lunes, 10 de diciembre de 2012

Gris

Cuanto más intentamos sacarnos a alguien de la cabeza, más lo recordamos con las pequeñas cosas del día a día. Es una realidad inevitable, tristísima y fácil de odiar, pero no quedan más opciones que aceptar las cosas tal como son y esperar a que se nos pase (si es que alguna vez se nos pasa). Reprimir lo que sentís no sirve de nada, y hablo desde la experiencia cuando lo afirmo con convicción a cada persona que me pregunta algo sobre el tema. Uno tapa los escombros de ilusiones derrumbadas como el Muro de Berlín durante días, meses, años de arduo trabajo en su propia psiquis y lo único que logra es que un ínfimo detallito derrumbe todo lo que con trabajo se había construído. Es una especie de hueco que, poco a poco, se agranda y deja un vacío enorme. No sé si ese vacío está en el corazón, en la cabeza, en el hígado o en la rodilla, pero está ahí y no conozco ninguna forma efectiva de hacerlo desaparecer. Si taparlo con negaciones no funciona y al intentar olvidar lo único que hago es seguir recordando ¿Qué más me queda por hacer?
Tanto tiempo de esconder sentimientos, de refugiarme en cualquier tipo de arte con el único objetivo de distraerme, de dar vuelta la cara y autoconvencerme con realidades que no existen, con mentiras vagas y mundos maravillosos creados solo por y para mi, para nada. Le encuentro un único aspecto positivo, y es que durante el tiempo en el que oprimí mis propios sentimientos, que apreté el botón de OFF y lo mantuve bien sujeto para que nada ni nadie lo moviera, mientras disfruté de esa linda sensación de meter el corazón bajo cuatro llaves y en el freezer, logré olvidar. O creí que olvidaba. Creí que estaba todo bárbaro y que no iba a volver al pasado, que lo que se entierra no se puede desenterrar. Y sin embargo ahí me encontraba el jueves, pala en mano en medio del cementerio de ilusiones, cavando, cavando, cavando. Saqué todo afuera, descongelé el corazón, apreté ON y me refugié en la oscuridad como hacía mucho tiempo que no me pasaba. El problema de esa oscuridad, de mi oscuridad, es que es imposible no quedar a solas con mis recuerdos. Es ahí cuando me empieza a costar levantarme, cuando se desbordan todas las represas y pensamientos pasados me inundan, cuando me encuentro tan al fondo que siento que no voy a poder salir, que no tengo ni fuerzas para flotar ni una embarcación que me lleve lejos de ese mar de lágrimas. Ahí es cuando pasás vos, con tu super yate, monumento a la ignorancia total hacia mi persona, con el gorro de Capitán y el traje de punta en blanco, mientras yo me ahogo en mis propias desilusiones, con el maquillaje corrido y el pelo empapado pegándose a mi cara, indefensa, hipotérmica, sensible. Me ahogo a metros de donde estás vos y no te importa, y el orgullo no me va a permitir bajo ningún punto de vista dirigirte la palabra una vez más, buscarte o esperar algo de vos. La peor parte es que a pesar de esa falta de esperanzas, de ese río de desilusiones cuyo caudal crece día a día, de todo lo mal que me hace recordarte, vuelvo a vos con demasiada frecuencia. Podría jurar que desde ese día no te puedo sacar de mi cabeza, que cada persona en la calle tiene tu rostro, que no hay un segundo de mi tiempo libre en el que no te piense. Y si eso de la telepatía funcionara, a lo mejor de vez en cuando te acordarías de mí.
Soy consciente de mis carencias, de mis defectos, de mis problemas, pero sigo sin entender qué es lo que me falta para tenerte a vos, porque si bien no sos lo único que me haría feliz, podrías llegar a ser un empujoncito a mi felicidad. Esa felicidad que hace tanto está ausente, que agarró sus cosas y desapareció el pasado 21 de Octubre, y no quiere volver. Muy pocas veces mi sonrisa es sincera, muy pocos son los momentos en los que no estoy maquinando constantemente, cuestionando todo lo que me rodea, todo lo que hice o tal vez haga.
Me dejé estar y me volví gris. Lo más lamentable es que sos justamente la gota de color que le falta a mis días, pero no te importa, y mientras sigo ahogándome en mis propios pensamientos, te dedicás a hacer olas desde tu posición, guitarra y Branca en mano. No te puedo culpar de mi estado actual, pero no me quiero resignar a esta realidad así de fácil.
No sé cómo ni de dónde, pero voy a aprender a flotar.

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