vuelco interesante en los últimos días.
Llegué a entender que es en vano seguir remando donde no hay agua, esperando cosas que jamás van a llegar por el simple hecho de depender de la voluntad de un tercero que o bien no sabe lo que quiere, o no quiere lo mismo que vos, lo cual lo transforma instantáneamente en una traba para consolidar tus metas. Además, convengamos que a causa de desilusiones como esta, hace ya bastante tiempo que mi corazón hace juego con el clima actual de mi ciudad: frío, duro, intolerable para muchos; por lo que no le encuentro sentido alguno a volver a ese tan famoso y odiado pozo que cavé por mí misma. No, no, no. Me niego a permanecer de la misma manera por mucho tiempo más. Aprendí a decir basta, tarde pero seguro, a dejar que las cosas sean como tengan que ser siempre y cuando no dependan de mí, a ser tenaz y luchar por lo que quiero, a ponerle empeño a lo que vale la pena y dejar pasar lo que no.
Llegué a un estado de armonía tan perfecto que me parece irreal después de tanto tiempo de caos y confusión, una armonía que hoy en día es todo. Es selectividad pura en los aspectos que afectan mi vida diaria, es saberme capaz de sobrellevar cualquier crisis que sacuda mi templanza, es reorganizar todas mis ideas de tal manera que tengan coherencia por primera vez en mi vida, es saber lo que quiero y no parar hasta tenerlo, es permitirme perder el control y disfrutar de ello, es desarmarme bailando (siendo consciente de que soy incapaz de coordinar un pie con el otro y al mismo tiempo mover los brazos) solamente porque lo disfruto, es cantar a los gritos aturdiendo a los vecinos a modo de descarga, es reírme a carcajadas sin importarme quién me esté mirando, es decir lo que pienso sin filtros, es actuar por instinto, es vivir como me gusta y hacerme cargo de las consecuencias, es renunciar a lo que tengo para ir por más, es valorizar mi tiempo como se debe, es dejar a un lado la máscara que tanto tiempo llevé y derrumbar las paredes que me contenían, es salir de la cajita de cristal al mundo con plena seguridad, es confiar en mí misma y en aquellos a quienes más quiero, es ser completamente libre, es dejar de echarle la culpa de todo lo que me pasa a los demás, es encontrar inspiración en las cosas más simples y no dejarla escapar. Es vivir, con todas las letras, con todo lo que ello significa, con más ganas que nunca.
Llevo como estandarte mi propia tenacidad y me enorgullezco de quien soy hoy en día, con todo, y no pienso dejar que terceros afecten esta armonía, este estado de paz, de trance, en el que me veo sumida y al que tanto me costó llegar. No abandono, no me desanimo, y decido ir en busca de lo que más quiero, esté bien o mal, sea o no lo correcto: estoy viviendo por un sueño y no pienso parar hasta alcanzarlo.

viernes, 5 de abril de 2013

Tu accionar.

