viernes, 23 de septiembre de 2011

Fénix.

Las personas, en casos muy excepcionales, cambian. Yo fui uno de esos casos excepcionales (nótese que hablo en pasado, porque no estoy en constante mutación y tampoco pienso seguir cambiando).
Creo que el noventa porciento de esas personas que cambian, lo hacen debido a que se dan cuenta de que algo realmente está funcionando mal consigo mismos, así sea que se lo hacen notar los demás o que lo notan solos. En mi caso en particular, se produjo una mezcla: debido a las reacciones de los demás respecto a mis actitudes, me di cuenta de que algo andaba mal, que no iba para donde quería ir, y este cambio se produjo en dos etapas: la primera cuando tenía once y la segunda cuando tenía trece.
De chica, era muy insegura, era la típica pendeja insoportable que cree que tiene que pasar por encima de los demás para evitar caer en la decadencia, y tuve ese lema como estandarte durante muchos años (los suficientes para decir BASTA y dar un cambio radical, o varios, en realidad). Creo que, en cierto punto, esa inseguridad fue la que me dio fuerza para construir una pared a mi alrededor y reinventarme a mi manera, poco a poco, teniendo como producto final a lo que soy ahora: una persona que se considera fuerte y muy segura de sí misma.
El proceso no fue fácil, debo decir, y llegué a tocar fondo varias veces, la más evidente fue el 29/09/09, cuyo hecho conmemoro como el día en que comenzó un proceso consistente en incendiarme y renacer de mis cenizas, y cuyo aniversario se acerca, por lo que no puedo evitar mencionarlo.
Pero para subir hay que bajar, dicen, y creo que lo que yo necesitaba era un golpe lo suficientemente fuerte como para darme cuenta de mis errores y empezar a enfocarme un poco más en mí misma y menos en lo que los otros pensaban de mí. Un comienzo totalmente desde cero, y algo que me acercara a la realidad en vez de alejarme de ella, que me ayudara a ser una persona con más seguridad en sí misma y más relajada. Hoy por hoy tengo que decir que, si pudiera volver el tiempo atrás, me gustaría empezar desde cero sin la necesidad de pasar por eso, sin tener que contarlo hoy como un proceso doloroso y poder relatarlo de otra manera, pero no puedo decirles más que la verdad, y eso es lo que fue: una caída obligatoria.
Relaté este suceso tantas veces que las palabras comienzan a desgastarse, e inclusive tiene dedicado un par de entradas en este blog, no creo que haga daño contarlo una vez más, como conmemoración de lo traicionada que me sentí, y que se asemeja mucho a como me siento ahora (en menor grado, pero con igual importancia).
Nunca fui de victimizarme, me parece uno de los actos más deshonrosos para una persona, y si esto suena a victimización, les pido que vuelvan a leer todo lo anterior y entiendan que pongo esto nuevamente para que se den cuenta de que sí se puede renacer de las cenizas.
Desde hacía bastante venía escuchando Paramore, y el 29/09/09 iba a salir a la venta Brand New Eyes, su CD nuevo, además de ser el cumpleaño de uno de los hermanos Farro, y es por eso que todavía que me acuerdo la fecha: la tenía marcada en un almanaque, tenía puesta una alarma en el celular, y la noche anterior me había acostado pensando en comprar ese CD al día siguiente. La mañana de ese día, me desperté sencillamente radiante: era martes y no me importaba, tenía una evaluación en la primer hora pero había estudiado lo necesario para que me fuera bien y no sabía lo que me esperaba. Llegué al colegio temprano, algo rarísimo en mí, que para levantarme tardo mucho más que cualquier otra persona, como si la cama fuera un imán gigante y yo fuera un pedazo de metal, y me dirigí a donde estaban algunas amigas mías. En ese entonces estaba peleada con otra chica, con la cual nunca me había llevado del todo bien, pero que me había llevado a mi punto de ebullición debido a sus constantes mentiras. Según tenía entendido, también mis amigas la detestaban, por sus propios motivos, claro está. Las saludé, y esta chica las saludó desde el otro lado del hall: casi la totalidad de ellas se dirigieron a saludarla y abrazarla como si hubiera vuelto de la guerra, y lo tomé como un insulto a todo lo que yo creía que ellas pensaban, porque realmente no se cansaban de hablar mal de ella, y ahora la abrazaban. Lo tomé como un acto de hipocresía, pero, de todos modos, eran ellas las que estaban siendo hipócritas, me prometí no ser así también y subí al salón a esperar a mi mejor amiga, que todavía no había llegado.
Es ese momento, dos de mis amigas se sentaban adelante mío y de mi mejor amiga, dos atrás, y dos a mi izquierda, en la fila de al lado. En la primer hora tuvimos la evaluación, y estuve totalmente relajada, volcando todos mis conocimientos sobre el tema en una hojita de papel insignificante. Soy de explayarme mucho cuando escribo (he aquí la prueba), y terminé casi última, unos minutos antes de que tocara el recreo. Para ese entonces, ellas estaban todas sentadas en el banco de atrás mío, y me di vuelta para ver si querían hacer algo el fin de semana (siempre fui de planificar salidas con mucha anticipación). Su respuesta me sorprendió: me miraron, se miraron entre ellas, se dieron vuelta y siguieron hablando. Ahí fue cuando empecé a sospechar que algo andaba mal. Decidí ir a preguntarles qué pasaba en el recreo, pero apenas tocó el timbre salieron corriendo. Llegué abajo mucho después de ellas, y me acerqué a hablarles: volvieron a salir corriendo de nuevo, con esta chica que supuestamente odiaban. Terminé sentada en un banco con mi mejor amiga, dialogando sobre lo que podría haber pasado.
