jueves, 17 de noviembre de 2011

El último esfuerzo.

Como todos los fines de año, los cambios de estación, las caídas fuertes, decidí arrancar de nuevo. No tienen una idea de la cantidad de veces que arranqué de nuevo en el último tiempo, se terminó convirtiendo en mi hobby favorito. Creo que en el fondo lo que pasa es que le tengo mucho miedo a la monotonía, a volverme una imagen virtual y no una real, y es por eso que estoy tan obsesionada con renacer de mis propias cenizas cada tanto. 
Ahora se me presenta una linda oportunidad: se acercan las vacaciones. Tardes enteras tirada en mi pareo hippie en el club, mirando el cielo, riéndome con mis amigos, comiendo helado como si fuera el último alimento disponible en la Tierra, y haciendo todo lo que no tuve tiempo de hacer durante el año debido al cansancio constante de mi día a día. Este año llegué a niveles inhumanos de insomnio, estado de zombie y cansancio generalizado, y no pude hacer muchas de las cosas que me propuse hacer desde un principio. Eso me da muchísima bronca, me hace odiarme por taparme tanto de compromisos, pero supongo que soy una workaholic y es por eso que mis días de domingo a viernes son tan cansadores. Este año pasé muchísimo tiempo estudiando, haciendo trabajos, iniciando y terminando metas nuevas por igual, y reemplacé horas de sueño por estrés elevado a la quinta potencia. Creo que es momento de parar, ver a dónde voy y entrar de lleno. 
Este verano parece ser el mejor en mucho tiempo, y pienso vivir cada segundo al máximo, leer todos los libros que no leí durante el año, ver todas las películas que quiera por Cuevana, salir a correr todos los días, dormir mucho, caminar bajo la lluvia y, sobre todo, pensar. Es algo que no hice en todo el año. Creo que en los últimos meses, me convertí en el tipo de persona obtusa que siempre evité ser, me dediqué pura y exclusivamente a cumplir con mis compromisos y a equiparar todas las horas de estudio con salidas. Porque cuando estás todo el día encerrada en tu casa estudiando y salís solamente para ir a inglés o a hacer deporte, te sentís como un pez en una pecera, y llega un punto en el que las paredes se asemejan a barrotes: tu casa es una cárcel, y te tenés que escapar. Y es por eso que en los últimos tiempos no hay un fin de semana completo que me quede en casa a dormir, o que no salga un viernes o un sábado a hacer algo, ni siquiera tengo planes concretos, solamente me dedico a vagar por la ciudad con mis amigos. A veces ni hablamos, nos sentamos en la puerta de la casa de alguno y nos quedamos mirando la calle, y eso es lo más. Cualquier cosa es lo más menos llegar a mi casa y ver sobre la mesa de la cocina la pila de carpetas, libros, apuntes y resúmenes que me esperan para estudiar. No me puedo quejar, sé que hay colegios más exigentes que el mío, y gente que se pone más las pilas: no soy la persona más brillante, pero intento superarme a mí misma.
Duermo poco y vivo rápido, aprovecho cada segundo y creo que eso es la causa de que últimamente no tenga un solo pensamiento coherente, no noto lo obvio, vivo en una nube, mis neurona NO hacen sinapsis, reacciono tarde, no entiendo de qué habla la gente la mayor parte del tiempo, y mi cama parece tener un enorme imán que me atrae apenas atravieso la puerta de mi habitación. Ya no puedo estudiar sin tomarme unas cuantas tazas de café en el proceso, releer el mismo párrafo como mínimo diez veces seguidas y colgarme mirando por la ventana a las palomas que se chocan contra el vidrio o se pelean en el edificio de enfrente.

En resúmen, mi concentración es nula, mi inteligencia se desvanece, todo me aburre y evito los compromisos más que nunca: necesito unas lindas vacaciones para hacer lo que quiera.

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