sábado, 30 de julio de 2011

Otro camino.

Todos los días se aprende algo, a veces hasta te das cuenta de que hay cosas que existen y estuvieron siempre ante tus ojos, pero nunca las viste, o simplemente te das cuenta de que estás en la dirección correcta, pero vas por el camino equivocado.
El año pasado me anoté en Comedias Musicales por el simple hecho de querer hacer teatro, de hecho, me sentía incentivada, siempre me gustó el teatro, tanto verlo, como formar parte de él, estar arriba del escenario. Terminó el año y estaba decidida a seguir, emocionada por ello, y así lo hice. La emoción me duró hasta mediados del mes pasado, más o menos. Me di cuenta de que, si bien me gusta el teatro, la comedia musical no es lo mio.
En un punto u otro siento que no pertenezco a ese lugar, hace bastante que me pregunto, clase tras clase, qué hago ahí, con toda esa gente tan diferente, con quienes, en otras circunstancias, posiblemente nunca hubiera entablado una conversación. Cada vez tengo más ganas de ir, me aburro, se me hacen densas las clases y, si bien al fin y al cabo termino por disfrutarlo, siento que todavía quiero más. Tengo muy altas expectativas, y, en el aquí y ahora, siento que no llego ni a llenar la mitad de ellas al ritmo que voy, las cosas simplemente no son como las esperaba y, si bien me divierto un rato, termino por tomarmelo como una carga, cuando en realidad era una manera de distraerme y relajarme, una especie de terapia (y en su momento me sirvió).
El problema no es el teatro en sí, como arte, ni la música, ni la danza, ni la institución a la que asisto, ni la gente con la que comparto tres dos horitas y media semanales (poquito, che). El problema soy yo. Pero no fue un año y medio en vano, me sirvió para establecer una unión y una separación al mismo tiempo. Por una parte, se unió mi amor por el arte escénico con la música y las ganas de subirme a un escenario. Por otro lado, separó todo eso: amo la música y amo el teatro: POR SEPARADO.
Creo que ese es el tema, no me había puesto a pensarlo claramente, pero, llegada a este punto, me resulta imposible pensar en otro motivo. Hace años que quiero aprender a tocar la guitarra, calculemosle unos cuatro años, y vengo jodiendo con las clases de canto desde principios del año pasado, cuando me di cuenta de que me gustaba cantar pero obviamente no tenía (ni tengo, hoy en día) el talento para hacerlo. En comedias musicales por lo menos cubría la parte del canto y, aunque nunca pasaba al frente, por lo menos aprendía de ver y escuchar a los demás, al vacío de la guitarra jamás lo llené, y últimamente estoy más enfocada en esto de la música, me decidí a empezar por empezar, a saber por saber. No me quiero dedicar a eso, no voy a salir de gira con ninguna banda ni nada por el estilo pero ¿Qué tiene de malo probar algo nuevo? Como mi sueño de la guitarra estaba frustrado, me desahogaba con ese intento de canto (digo intento porque siempre estuve parcialmente en la clase, parcialmente en el País de las Maravillas, vale aclarar), pero a fines del año pasado me di cuenta de que tampoco era suficiente. Este año quise empezar, aparte de comedias musicales, canto. Demás está decir que casi salgo corriendo cuando supe la poca carga horaria que tenía, que era inversamente proporcional al exorbitante precio que cobraban. Averigüé en un par de lugares y no estuve contenta con ninguno, así que me decidí por empezar el año que viene, desde el principio, pero mi problema siempre fueron los horarios. Desde los diez años tengo la mayoría de mis horas libres semanales tapadas de cosas para hacer, me resultaría rarísimo estar todo el día tirada en un sillón mirando las hojas caer mientras puedo estar haciendo cosas importantes (aunque más de una vez se