domingo, 9 de septiembre de 2012

Estresada, resfriada, agotada, histérica y todo, todavía puedo decir que estoy pasando los mejores momentos de mi vida. Llegué a ser lo que siempre quise ser, o al menos estoy bastante cerca de serlo, e ir concretando pequeñas metas en el camino me ayuda a no bajar los brazos bajo ningún punto de vista. Son cada vez más las cosas que sé que nunca voy a olvidar, las personas que sé que siempre voy a querer, los días que voy a querer revivir.
Aprendí a tomarme las cosas con más calma y entender que el mundo no va a mi acostumbrado ritmo acelerado de vida, a ver belleza en todos los detalles, y a sacar de cada fiasco una enseñanza. No cambié mi forma de ver el mundo, y mucho menos mi personalidad, pero de a poco me voy adaptando a lo que me rodea.
Aprendí a quererme como soy, que en realidad es mi más grande logro. A aceptar mi propia forma de ser como algo bueno, y usar todos esos aspectos negativos a mi favor. Aprendí a callarme y aceptar que me equivoco, que no siempre puedo tener razón y tampoco es necesario tenerla, a darme cuenta de quiénes valen la pena y quiénes no.
Nunca voy a poder volver el tiempo atrás, y es por eso que decidí vivir el momento, como venga, y dejar de preocuparme tanto por lo que pasó o va a pasar. Siempre van a estar presentes mis ensoñaciones sobre qué  me depara la vida, pero eso no significa que tenga que vivir angustiada por ello, o que le tenga que prestar demasiada atención.
Sé lo que quiero y lo estoy consiguiendo, me siento un poquito más cerca de la meta que antes, mientras muchos se perdieron en el camino, y eso me hace sentir orgullosa de mí misma (siempre voy a tener alguna excusa para estar orgullosa). No me quiero bajar de donde estoy hoy, pero tampoco me molestaría hacerlo, bajé mis expectativas, mi autoexigencia y mis obsesiones al mínimo para ser completamente libre, porque entendí que lo único que me mantenía apresada eran mis pensamientos y mi eterno miedo a fallarme a mí misma.