Y es entre tantos comportamientos infantiles que dejás todo en evidencia. Ese arranque pseudo espontáneo de comentarios carentes de fundamento y actitudes que no buscan otra cosa más que llamar la atención puso en mi cabeza una realidad no muy errónea, pero que vas a negar por más verosímil que sea si se me llega a presentar la oportunidad de planteártela. La obviedad de tus actos y mi indiferencia significan mucho más de lo que pensás, aunque empiezo a creer que muchas veces no pensás.
Mientras tanto, yo analizo. Analizo lo que me decís y cómo lo hacés. Analizo tus reacciones ante mis respuestas. Analizo esas formas poco convencionales (pero muy obvias) que tenés de llamar mi atención. Analizo tus claros ataques de histeria disfrazados cuando no la tenés. Y, por más simple que sea, así es como me doy cuenta de todo: de que repetís siempre los mismos temas, de que buscás cualquier excusa para sacar a luz tus conquistas cual Colón, de que sos mil veces más arrogante de lo que creía, de que tenés la cabeza más cerrada que una lata de conservas, de que ante cada silencio me volvés a plantear lo mismo, de que cuando respondo a tus planteos en vez de mirarme te enfocás en el techo como si hubiera una legión de duendes irlandeses emborrachados bailando y llamándote para que los veas, y de que me estoy cansando. Y esta vez es en serio.
No me canso de la situación en sí (la realidad es que me resulta bastante interesante, debo aclarar), sino de seguir confirmando día a día que sos lo que hace tiempo me dijeron que eras y no quise creer. Va más allá de empezar a creerle a los otros y no a vos; se trata de dejar de hacer oídos sordos y defenderte ciegamente cuando sé que no tengo razón ¿Y si tienen razón y en el fondo congeniamos porque somos demasiado parecidos? Me aterra pensar que eso pueda ser verdad, básicamente porque me cuesta aceptar que puedo llegar a ser como vos habiendo tantas cosas de tu personalidad que me dan ganas de empujarte enfrente del 143 en hora pico. Ni hablar de ese momento de desesperación en el que logro confirmarlo reconociéndome en tus contestaciones irónicas y sobradoras.
Tenés mi atención, y a los cinco minutos la perdés por puro aburrimiento. Porque soy así, porque me aburro fácil, porque en este momento no existe ningún feedback, porque mientras más escucho menos quiero ver y más abro los ojos, porque me canso del desgano que me produce buscarte sabiendo que no estoy ganando nada, porque perder el tiempo no es algo que me atraiga demasiado y, más que nada, porque cada día siento que esto vale menos la pena ¿Qué pasa? Si lo que querías era que de a poco me borre, lo estás logrando.

viernes, 29 de marzo de 2013

No cambio más

Ese incansable disconformismo que me tira para abajo cada vez que salgo a flote está empezando a causar estragos con el curso parcial de mis pasos hacia rumbos desconocidos. No debería ser posible, por el bien de mi propio estado anímico, que siempre haya algo que me falte, una pieza que se desvanezca de un puzzle que a simple vista parece completo cada vez que estoy a dos centímetros de la felicidad plena y absurda, como en esas películas con tramas simples y guiones carentes de sentido, pero esperanzadoras al fin. No es justo que siempre me falte algo y que pocas veces logre descubrir qué es. Si sobra de acá, falta de allá, y la balanza no se equilibra nunca ¡Pequeño detalle! NO SE EQUILIBRA NUNCA. N U N C A.
Y en medio de tanta histeria me pongo a pensar en qué estuve errando, concluyendo noches de delirio en carcajadas ruidosas provocadas por mi propio accionar errático, bajo la velocidad y cuando estoy a punto de frenar apreto el acelerador cual corredor de Nascar. Y no me para nadie. Y empujo, empujo, empujo hasta que logro mover montañas, bajar la luna y volar sin alas. Es demasiado tarde para frenarme cuando estoy tan cerca de la meta, y la realidad es que tampoco quiero que me frenen: de quererlo, lo haría yo misma a base de un cinismo desmedido como regulador de mis planes futuros.
Sumo, resto, y sumo de nuevo, para llegar ¿A dónde? Al mismo lugar donde siempre estuve, entre quién soy, quién quiero ser y mis miles de millones de metas sin alcanzar pero en proceso, a medio camino de aquellas que ni siquiera fui capaz de planear por el momento. Miro atrás y veo tantas victorias como derrotas, y sin embargo más bajones que otra cosa ¿Por qué? Si consigo todo lo que quiero, ¿Por qué siempre busco más? ¿Por qué no me puedo conformar con lo que tengo? ¿Qué necesidad tengo de salir siempre en busca de más, más y más? ¿Cuál es mi límite? ¿Qué me hace pensar que nada es inalcanzable? ¿Acaso jamás me voy a quedar sin ánimos de luchar, sin ganas de remar? ¿Qué me falta para completarme, cerrar un paréntesis y abrir otro?
La cruda realidad es que nunca voy a ser completamente feliz con lo que tengo, porque llevo conmigo ese incontenible instinto de luchar por lo que quiero. Seré porfiada, pero sobre todo tenaz, y si en el medio del camino me desanimo, basta con reprogramar el plan y agregar uno que otro proyectito a la ecuación para reanimarme y mandarme a la batalla nuevamente, como soldadito patriota que lucha por su Nación por puro sentimiento. Una nación cuyo líder aprendió a pelearla desde abajo, a remarla contra la corriente, y que más que usar paraguas, prefiere correr bajo la lluvia y sentir la energía de la misma sobre la piel.
Trabajo bajo presión. Una presión impartida sólo por mí misma sobre mi persona, porque cada vez que la presión es externa tiendo a enloquecer y tirar todo por la borda: abandono ante la primera intervención de terceros. Vivo en paz mientras no vengan a entrometer sus desagradables narices en mi camino, no molesto a nadie y me abro paso sin ayuda alguna: es todo fuerza de pulmón y corazón, nada más.
Con el tiempo aprendí que, aunque irritantes, los obstáculos son totalmente necesarios como empujoncito hacia la cima, para tener esa satisfacción única de llegar a una meta, mirar hacia atrás y recordar todo lo que lograste superar para conseguir lo que querías.
En pleno viaje hacia una meta, se cambia (y mucho), se crece (jamás decrece), y se aprende (sobre todo). No hay camino erróneo, ni lucha que no valga la pena, ni sueño absurdo: todo cuenta, todo suma, todo vale, siempre y cuando sea lo que uno quiere y le traiga armonía.

