sábado, 17 de diciembre de 2011

Así son las cosas: amargas, borrosas.

Ayer tuve un día digno de olvidar: yeta, yeta, yeta. Para empezar, la noche anterior había discutido con la mitad de mi familia y estaba un poco (muy) histérica todavía. No quería hacer nada, no quería estar en el club, no quería estar en mi casa. No sabía a dónde quería estar, porque en realidad no quería estar en ningún lado, quería desaparecer un buen rato. Intenté volverme caminando del club (porque, a todo esto, me había quedado sin viajes en la tarjeta de colectivo y no tenía plata para comprar otra o pagar con monedas), caminé una cuadra y se me vino un grupito bastante sospechoso (por no decirte que tenían terrible pinta de delincuentes juveniles y que parecía que me iban a robar hasta el alma), di media vuelta y me mandé en el único lugar que conozco por esa zona: el club. Mis amigas (en su mayoría) estaban raras conmigo, así que enfilé para el lugar en el que estamos siempre y me senté con mis amigos, que estaban (como siempre) jugando al truco. Pasaron un par de horas y volvimos todos, porque un par se tenían que volver antes, yo estaba mala onda y el resto, la verdad no sé, la cosa es que se volvieron con nosotros.
Llegué a casa y no vi las llaves de mis viejos, bien, la casa para mí, pensé. Pero no. Llegué a mi pieza y escuché la cerradura: mi mamá venía con Bombón (mi perra) del veterinario y yo, sinceramente, no tenía ganas de verla, porque sabía lo que iba a pasar.
Ahí arrancaron las confrontaciones de nuevo, entre gritos, llanto y desesperación, desde la misma silla donde estoy sentada ahora mismo le planteé todo lo que pensaba, casi sin dejarla emitir palabra. Llegamos a un acuerdo con el cual sinceramente no estoy de acuerdo, pero que me vi obligada a aceptar por mi condición de ''hija responsable''.
Durante esa media hora de gritos y llanto, vomité. Vomité palabras. Le dije todo lo que pensaba, sin filtros y sin anestesia, como hago siempre, y cuando terminé con mi discurso lleno de palabras atropelladas que se mezclaban entre sí porque no encontraban el suficiente lugar para salir todas al mismo tiempo me vi obligada a escucharla. Lo que decía no me sorprendió en lo más mínimo, ya había escuchado esas palabras en boca de otras personas miles de veces, y era consciente de que tenía razón en lo que me estaba diciendo.
Durante su momento de hablar, me expuso tres puntos básicos de mi personalidad acertados y que últimamente me traen muchos problemas:

  • Autosuficiencia e independencia extremas.
  • Le cierro la puerta de mi mundo a todo aquel que se me aproxima demasiado.
  • Demasiado dura.
El primer y el último punto, según ella, son virtudes. Significan que el día de mañana, cuando me encuentre sola (es algo que obviamente va a pasar en algún punto de mi vida), voy a poder afrontar todo obstáculo que aparezca en mi camino y seguir adelante con el mismo ímpetu que antes. Desde mi punto de vista, no son ni virtudes ni defectos, son simplemente características como cualquier otra: tienen su lado positivo y su lado negativo. Al ser tan independiente y autosuficiente, termino alejándome de los demás, creyendo que puedo con todo sola, cuando en realidad estoy bastante lejos de ser la mujer biónica. El hecho de ser demasiado dura contribuye a esto, justamente, y al hecho de que no sepa pedir ayuda (y tampoco quiera hacerlo).
El segundo punto es el que me hace sentir un poco como Pink (si vieron The Wall, me entenderán), con la diferencia de que su vida y la mía son completamente diferentes, coincidiendo en que ambos construímos una enorme pared alrededor nuestro para protegernos del exterior, y cuando alguien está lo suficientemente cerca de lograr abrir la única puerta que hay en esa pared, lo ahuyentamos. Mamá me dijo que ella no es una persona que ande cargoseando a los demás todo el día, que no espere que ella me llame cada cinco minutos y decida todo por mí porque no es algo que ella haría o le gustaría que le hicieran, y se disculpó por parecer tan distante; debido a esto justamente. También me dijo que si yo no la dejaba entrar, ella tampoco podía aproximarse demasiado, y ahí me di cuenta de mi error.
No recuerdo demasiado de la charla de ayer, estaba demasiado abstraída para escuchar con la debida atención, pero esas palabras se me quedaron grabadas y me hicieron un click. Como bien dijeron Cerati y BajoFondo:
Así son las cosas: amargas, borrosas.

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