lunes, 26 de septiembre de 2011

Hay demasiadas cosas que quisiera cambiar en mi vida, demasiados momentos que quisiera borrar, demasiadas experiencias que preferiría olvidar, pero no puedo. Porque estar cambiando constantemente es darte cuenta de que no vas ni para un lado ni para el otro, es preguntarte, día tras día, a dónde vas a empezar de nuevo, es perderte tantas veces como volvés a encontrarte. Entonces, si esto es así, podría decirse que vivo en un eterno tira y afloja conmigo misma, tratando de ver hasta dónde llego por mi cuenta, sin tantear el terreno antes de dar un paso, cayendo con frecuencia y equivocándome constantemente. Porque en eso se basa mi vida: en equivocaciones.
Siempre supuse que de esas equivocaciones iba a aprender algo algún día, que tarde o temprano me iban a servir para algo, pero me encuentro a mí misma tropezando una y otra vez con la misma piedra, cansadísima de caerme y de chocarme con la cruel realidad cada vez que algo no sale como me lo propongo. Y de eso se trata ¿No? De equivocarse.
Equivocarse es humano, pero vivir errando es ser imbécil y, sinceramente, creo que ya estoy pasando a esta segunda categoría, y no le puedo echar la culpa a los viernes 13 o a abrir los paraguas bajo techo, esto ya es un error que radica en mí, y es algo que tengo que corregir sola. No digo que tengo que ser la mujer biónica y no equivocarme nunca, pero tampoco puedo ir por la vida cayendo constantemente: no es sano. Lo que pasa es que, para algunos, una caidita no significa nada, incluso los impulsa a seguir adelante, otros se rinden ante cualquier adversidad y esperan escondidos a que alguien vaya a salvarlos, y también están los que, como yo, se cansaron de levantarse y terminan rodando por el piso para no caerse más. Suena estúpido, muy estúpido, pero mis metáforas siempre fueron bastante estúpidas: yo soy bastante estúpida. Y siento que a esto ya lo dije, es muy probable que sí, porque tampoco tengo buena memoria.
Caos, caos, caos.
Tenía que ser lunes. Y le echo la culpa a los días de la semana... son días, hoy es lunes porque a alguien se le habrá ocurrido que sea lunes, y que haya tenido que madrugar, y que esté enfermándome, y que no haya dormido hace días, y que cada vez que intento pensar en algo coherente o ponerme las pilas para terminar lo que empiezo, me agarre un bloqueo mental y quede completamente carente de reacción. Como un zombie. Eso parezco, un zombie. Esa es una de las cosas que quisiera cambiar, mi estado de zombie, mi falta de reacciones, mis reflejos tardíos, mi estupidez.
Obviamente también hay cosas que no quiero cambiar, no todo se trata de destruír todo lo que vengo construyendo para empezar de nuevo a recorrer un camino que me lleve a ningún lugar. No, che, no. A veces, incluso, me gustaría poder dejar las cosas como están, tirarme en el pasto y mirar las nubes pasar, que otros hagan mi trabajo y me dejen descansar, porque bien merecido tengo un descansito.
Eso me trae recuerdos, muchos recuerdos, de épocas que no van a volver, de momentos que quedaron enterrados en el pasado, esperando que algún aventurero vaya a su búsqueda. Es otro de los motivos por los cuales odio la primavera, porque está llena de recuerdos: no me pregunten por qué, carezco de la habilidad de recordar la mayoría de las cosas, pero la primavera me trae muchos recuerdos, muchos detallitos escondidos en cada imagen mental que se forma en mi cabeza a partir de la nada, en cualquier momento, por ejemplo, en este.
Me acuerdo de cosas y no sé qué son, o de dónde salieron, pero me traen lindos recuerdos, son sensaciones.
Odio esta época nostálgica del año, me pasa siempre lo mismo. No sé si será porque el polen que tanta alergia me provoca llega hasta mi cerebro y produce alguna especie de efecto alucinógeno, o porque tengo la cabeza en tantas cosas que mi mente eventualmente necesita un descansito y me trae vivencias pasadas para distraerme un poco, o a lo mejor caigo en la cuenta de que, posiblemente, antes estaba mejor.
Entonces, me acuerdo, me dejo recordar viejos momentos.
Y vienen a mi mente miles de imágenes, miles de sensaciones, miles de pensamientos.
La luz que entra por la ventana del departamento de mi abuelo, ese olor nauseabundo a  vainilla y coco que tanto ama mi tío, pero que a todos los demás miembros de la familia nos da asco, los delirios hasta altas horas de la madrugada con mis amigos, el fresquito que surge del pasto en el campo, la arena, el viento insoportable que hace que parezca el Rey León... es el verano, la primavera, el calorcito insoportable, los mosquitos que se alimentan de mí como si fuera una fondue gigante. Son las tardes bajo el sol, sin hacer nada, absolutamente nada, es el tiempo libre, son los libros nuevos, son mis auriculares pegados a mis oídos como por una fuerza magnética.
Es la hermosa paz que produce el relax. Y de eso, vengo necesitando mucho.

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