jueves, 28 de marzo de 2013

Bunker

A veces llegamos a un punto de quiebre en nuestras vidas en la que necesitamos una separación obligatoria con el mundo, un corte limpio con el mundo exterior y un encierro forzoso en nuestros propios laberintos mentales. Es cuestión de cerrar las ventanas, las puertas, los caminos, bajar las persianas y quedarnos solos un rato con nosotros mismos.
Tengo una tendencia particular a hacer esto con severa recurrencia. No hay situaciones especiales o puntuales para hacerlo: el tema de aislarme ya es cotidiano para mí. Soy de esas personas que cree que todo lo que existe está en uno y que el resto, el mundo exterior, cambia variando de uno mismo. Somos artífices de nuestro propio destino, de nuestro propio futuro, y las decisiones que tomamos día a día pueden llevarnos más allá o mantenernos atados, reclusos de nuestra propia mente.
Nos engañamos a nosotros mismos creyendo que en realidad puede haber algo allá afuera que pueda llegar a ser el comienzo de algo. La vida no nos da nada más que inicios y oportunidades: nos da un botón de start de vez en cuando y queda en nosotros apretarlo o pasarlo de largo. Queda en nosotros iniciar todo lo que nos pasa y que en un futuro se va a desencadenar, para bien o mal. Cada uno empieza y termina todo lo que le pasa, es una falta de responsabilidad total culpar al mundo exterior de todo lo que nos sucede, cuando los únicos capaces de decidir lo que nos sucede somos nosotros. Son nuestras reacciones las que no hacen quienes somos, las que nos llevan adelante o nos aprisionan en lo más interno de nosotros mismos.
Si hay algo que debería valorarse más en esta vida son esos momentos sin influencias externas para ver con claridad lo que somos y proyectar lo que queremos ser. Y no me vengan con esa falacia de que el mundo exterior no te influencia, porque los que viven con ese cliché como slogan son justamente los que viven de los demás, de lo que piensan de ellos y de lo que se les ofrezca desde allá afuera.
Prefiero vivir en mi propia isla en medio de un mar de paradojas antes de venderme a esa sociedad secreta, a ese culto siniestro conformado por quienes (sin saberlo y creyéndose exentos de esta realidad) reprochan actitudes ajenas a modo de reflejo de sus propias actitudes.
Dejenme en el bunker un par de días, que ya voy a lograr aclarar mis ideas. Denme tiempo para acostumbrarme al entorno y renacer de mis cenizas una vez más. Permítanme desencadenarme de la sociedad, vaciarme de prejuicios y arrancar de nuevo por otro sendero. Porque en mi desvinculación de la sociedad, en mi aislamiento fallido terminé siendo una persona completamente sociodependiente, debo admitir, y pretendo desligarme de esas ataduras cueste lo que cueste. Quiero que se entienda mi punto: no hablo de emprender un viaje digno de Into The Wild, ni de protestar contra el capitalismo a viva voz, desafiar a los mercados e irme a vivir al medio del campo a coleccionar tierra en el pelo y transformarme en una rasta viviente. No señores, lo mío no es salir con pantalones holgados, camisas de colores y el pelo hecho una maraña a defender los derechos de los animales y el medio ambiente. No sostengo que quienes me rodean son una mierda y merezcan ser arrojados al Paraná con piedras en los bolsillos.
No señores, no, no, no.
Lo que yo pretendo es un cambio que va mucho más allá, es ideológico, espiritual y, sobre todas las cosas, sumamente individual. Es desvincularme por un tiempo, cerrarme y desintoxicarme del pasado. Es terminar lo que hace tiempo postergo, es abandonar viejos karmas. Más que el típico 'borrón y cuenta nueva', es un reencuentro con mis raíces. No voy a destruír todo lo sucedido, ni lo voy a enterrar cien metros bajo tierra como hice tantas veces en el pasado: lo voy a dejar fluir.
Basta del 'que sea lo que tenga que ser': hoy decido tomar las riendas, cerrarme, desintoxicarme, y volver al camino en el momento en el que esté lista.
Adiós y hasta luego, si nos volvemos a encontrar, porque hoy ya no soy yo, y eso es algo que tiene que cambiar.

