jueves, 5 de abril de 2012

Paz.

Llega el otoño, y por la ventana abierta a mi izquierda entra un vientito fresco que me congela el brazo. No hace frío, de hecho se nota que el verano todavía no se alejó del todo y se está bien con un short y una remera. Sin embargo, aunque no lo parezca, ya estamos en la primera semana de Abril, es Jueves Santo, y los últimos tres meses se me pasaron volando.
Rememorando un poco, creo que tuvieron demasiados altibajos para mi gusto. Me gusta la emoción, me gusta el cambio, pero no me gusta que mis sentimientos estén en una especie de montaña rusa cuyo recorrido jamás termina, me parece tedioso, ridículo e insoportable. Tomé muchas decisiones este verano, di muchos pasos en falso, me caí varias veces y me tropecé unas cuantas más simplemente para llegar a donde estoy ahora: un estado de paz infinito.
No escribo en este blog tan seguido por un motivo: es mi modo de descarga, y no tengo nada que descargar. Estoy sumida en un estado de paz increíble, sumamente inusual en mí, que vivo corriendo de acá para allá, estresada, cansada, durmiendo poco, viviendo rápido y dejando todo para último momento. Es que hace poco tiempo todo cambió, porque me di cuenta de que la vida es mucho más de lo que yo creía, y que las oportunidades que no aproveche ahora posiblemente nunca vuelvan a presentarse.
Es rarísimo que una persona de la cual creí que no se podría aprender nada me haya enseñado eso una madrugada de Enero, mientras estaba en Pinamar. Es casi ridículo. Ni siquiera me saludó, me dejó el mensaje en Facebook y continuó la conversación como si nada, hablando de cualquier cosa menos de ese mensaje que había salido de la nada. Me dijo que se estaba arrepintiendo de muchas cosas que había hecho, y que ahora valoraba cosas que antes no tenía en cuenta. Le contesté que era un idiota, que siempre lo había sido y que yo siempre se lo decía porque en serio lo creía, y me dio la razón. El flaco estaba completamente perdido, de hecho, sigue estándolo, pero a veces piensa, a veces se pone las pilas y cae en la cuenta de que está haciendo algo mal, de que se está equivocando. Y ahí es cuando me hace entrar en razón, porque si él puede volver a la realidad solamente para hacerme pensar que puede ser que yo también esté equivocada, debe ser por algo.
A partir del click que me produjo lo que este loquito me dijo, decidí dejar de preocuparme por pavadas y empezar a vivir a mi manera, a hacer lo que yo quisiera, a poner en práctica todos los principios acumulados en mi cabeza y a salir del agujero interior. Estuve viviendo en piloto automático y prestandole atención a demasiadas cosas sin sentido, que al fin y al cabo no valen la pena, y eso definitivamente no es lo que quiero para mí. Me di cuenta de que a lo mejor me salía todo mal porque yo no dejaba que las cosas pasaran, pero tampoco las hacía pasar, más bien me sentaba a llenarme la cabeza de boludeces y perder tiempo como ninguna, sin proponerme nada concreto ni hacer nada por realizarlo. Eso llegó a su fin.
Ahora estoy super relajada, tomándome todo con calma, moviendo los hilos de mi propia vida y preocupándome solamente por lo que creo que vale la pena. No tengo todo lo que quiero, estoy muy lejos de eso, pero la gran cantidad de problemas relacionados con todos los ámbitos que se les ocurran que tuve últimamente me hizo pensar a dónde estoy, a dónde quiero ir y qué necesito para llegar. Me di cuenta de que no necesito mucho, y que a veces hay que tomarse un tiempo para descansar y vivir sin preocupaciones, dedicarle un tiempito a la familia y a los amigos, a hacer las pequeñas cosas que a uno le gustan y dejar de lado todo lo que te hace mal.
Muchas veces me lo propuse, pero nunca fui capaz de concretarlo, hasta ahora.
Llegué a un estado de paz interna del que va a ser difícil sacarme, porque nada me afecta y poco me importa.

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