lunes, 25 de julio de 2011

La importancia de los recuerdos.

Boludeando, como siempre, me fui por las ramas y me puse a pensar en qué es lo que me había hecho más feliz en mi vida. Pensé en mis viajes (amo viajar), en mis amigos, en mi familia, en los que no están, y en los que están por momentos. Me acordé de algo.
Hace más de un año, fui a Pergamino a visitar a una mitad de mi familia que vive ahí. Nunca me gustó ir, me deprime soberanamente pisar ese lugar, escuchar problemas todo el día, estar encerrada entre cuatro paredes, bacarme a mis primitos... Pero el motivo por el que realmente odio ir a ese lugar es que mi abuela tiene la mitad del cerebro deteriorado por la medicación errónea que le dieron cuando padecía problemas de depresión. Me acuerdo de ella cuando todavía estaba lúcida, yo habré tenido unos siete años. Hay un recuerdo que tengo bien vívido. Cuando vos entrás a su casa, hay un mueble enorme donde guardan la vajilla y algunos comestibles, tienen adornos y fotos también. Ella siempre me mostraba una foto mía con ella, cuando cumplí cuatro años, creo, y me decía 'Muñeca, ¿Sabés quiénes son?' yo siempre le decía 'Vos y yo', obviamente, y antes de volver para Rosario, me decía que elija uno de los adornos que ella tenía ahí, para que me acordara de ella mientras estuviera acá. Ahora hay acá muchas cosas de ella. Volviendo al tema, el año pasado mi abuelo la mandó a un geriátrico, porque no la puede cuidar más, y tiene razón en eso, ya está grande, y ella no reconoce a nadie siquiera, funciona de manera automática como un robot y no se acuerda del nombre de las cosas. Era como tener un chico en casa, y el no podía estar todo el día cuidándola. Una de las últimas veces que los visitamos antes de que la internaran, cuando la fui a saludar, por más perdida que está, me dijo 'Chau muñeca'. Ella siempre me decía muñeca. Casi me largo a llorar en ese momento, el simple hecho de saber que, a pesar de todo, todavía se acordaba de mí me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo. Bien, porque por lo menos estaba a un paso de la realidad, entre todo ese laberinto sin sentido que imagino que debe ser su mente en estos momentos. Mal porque ya no es la de siempre. Con cada día que pasa, empeora, y sinceramente me hace mucho daño ir a verla. 
Si hay algo que me destruye es entrar a un geriátrico o un sanatorio. Ver a tanta gente mal y no poder hacer nada para ayudar me da mucha impotencia. Viejitos abandonados por la familia (porque a algunos ni los visitan), atados a las sillas para que no se caigan para adelante y se den la cara contra el piso, que realizan acciones mecánicas, que viven y no saben por qué, enfermos que están enchufados a máquinas para poder vivir, que no saben cómo van a salir las cosas, que se aferran con cada célula de sus cuerpos a lo poco que les queda y esperan un milagro para salir adelante. Me da mucha impotencia verlos ahí, quisiera poder hacer algo, me gustaría darles un poco de mi vitalidad, un poco de mi energía, algo de mí que puedan usar para seguir adelante, para sobrevivir, para volver a ser lo que eran. 
Tengo malos recuerdos con los sanatorios, no solo por mi historia clínica, sino porque mis familiares parecen tener una tendencia a tener problemas de salud, más que el resto de las personas que conozco. Me hace daño (mucho daño) acordarme de mi otra abuela en sus últimos días. Siempre fue una mujer imparable, que iba de acá para allá, estaba siempre haciendo algo. Prácticamente, me crié con ella y mi abuelo, porque mis viejos siempre fueron trabajadores, entonces, cuando era chica, me cuidaban ellos todos los días. Mis amigas, las que conozco desde chiquita, o por lo menos la mayoría de ellos, se acuerdan de mi abuelo yendo a esperarme a la puerta del jardín y regalándole un huevo Kinder a cuanto amiguito mío se le cruzara por adelante. La cosa es que mi abuelo padece muchísimos problemas cardíacos y circulatorios, y el simple hecho de saber que él algún día no va a estar me destruye, pensar en eso me hace llorar como pocas cosas logran hacerlo, y por eso valoro cada momento con él como si fuera el último. Todavía voy a almorzar a su casa de lunes a viernes, invierno y verano, y todavía me espera siempre con algo dulce. Mi abuela falleció hace cinco años, y sus últimos momentos fueron los peores. Tenía cáncer. Estuvo más de un año internada, a veces en la casa, a veces en el sanatorio, en una época en un geriátrico. Cuando estaba en el sanatorio, el simple hecho de saber que la tenía que ir a ver me hacía mal, no porque no la quisiera, no me malinterpreten, sino porque la veía muy mal, estupidizada por las drogas, deliraba y no nos reconocía. Le hablábamos, le contábamos cosas, pero no entendía nada. Sus épocas en el geriátrico fueron un poco mejores, me acuerdo de haberla ido a visitar el día de mi Primera Comunión, fuimos con ella y con mi familia a cenar a un restaurant que estaba cerca del geriátrico. Estaba muy contenta de haber salido de ahí, decía que no soportaba a los viejos de ahí adentro, que estaban todos en el límite y ella se sentía mejor que eso, pero siempre y cuando tuviera alguien con quien hablar, era feliz. Creo que hablo tanto porque cuando era chica, ella hablaba conmigo todo el día, y los chicos aprenden de las actitudes de las personas que tienen alrededor. Cuando falleció no fui al velatorio. Los velatorios son la peor mierda que existe en el mundo ¿Me pueden explicar por qué carajo uno quiere ir a ver a un ser querido tirado como un fiambre en una mesa y acordarse de eso siendo que puede quedarse con los lindos recuerdos de toda la vida? A lo mejor porque no aceptan la realidad del todo y necesitan verlos ahí para darse cuenta de que se fueron. Por mi parte, me alegro de no haber ido, era una mujer fuerte, brava, charlatana, inquieta, era un ejemplo a seguir, y me gusta atesorar esos momentos como si fueran los únicos. Me acuerdo que me llevaban con mi abuelo al Monumento a la Bandera. A mí me gustaba salir corriendo, y ella se desesperaba por el simple hecho de que yo me alejara de su lado y me empezaba a correr. Mi abuelo se cagaba de la risa.
Cuando lo pienso mejor, es indudable decir que no tengo un solo recuerdo favorito, que son todos los recuerdos que tengo, los lindos, los feos, los que pasé con los que están siempre, con los que ya se fueron, con los distantes, sola. Los recuerdos son recuerdos, y están ahí por algo, para recordarnos quienes somos o para ayudarnos a construir un mañana teniendo en cuenta lo que fuimos.

1 comentario:

  1. lo admito gorda, me hiciste llorar :( creo que tenemos una historia parecida, te entiendo totalmente,yo hice lo mismo con unos cuantos velatorios... creo que es lo mejor, y pase lo que pase tus abuel@s y tus seres queridos que ya no estan fisicamente presente, SIEMPRE estan con vos.

    ResponderEliminar