Cuestión de motivación

Creo sumamente sobrevalorada esa vaga idea de que la esperanza tiene que ser lo último que se pierda. Para hacerla corta, jamás estuve de acuerdo con ese ideal y creo que nunca lo voy a estar. La razón es simple y tiene bastante lógica: cuando depositás en la esperanza todo lo que te queda, lo único que estás haciendo es lavarte las manos y esperar que el destino juegue todas las cartas por vos, esperando ganar algo sin mover un dedo. Y eso, mis amores, es lo menos digno que puede existir.
No importa la situación en la que estés ni a qué le dediques tu energía; si lo hacés, tarde o temprano vas a terminar consiguiendo lo que querés. Dejar todo en manos del destino y otras posibles fuerzas externas no sirve, y mucho menos si lo que se quiere conseguir puede darse por algo más que una casualidad. La balanza siempre va a favorecer a los que miren para adelante y remen en lugar de abatatarse y dejar que la tormenta les rompa el bote y los ahogue '...y que sea lo que Dios quiera'. No tiene por qué ser lo que Dios quiera, debería ser lo que uno quiere. Ese es el problema de la mayoría, que esperan que las cosas les caigan del cielo cuando es bastante obvio que no lo van a hacer, siendo lo que esperan completamente ilógico, tanto que ni siquiera ellos lo creen pero esperan de todas formas ¿Qué esperan? ¿Qué quieren? ¿Es tan imposible que no lo pueden conseguir por sus propios medios? No lo creo. No creo que nada sea tan imposible como para poner en manos abstractas lo que queremos conseguir.
No es un simple discurso motivacional digno de una convención de vendedores ambulantes de sombreros en el Polo Sur, es una crítica ácida a la sociedad perezosa que se niega a movilizarse por lo que quiere. Ni siquiera pido interés en causas ajenas: un fin egoísta es igual de válido, siempre y cuando el único medio sea la motivación personal.
Al día 28 del tercer mes de 2013, sigo sin saber por qué se quedan sentados esperando a que los vengan a buscar en vez de caminar.