Ella y yo siempre tuvimos maneras muy diferentes de reaccionar, por lo que, mientras ella lloraba a moco tendido siendo consolada por otras dos amigas que no se habían sumado a la hipocresía, yo estaba iracunda, escuchando Ignorance (canción que tomé como himno de batalla, por así llamarlo, mientras que ella se refugió con How Does It Feel?, de Avril Lavigne), de Paramore a todo volúmen con los auriculares.
El día transcurrió y al llegar a la casa de mi abuelo, me puse a hablar por Skype con una amiga que vive en otra ciudad, a la cual nunca vi, pero quiero igual y todas conocíamos. Ella creó una conversación multitudinaria en messenger, en la que metió a las dos raíces de la hipocresía (por darles un nombre), a mi mejor amiga y a mi, y actuó como mediadora entre ambos bandos. Claro está que no resultó bien y, llorando en una conversación de Skype con ella y otra amiga de otra ciudad a la cual nunca vi, desahogué toda la bronca acumulada (siempre fui de llorar de la bronca).
Era la época de los fotologs, y al entrar al de esta chica que todas aparentaban odiar, me di cuenta de lo que estaba pasando: a mis espaldas habían planeado todo para dejarnos a mi mejor amiga y a mí solas, hacernos quedar mal enfrente de esta chica y, de un modo u otro, expandir una campaña de difamación en nuestra contra por todo mi círculo social. En ese momento me sentí herida, no entendía por qué las personas que más quería hacían eso, pero ahora que lo veo en retrospectiva, en cierto punto las entiendo: no fue la manera correcta de solucionar problemas, pero de un modo u otro hizo que me caiga la ficha (pienso explicar todo esto al final, patience). Estuve llorando la mitad de la noche, escuchando una y otra vez un CD de Taylor Swift, y pasando repetidamente The Best Day, porque una frase de esa canción reflejaba mucho lo que pensaba en ese momento.
Cansados de verme así, mis viejos, después de varios días, se decidieron a obligarme a hacerle frente a los problemas y me hicieron ver que el problema era yo, y que ellos lo veían tan bien como todas mis amigas, pero no podían simplemente darme en adopción, por lo que decidieron decirme las cosas de la manera correcta. Pasó el tiempo y, un día, en la cartuchera de una de ellas encontraron una carta-broma de una chica de otro curso. Ella me preguntó si reconocía la letra y le dije que sí y de un día para el otro las cosas se solucionaron, así, sin más. Aun hoy somos amigas, y estamos en una situación mejor que nunca, tengo que decir.
Todo se ocasionó debido al alto nivel de manipulación que ejercía sobre ellas, mi testarudez, egocentrismo  y mi inseguridad, la cual me obligaba a estar siempre por encima de ellas, a pisotearlas una y otra vez si no conseguía lo que quería: eran mis juguetes, no mis amigas. Obviamente, se cansaron, y me hicieron ver que estaba mal de la manera incorrecta: no fui la única que cometió errores, ellas también tenían sus defectos, pero yo prefería decírselos antes que hacerles lo que ellas me hicieron a mí. Ese fue otro de los problemas: mi falta de tacto. Siempre fui de ir muy de frente, sin importarme que a otras personas les molestara lo que yo dijera y, si bien mis maneras de decirles que había actitudes suyas que me molestaban no fueron las correctas, por lo menos no fueron errores tan abismales como podría haberse esperado.
Mirando en retrospectiva, cambié mucho desde hace dos años. Sí, sigo siendo manipuladora y testaruda, pero en un menor grado, ahora sé reconocer mis errores y no intento que los demás hagan todo lo que yo digo porque yo lo digo: soy una persona más equilibrada de lo que solía ser. Mi egocentrismo y mi inseguridad desaparecieron por completo, haciéndome una persona muy segura de si misma y que no le tiene que probar nada a nadie. Pero no obtuve tantos beneficios sin ningún sacrificio, porque además de pasar por una época sumamente oscura de mi vida, también me convertí en un enorme cubo de hielo: ahora soy un iceberg. Eso tiene sus pros y sus contras. Entre las ventajas de ser un iceberg, está que no me afecta lo que los demás digan o piensen de mí, pero la más grande desventaja es que soy sumamente fría, incapaz de encariñarme realmente con alguien hasta pasado mucho tiempo, soy sumamente desconfiada y vivo a la defensiva, esperando ese tan odiado puñal en la espalda, lo bueno, también, es que ahora sé identificar a las personas propensas a clavar puñales en la espalda, y termino por eliminarlos de mi vida antes de que puedan hacerlo.
La enseñanza de todo esto es que SÍ se puede renacer de las cenizas, y no importa cuán abajo te tiren: tu capacidad para flotar es directamente proporcional a la cantidad de metros que te hundan.

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