me va todo de las manos y termino agotadísima y con ganas de revolear la casa por la ventana), y este año no fue la diferencia, el que viene, tampoco lo va a ser. Por esto tenía que combinar teatro, con inglés, patín, el gimnasio, el colegio y, ahora también canto y guitarra.: misión imposible. Le di vueltas al tema un millón de veces y decidí que en verano empiezo guitarra y canto, si me gustan lo suficiente como para dedicarles más tiempo, les encuentro unas horitas más en mi horario, sino, me quedo con el básico o abandono cuando arranque el año escolar. El tema era que tampoco me puedo permitir pagar todo eso, por lo que sí o sí tenía que sacar algo de mis horarios: inglés, no, el colegio, menos todavía, patín, no, el gimnasio podría ser. Teatro era la opción que me quedaba, pero estaba tan decidida a seguir que hasta cambié mis horarios de inglés este año para poder seguir yendo a teatro (me agregaron más carga horaria en inglés y me coincidía con teatro), dejé a mis amigos de ese grupo y me cambié a un horario bastante incómodo, por el cual tengo que correr de acá para allá todo el día. Todo sea por el teatro. No estaba dispuesta a abandonarlo, obviamente, ni siquiera se me cruzó por la cabeza, porque, si bien se frustraba el sueño de la guitarra, todavía me quedaban la actuación y el canto, era un dos por uno, una oferta que no iba a desperdiciar. Al menos, hasta ahora.
Hace unos meses empecé a faltar a la primera hora (puesta en escena, la que más me gustaba) con mis amigas porque las clases nos aburrían, mucho de lo mismo, poco progreso y cero interés. En eso, nos encontramos un día con la directora. La hizo corta: si no están conformes, no vengan. Desde ese día lo empecé a pensar mejor, me di cuenta de que no sólo no estaba conforme con eso, sino que me resultaba incómodo que fuéramos tantos, nos limitaba mucho y no avanzábamos, no solo en esa clase, sino también en canto (porque no todo el mundo cantaba todas las clases, en realidad, siempre pasaban los mismos) y en danza, por el tema del espacio. A eso se le sumaba que eran los viernes a última hora, de seis a ocho y media, llegaba super cansada, sin ganas siquiera de pararme, y eso me limitaba mucho (podría haber cambiado el horario, pero ya estaba empezando a conocer a todo el mundo y sino se me superponía con alguna de las otras cosas). Pensando y pensando llegué a la conclusión de que cada vez disfrutaba menos de ir al teatro, de que ya lo hacía solamente por no perder contacto con las chicas. Hace unos meses una dejó, hoy fue la última clase de otra, y en septiembre deja otra más de mis amigas. Desde las vacaciones de invierno me vengo planteado dejar, hoy terminó el mes en teatro, saldé las deudas pero ¿Qué hago?
Tengo una semana más para pensarlo, si sigo, sigo, sino, empiezo teatro y canto por separado. Me gusta más el arte dramático sin el tema musical incrustado que en con él, para ser sincera, no me pregunten por qué, porque, si bien ambas cosas juntas funcionan, en mi caso, eso no se aplica. Música y teatro juntos son lindos a la vista, pero no me veo en un escenario haciendo las dos cosas juntas, no a mi.
Estoy más que decidida a dedicarle el verano al sueño frustrado de la guitarra, el canto, y ver si encuentro algún seminario/taller/loquesea de periodismo, literatura o redacción, si es que encuentro algo interesante, y sino, algo relacionado con la fotografía (otro sueño frustrado).
Sé que voy en la dirección correcta, amo ambas cosas a las que les quiero dedicar tiempo, pero el medio y el camino actuales son los incorrectos. Momento de juntar mis cosas, agarrar todo y empezar una carrera contrarreloj para no perder más tiempo y arrancar de lleno y definitivamente, o dejar las cosas como están y ver qué pasa.