domingo, 17 de marzo de 2013

El simple hecho de sentir supone más desventajas que ventajas, más noches en vela que de sueño reparador y más tristezas que alegrías. Padezco el hecho de ser una persona en extremo sensible, aunque pocas veces lo demuestre, y no me gusta bajo ningún punto de vista. No es lindo vivir en una realidad paralela inventando finales felices y obteniendo como respuesta desilusiones infinitas, no me gusta ser testigo de situaciones que me rompen el corazón, no quiero seguir perdiendo el tiempo estancándome en momentos bajoneros.
Volvamos al iceberg.

viernes, 1 de marzo de 2013

Caretaje

Y es en medio de una vida vertiginosa al borde del abismo cuando el vodka te dificulta poner un pie adelante del otro y el humo te nubló la cabeza cuando te das cuenta de que en el subsuelo de tu propia vida viven más monstruos de los que creías.
Tapando inperfecciones con ego infinito, lo mío es puro caretaje, evasión en su mayor exposición, caos envuelto en hazañas para el recuerdo, momentos que se olvidan sin querer y una que otra anécdota que hace que me doble de la risa de vez en cuando. No sé pisar el freno ni bajar un cambio, y tampoco quiero hacerlo. Ese 'estoy bien' es más mentira que la llegada del hombre a la luna, que la gasa que muchos disfrazan de seda para aumentar los precios de camisitas tan hermosas como poco duraderas, que un 'empiezo la dieta el lunes'. Acá el enfoque es otro. No estoy bien y no sé si quiero estarlo. Querer estar bien implica un gasto de energía increíble, energía que no tengo y no pienso invertir en felicidad espontánea, momentánea y fugaz. Pero una no puede ir por la vida vociferando lo lindo que es estar mal sin que la etiqueten de psicótica emocional, autodestructiva y anormal (cosas que soy, debo aclarar). Cuando te acostumbrás a vivir en la oscuridad, ya nada te afecta: terminás aprendiendo a aceptar la realidad como venga y a hacer la tuya, a evadirte de este mundo a tal punto de crearte otro para mantener tu propia (in)sanidad mental intacta y vigente como siempre, pero como se maneja todo por adentro nadie se percata. No me falta una sonrisa constante nunca, y es algo que quiero que quede claro desde el principio. Mi nivel de locura no es semejante como para preocupar a mis seres querido con mis propias prácticas autodestructivas basadas en un amor-odio que no sabe pisar el freno y busca una solución en el olvido y la evasión.
Mi superficialidad, mi caretaje y mi evasión son cosas que forman parte de mí. Me catalogan de cartel, de pretenciosa, de absurda y de soñadora, y a mí me encanta.
Leo todo el tiempo, escucho música hasta dormida y no hay un evento que me pierda. No vivo en mi casa, y los pocos minutos que paso en ella me resultan tediosos si no tengo nada que hacer. Me dedico a escuchar, y si no hablo de mis problemas es porque los evado creando. Fluyo hacia todas partes, viajo constantemente, me ven radiante como el sol, y en realidad me estoy revolcando en mis propios vacíos existenciales.
Me puse una máscara que no me quiero sacar, me volví transgresora, desobediente y caprichosa, quedé en el medio y sin embargo tan al límite como puedo estar, perdí la vergüenza y en su lugar adquirí el hermoso hábito de reírme de mí misma, saldé deudas, sané heridas, me calcé la campera y salí al polo norte descalza, porque así es mejor.

jueves, 7 de febrero de 2013

"There is an important lesson to remember when you're having a bad day, a bad month, or a shitty year. Things will change: You won't feel this way forever. And anyway, sometimes the hardest lessons to learn are the ones your soul needs most. 

