lunes, 22 de octubre de 2012

Evitar, resistir.

Creo que con todo lo que lloré hoy, voy camino a la deshidratación progresiva a un ritmo demasiado acelerado. No puede ser que una celebración que debería haber sido otro día plagado de buena onda y risas en familia se haya terminado convirtiendo en un desastre. No puede ser que todo a mi alrededor se caiga tan de golpe: soy las torres gemelas y el destino es mi Bin Laden personal.
Estábamos comiendo, y de repente, en el medio de la conversación, mi abuelo (vale aclarar que es la persona a la que más amo en todo el mundo, sin el cual no puedo vivir, por el simple hecho de que básicamente me crió porque mis viejos trabajaron toda la vida, y que hasta el día de hoy pasa mucho tiempo conmigo y se preocupa de que siempre esté bien, más que cualquiera de las personas a mi alrededor), se empezó a agachar como si se le hubiera caido algo. Pero no se levantaba, y tardaba en contestarnos cuando le hablábamos. Lo sostuvimos contra la silla cuando volvió a hacer lo mismo y nos dimos cuenta de que no era simplemente hipotensión. Llamamos a Urgencias y se lo llevaron.
En el primer parte, nos dijeron que tenía un ACV isquémico, a causa de una falla en el sistema circulatorio que había obstruído la llegada de sangre al cerebro causada por la obstrucción de la arteria carótida. Mientras lo estaban examinando, sufrió un paro cardíaco y un edema pulmonar agudo. En sus 81 años de vida había sufrido dos infartos y tres edemas pulmonares, por lo que esto no era nada nuevo.
Tengo que admitir que tengo miedo, y que en el momento en el que la doctora nos dijo que podría recuperar la motricidad, pero posiblemente tendria que volver a aprender a hablar, casi me muero. Mi abuelo siempre fue una persona a la que le gustaba salir, dar vueltas, que no paraba nunca, que llegó a tener tres trabajos simultáneamente y dormir solamente cuatro horas para mantener a su familia, un tipo que con 80 años seguía yendo a tomar café con los amigos a la mañana, al mismo bar de siempre. Desde el pasado Enero no sale de la casa por problemas del ciático que le impiden caminar largas distancias (y por larga me refiero a más de lo que lo lleva del living a su habitación), y eso lo tenía bastante frustrado, pero había aprendido a acostumbrarse y simplemente aceptaba esa realidad. 
Todos los días almorzaba conmigo, y cuando había fines de semana largos, o días en los que yo por un motivo u otro no iba, pasaba a visitarlo y él se ponía contento. Cuando nos íbamos de viaje lo llamaba todos los días, y cuando por mis 15 años viajé a Orlando, fue la persona a la que más extrañé.
Los médicos a cargo de terapia intensiva nos dijeron que no entráramos con la otra gente, que esperáramos a que se fueran todos para verlo. Solamente podían entrar dos personas por separado. Primero entró mi tío, y cuando salió me dijo que fuera yo. Había llorado cuando lo llevaron al sanatorio, pero logré controlarme y aguanté el resto del día en mis cabales, jugando al tetris en el celular y leyendo revistas de la sala de espera (bendito sea el genio al que se le ocurrió comprar Inrockuptibles). Pero cuando mi tio me dijo que estaba entubado, tosiendo y que se ahogaba con su propio vómito, me largué a llorar de nuevo. No podía entrar a verlo en ese estado, no podía dejar que el me viera así. 
Tengo una aversión enorme por los sanatorios, y mi abuelo lo sabe, por eso cada vez que le pasaba algo le decía a mis viejos que no me llevaran, porque veía que me hacía mal verlo así a él, y eso también le hacía peor. No podía dejar que me viera mal, no podía demostrarle todo el miedo que tenía, el miedo de verlo sufrir, el miedo de saber que entiende todo lo que pasa a su alrededor y saber que no se puede expresar, que casi no puede mover la mitad derecha del cuerpo ni puede hablar. Tenía la certeza de que iba a entrar, lo iba a ver mirándome fijo con esos ojos azules, casi transparentes, enormes y tristes sin poder decirme nada, y no iba a poder soportarlo. Me quedé afuera. Eran las diez de la noche, ya es la una y cuarto, y desde entonces no paré de llorar.
No me cuesta entender lo que está pasando, y de hecho tengo la certeza de que él estaría mejor si se fuera en paz y dejara de sufrir ¿De qué sirve tenerlo sufriendo, viviendo porque está conectado a diferentes tipos de máquinas, sin siquiera poder exteriorizar lo que le pasa por la mente? Lo conozco, sé que no le gusta estar así, sé la impotencia que le da no poder ser el mismo de antes, sé lo que va a sufrir si sigue vivo después de todo pero queda atrofiado por lo que le queda de vida.
No tengo hambre, me obligan a comer pero no me alcanzan las palabras para explicar las náuseas que tengo, el miedo que se apodera de mí, los temblores que tengo y lo que me cuesta respirar. Me estalla la cabeza, me cuesta enfocar las letras, me tiemblan las manos, tengo los ojos hinchados, la cara roja, y no me importa más nada. Solamente quiero que esté bien, y a lo mejor es simplemente por un deseo egoísta de poder seguir viendolo, de compartir más momentos con él, pero ¿De qué sirve todo eso si va a seguir sufriendo? Si le llegó la hora, ¿Por qué no se fue de una forma pacífica, sin dolor, sin sufrimiento?
Estos últimos meses fueron la peor mierda, el año en general fue una mierda. Entre todas las cosas que me pasaron, son muy pocas las que puedo rescatar y decir que fueron realmente buenas, porque todo me sale mal, porque todo a mi alrededor se desmorona, desaparece, perece.
Me vengo preparando psicológicamente para el día en el que él se tenga que ir desde hace aproximadamente cuatro años, tal vez más, porque siempre tuve presente que por más veces que haya sobrevivido, cada vez se le iba a complicar más, pero siempre creí que iba a ser algo rápido, no gradual. 
No sé qué más hacer, no sé cómo estar mejor.

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