domingo, 11 de diciembre de 2011

Pérdida.

El ejemplo más claro de una persona que pierde a quien más quiere y sigue viviendo es mi abuelo paterno. Mi abuela falleció hace unos cinco, seis años (sinceramente no me acuerdo) pero él sigue su vida del mismo modo en que lo hacía antes. La verdad es que no entiendo de dónde saca fuerzas para reírse como lo hace todos los días, salir a tomar café con sus amigos cada mañana, venir a ofrecerme ensalada de frutas antes de que me vaya al club, o simplemente continuar con su vida. Debe ser difícil perder a una persona con la que viviste tantos años, son cosas que no se olvidan. Yo sé que él no se olvida, aunque cada mañana se despierte solo, aunque no esté ella para cocinar, aunque en los almuerzos durante la semana seamos solamente él y yo.
La verdad es que la extraño, y mucho, después de todos estos años. En su momento no le di importancia, ni siquiera lloré porque se hubiera ido. De hecho, siempre creí que está mejor en donde sea que esté ahora, mucho mejor de lo que estaba cuando todavía vivía. Desde chica sostuve eso, y es lo que me ayudó a superarlo y a entenderlo: ella está mejor ahora.
Durante sus últimos tiempos, no estaba bien. Pasó muchísimo tiempo internada, la trasladaban de sanatorio en sanatorio, llegaron a internarla en su propia casa, y yo odiaba verla así. No quería ir a visitarla por el simple hecho de que me hacía mal: tanto egoísmo en vano, se fue de todos modos, y ahora no hay nada que pueda hacer para cambiarlo. Siempre me hizo mal, y siempre me va a hacer mal recordar esos momentos en los que ni siquiera era consciente de lo que decía, parecía un zombie a causa de la morfina y tenía cables y agujas por todos lados. Postrada en una cama, deliraba, no te reconocía cuando llegabas, y no podía articular dos palabras con coherencia. En ese momento yo no entendía nada, era chica y no me importaba demasiado, creía que era algo transitorio y que ella se iba a recuperar. Sí fue algo transitorio, pero no tuvo el desenlace que yo esperaba.
Hay cosas que se te quedan grabadas en la memoria, y tengo varios recuerdos sueltos de sus últimos días. Me acuerdo que me trataban de insensible por no prestarle la atención requerida al tema, simplemente porque no entendían que me hacía mucho daño. Me acuerdo de llegar a la habitación los sábados cuando estaba por terminar el horario de visitas, con mi mamá y mi mejor amiga, y ver a mis familiares sentados alrededor de mi abuela, tratando de comunicarse con ella. Pero ella no respondía, solamente balbuceaba palabras sin sentido. Deliraba la mayor parte del tiempo, estaba convencida de que me habían secuestrado los chinos y que, a su vez, querían envenenarla a ella porque sabía lo que habían hecho: esto hizo que se negara a tomar los medicamentos. ''¿Cómo la van a tener los chinos, si está acá?'' le decían mis familiares cuando yo llegaba, ''Ella no es Lara, es una copia'', respondía ella. Estaba muy mal, y me hacía mal a mí verla mal a ella. Siempre fue una mujer fuerte, admirable, inquieta, y así había terminado a causa de la diabetes: postrada en una cama y delirando. Me parece que eso es bastante injusto.
Todavía noto un poco de dolor en la voz de mi abuelo cuando me cuenta anécdotas de cuando yo era chica que la incluyen a ella, cuando la nombra, también. ''A ella nunca le gustó el nombre Ramona, prefería que todos la llamaran Norma, que era su primer nombre''. ´Pero para mí no era ni Norma, ni Ramona, era Titi, y la sigo queriendo mucho a pesar de que los años pasen, sé que el también la quiere y que no se olvida de ella.
En algún punto de su enfermedad (sinceramente no me acuerdo si fue antes de que la internaran o cuando ya estaba mejorando) la trasladaron a un geriátrico. Ella era muy charlatana y estaba contenta de tener una compañera de habitación que fuera tan charlatana como ella, porque se entretenía bastante. Las volvía locas a las chicas que trabajaban ahí, y cuando la íbamos a visitar en el horario en el que servían la comida, me daba su postre a mí: siempre, aunque yo nunca lo aceptaba. Yo, por mi parte, odiaba ese lugar. Estaba lleno de viejitos con alzheimer u otras enfermedades, a los cuales trasladaban de acá para allá en sillas de ruedas. A veces ponían música y algunos se animaban a bailar en la pista, eso me causaba ternura. Siempre me causaron ternura las personas mayores, tienen mucha sabiduría encima. Ella no bailaba, se quedaba hablando con nosotros y me preguntaba cómo iba el colegio, qué había hecho durante la semana o simplemente cómo estaba. Se la veía contenta a pesar de que ya no vivía con su familia, porque mi abuelo ya no podía cuidarla, y el resto trabajaban, por lo que su tiempo en casa era muy reducido, y si algo llegaba a pasar, no iba a haber nadie para ayudarla.
El día de mi primera comunión la llevamos a cenar a un restaurant que estaba a media cuadra del geriátrico. Me acuerdo que estaba muy contenta por haber podido salir de ahí, estaba cansada de estar entre cuatro paredes y decía que ''esos viejos que no hacen nada'' la aburrían. Yo había protestado muchísimo porque no quería ir, a mi ''esos viejos que no hacen nada'' me ponían mal, y hoy en día los siguen haciendo. Ella se mostraba emocionada por mi primera comunión y repetía sin cansarse que le hubiera encantado ir (religiosa a muerte, me llevaba a misa con ella todos los domingos cuando yo era chica).
No fui a su funeral, porque quiero que mis recuerdos de su persona sean de cuando ella estaba viva, no de verla completamente inerte en un cajón. Fui a los últimos quince minutos de la misa que dieron por los difuntos en la Catedral, suficientes como para escuchar su nombre, y volví a irme. Mi papá, mi tío y mi abuelo tiraron sus cenizas al Río Paraná (porque ella lo quería así), así que no hay lápida que la conmemore.
Lo único que nos queda de ella son las fotos y los recuerdos grabados a fuego en nuestras memorias, y no podría pedir nada más, porque a pesar de todo, te ayudan a superar la pérdida.

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