I believe you can't feel real joy unless you know what it means to fail. You can't know what it's like to feel holy until you know what it's like to feel really fucking evil. And you can't be birthed again until you've died."- KC

martes, 29 de enero de 2013

Mar

Una vez más, veo cómo todo a mi alrededor se derrumba y sólo quedan los escombros de lo que antes era un mundo entero. Veo cómo mis sueños mueren en su lecho sin poder hacer nada para reponerse, siendo pisoteados por el tan temido what if, desahuciados, indefensos, débiles. Veo cómo mis esperanzas son ahogadas en un mar de lágrimas derramadas sin motivo a causa de fantasmas que no hacen más que acecharme y no dejarme ser en paz. Veo culpa, arrepentimiento, tristeza, y un vacío inexplicable se apodera de mí indefectiblemente.
¿Qué hago acá? ¿A qué vine? ¿A dónde fui a parar? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Qué estoy haciendo conmigo misma? ¿Qué precio tendré que pagar en el futuro? ¿Por qué seguís acá? ¿Por qué todavía no me fui? ¿De quién es la culpa? ¿Cómo hago para ser completamente libre? ¿Cómo hago para sacar todo lo que tengo adentro? ¿Quién me mandó a actuar de esta manera? ¿Por qué reacciono así? ¿Debería esperarte? ¿Es esto lo que realmente quiero? ¿Me arrepentiré?
No sé. Nunca supe. Nunca sabré.
No sabría si me lo explicasen, si me dieran las respuestas a tantos interrogantes, si me hicieran entender y me abrieran los ojos. No les creería si se esforzaran por hacerme ver con claridad, por sacarme de la neblina, por hacerme resurgir de mi propio abismo. No los escucharía si quieran convencerme con palabras bellas, con mundos maravillosos, con sueños al alcance de mis manos: perceptibles, reales, posibles.
Me ahogo. Me estoy ahogando y no sé nadar, nunca supe nadar, tampoco sé flotar. Tantos años creyendo que era completamente capaz de mantenerme a flote cuando en realidad solamente estaba parada sobre un banco de arena que, con arduo trabajo, el mismo mar en oleadas se encargó de deshacer, dejándome a la deriva. Ya no hago pie y estoy demasiado lejos de la costa: no me ven, no puedo pedir ayuda; no me sienten, no puedo contactarlos; no me oyen, no puedo llamarlos.
Olas vienen y van, me cubren, me dan vueltas, me llevan y me traen, y ya no sé qué hacer: no puedo evitarlas. Me hundo, me canso de luchar contra corriente sin resultados, me duele el cuerpo, me duele el alma.
Me voy.
Es en ese momento en que el abismo comienza a apoderarse de mí, a llevarme nuevamente al fondo asegurándose de que nadie pueda ir a buscarme y dándome tiempo y espacio suficientes para cavar mi propia tumba en la solitaria profundidad del océano cuando tengo una realización. Llega casi como un flash, una luz entre tanta oscuridad, un mensaje divino, una escapatoria sencilla, un salvavidas resistente, y me ilumina. Me enceguece lo brillante que es, me lastima los ojos, pero es un lindo dolor.
Me preocupé demasiado por mantenerme a flote sin tener en cuenta dónde me estaba hundiendo. El mar de lágrimas se apoderaba de mí y crecía con mis desdichas segundo a segundo sólo porque yo se lo permitía. Me ahogaba en mis lágrimas, en mis recuerdos, en mis cavilaciones, en mis propios pensamientos oprimidos, ideas descartadas, sentimientos encontrados y esperanzas perdidas, y aún así nunca me percaté de ello. Así me encontré a mí misma nadando en mis propias lágrimas en un mar que jamás vio la luz del sol porque nunca se lo permití, en un tiempo que no era ni pasado, ni presente, ni futuro, que simplemente era, tan aislado como podía estar porque yo misma me había encargado de apartarlo del resto del mundo.
Llegó en un flash, y quedó plasmado en el fondo de mi alma, como todo. Una expresión delicada en una vorágine de sentimientos aislados por voluntad propia: yo era el mar.
Soy el mar. Me ahogo en mí misma. Me torturo con ideas sin sentido, me pierdo en callejones sin salida, me escapo de la realidad cada vez que pueda, y todos los caminos desembocan en ese mar. En mi mar, desembocan en mí:. Nunca hubo luz porque no lo permití, nunca hubo calma porque no le di lugar ante la simple presencia de la tempestad, nunca vi la costa porque la misma no existe, ni intenté resistirme al abismo porque en el fondo siempre supe que no había salida. En el fondo, siempre en el fondo, nunca en la superficie. En el fondo está salida, en el fondo vi la luz, en el fondo fui consciente, en el fondo me liberé. Y el fondo me salvó, como siempre.
Así fue como comprendí que si en el fondo estaba la respuesta, allí debía permanecer, que el mar era solamente una manifestación de todo aquello a lo que mi mente escapaba día a día, que era la única capaz de salvarme de mí misma. Fui mi propia salvación, mi héroe personal, mi redentora más grande. Entendí que las cosas iban a mejorar sólo si me lo permitía y que todo iba a ir por el camino que yo misma trazara.
Soy mi propia brújula,
soy mi propio mar,
soy un mundo del cual no pretendo escapar.

lunes, 7 de enero de 2013

Amor-odio.

Nunca me dejé querer. No está en mi naturaleza, en mi forma de ser o actuar, o en mis planes a futuro. La realidad es que me cuesta demasiado entender que hay gente que me puede valorar por como soy. Creo que son los efectos de no valorarme a mí misma y, paradójicamente, creer que soy demasiado para muchos. Es una especie de escudo, o incluso de espada de doble filo: no me quiero, pero me amo. Sirve de excusa en ambas direcciones: actúo sin tener el más mínimo amor propio, viviendo el momento, pero subiéndome al pedestal más alto de la gloria inalcanzable para miles, desde mi punto de vista.
Me siento tan arriba que estoy en el abismo más oscuro y no sé cómo salir. No quiero que me bajen escaleras, sogas o rescatistas, lo mío es rasguñar la tierra y trepar como pueda por más que me cueste, me duela, me haga daño; si no puedo salir sola, no estoy segura de querer salir. Tengo tantos vicios y conductas autodestructivas que es difícil entender de dónde carajo sale tanto egocentrismo y orgullo: nací siendo una paradoja completamente incompresible desde cualquier punto de vista.
Soy abstracta, soy gris, soy un Picasso original tirado al océano.
Es que me gusta tanto lo que me hace daño que llego a un punto de masoquismo incomprensible y la tristeza se transforma en el único lugar conocido. Inhóspito, but it feels like home. Puedo pasar horas torturándome con las mismas ideas una y otra vez, llego a reírme y llorar al mismo tiempo. Me río de mí misma llorando y lloro de bronca por la risa que me produce todo lo que me dedico a recordar constantemente en flashbacks insuperables, inevitables y completamente necesarios para mi sanidad (o insanidad) mental. De tanto hundirme me transformé en sirena y aprendí a respirar bajo el agua. Ya no me afectan tantísimas cosas y sin embargo muchas otras solo están ahí para llevarme a lo más profundo del abismo cual yunque atado a mi tobillo por voluntad propia y sin ayuda de terceros.
Porque ya no me importa nada, porque la melancolía me resulta necesaria, porque ser incomprendida es lo que más me gusta, y porque nadie me puede salvar: no los voy a dejar salvarme, no los voy a dejar quererme, no los voy a dejar encariñarse conmigo y mis actitudes contradictorias, con mi constante inconstancia y mi infinita búsqueda de la libertad.
No quiero que me quieran, de hecho, en secreto disfruto muchísimo pensando en toda la gente que me odia simplemente por ser quien soy, sin haber hecho nada que los afecte directa o indirectamente (sin conocerlos, incluso).
Partamos de este principio de mi personalidad para explicar por qué huyo despavorida ante la primer muestra de afecto hacia mi persona. Y si seguimos el hilo llegamos bastante rápido y sin esfuerzo a mi típico 'gracias' como respuesta a un 'te quiero', a esa costumbre que tengo por correr la vista cuando me miran a los ojos, a la muletilla que se convirtió desvalorizar todo lo que me dicen con una simple muestra de incredulidad, a mi aberrante reacción ante cualquier tipo de muestra de afecto, a mi rechazo por la gente pegote, por los mensajitos tiernos, por los apodos empalagosos y las actitudes melosas.
Le tengo rechazo al cariño, es tan simple como eso. Rechazo a que me quieran, a que se acerquen a mí, a que me saquen la ficha, a que me conozcan. Es por eso que me muestro reacia a mantener una pareja estable, a compartir confesiones a altas horas de la madrugada, a perder el tiempo con personas que tarde o temprano van a desaparecer.
Me acostumbré fácilmente a no ser nadie ni valer nada, tanto que ya no espero nada de nadie. Pero esa propia desvalorización de mi persona respecto a otros me llevó por el camino del amor-odio propio, de tal modo que dos minutos después de gritarle totalmente sacada a mis viejos que voy a morir sola en una mansión con 72 gatos y libros en todas las paredes me encuentro releyendo cosas que escribí en el pasado y convenciéndome a mí misma de que soy lo mejor que me pudo pasar en la vida y que no necesito a nadie porque soy suficientemente valiosa para brillar por mí misma: es más, me convenzo de que la presencia de otro junto a mí no haría otra cosa más que empañarme y hacer que mi esencia se desvanezca poco a poco.
Entonces, me amo, y me odio, y me amo, y me vuelvo a odiar. En eso se basan mis días, en un amor-odio constante que no deja tiempo para otra cosa más que lamentos en la oscuridad, por qués constantes y puteadas a todo aquello que no pude conseguir. Es que estoy tan acostumbrada a conseguir todo lo que quiero que se torna frustrante pegar en el palo de vez en cuando.
Pero de eso se trata ¿No? De pegar en el palo y tirar de nuevo hasta hacer gol. Mientras tanto, me tengo a mí misma para amarme y odiarme, y con eso me alcanza y me sobra.

miércoles, 2 de enero de 2013

Cuestión de contrastes.

La alineación de los planetas nos llevó a la terrible coincidencia de encontrarnos y a la perfecta oportunidad para ver a quién me enfrentaba. Demás está decir que fui con la cabeza en alto y sin intención alguna de iniciar una batalla, pero que el potencial rival al que me enfrentaba se encontraba lejos de mis expectativas. Pedir más diferencias entre ambas hubiera sido paradójico, siendo que a simple vista se podía ver la propia contradicción existencial de que ambas estuviéramos a escasos centímetros de distancia y sin embargo, siendo tan diferentes, pudiéramos ser al mismo tiempo.
Sonrisa radiante, ojos brillantes, pura sencillez y sinceridad, en contraposición a mi tan característica mirada altiva, elegancia fácilmente perceptible y un claroscuro misterioso que envuelve el enigma que nací para ser mas allá de mi forma característica de gesticular con cada célula de mi cuerpo y ese don increíble que tengo para la manipulación de las masas.
El simple hecho de recordarlo hace que estalle en carcajadas. Somos la luz y la oscuridad, y no simplemente por nuestro aspecto exterior, sino también por nuestra actitud. Dos segundos de tenerla enfrente me sirvieron para sacarle la ficha, y dudo que ella pueda decir lo mismo sobre mí. Creo que eso se debe a la simpleza y transparencia que ella denota, y a la gran contradicción que la simple imagen de tenerme frente a frente significa para muchos. Somos diferentes, sin irme muy lejos puedo comparar la complejidad de pensamientos de cada una con sólo haberla escuchado decir dos palabras, y establecer que, en cuanto a complejidad y misterio, creo que me encuentro en el nivel más alto del mismo.
Mientras su sonrisa de cachorro transmitía tranquilidad, mi mirada penetrante infundía respeto.
Mientras su inocencia se dejaba ver, mi perspicacia se ocultaba tras una máscara de falsa ingenuidad en su estado más puro.
Mientras ella se esforzaba por ser Serena, yo era, sin siquiera intentarlo, Blair.