lunes, 25 de julio de 2011

La importancia de los recuerdos.

Boludeando, como siempre, me fui por las ramas y me puse a pensar en qué es lo que me había hecho más feliz en mi vida. Pensé en mis viajes (amo viajar), en mis amigos, en mi familia, en los que no están, y en los que están por momentos. Me acordé de algo.
Hace más de un año, fui a Pergamino a visitar a una mitad de mi familia que vive ahí. Nunca me gustó ir, me deprime soberanamente pisar ese lugar, escuchar problemas todo el día, estar encerrada entre cuatro paredes, bacarme a mis primitos... Pero el motivo por el que realmente odio ir a ese lugar es que mi abuela tiene la mitad del cerebro deteriorado por la medicación errónea que le dieron cuando padecía problemas de depresión. Me acuerdo de ella cuando todavía estaba lúcida, yo habré tenido unos siete años. Hay un recuerdo que tengo bien vívido. Cuando vos entrás a su casa, hay un mueble enorme donde guardan la vajilla y algunos comestibles, tienen adornos y fotos también. Ella siempre me mostraba una foto mía con ella, cuando cumplí cuatro años, creo, y me decía 'Muñeca, ¿Sabés quiénes son?' yo siempre le decía 'Vos y yo', obviamente, y antes de volver para Rosario, me decía que elija uno de los adornos que ella tenía ahí, para que me acordara de ella mientras estuviera acá. Ahora hay acá muchas cosas de ella. Volviendo al tema, el año pasado mi abuelo la mandó a un geriátrico, porque no la puede cuidar más, y tiene razón en eso, ya está grande, y ella no reconoce a nadie siquiera, funciona de manera automática como un robot y no se acuerda del nombre de las cosas. Era como tener un chico en casa, y el no podía estar todo el día cuidándola. Una de las últimas veces que los visitamos antes de que la internaran, cuando la fui a saludar, por más perdida que está, me dijo 'Chau muñeca'. Ella siempre me decía muñeca. Casi me largo a llorar en ese momento, el simple hecho de saber que, a pesar de todo, todavía se acordaba de mí me hizo sentir bien y mal al mismo tiempo. Bien, porque por lo menos estaba a un paso de la realidad, entre todo ese laberinto sin sentido que imagino que debe ser su mente en estos momentos. Mal porque ya no es la de siempre. Con cada día que pasa, empeora, y sinceramente me hace mucho daño ir a verla. 
Si hay algo que me destruye es entrar a un geriátrico o un sanatorio. Ver a tanta gente mal y no poder hacer nada para ayudar me da mucha impotencia. Viejitos abandonados por la familia (porque a algunos ni los visitan), atados a las sillas para que no se caigan para adelante y se den la cara contra el piso, que realizan acciones mecánicas, que viven y no saben por qué, enfermos que están enchufados a máquinas para poder vivir, que no saben cómo van a salir las cosas, que se aferran con cada célula de sus cuerpos a lo poco que les queda y esperan un milagro para salir adelante. Me da mucha impotencia verlos ahí, quisiera poder hacer algo, me gustaría darles un poco de mi vitalidad, un poco de mi energía, algo de mí que puedan usar para seguir adelante, para sobrevivir, para volver a ser lo que eran. 
Tengo malos recuerdos con los sanatorios, no solo por mi historia clínica, sino porque mis familiares parecen tener una tendencia a tener problemas de salud, más que el resto de las personas que conozco. Me hace daño (mucho daño) acordarme de mi otra abuela en sus últimos días. Siempre fue una mujer imparable, que iba de acá para allá, estaba siempre haciendo algo. Prácticamente, me crié con ella y mi abuelo, porque mis viejos siempre fueron trabajadores, entonces, cuando era chica, me cuidaban ellos todos los días. Mis amigas, las que conozco desde chiquita, o por lo menos la mayoría de ellos, se acuerdan de mi abuelo yendo a esperarme a la puerta del jardín y regalándole un huevo Kinder a cuanto amiguito mío se le cruzara por adelante. La cosa es que mi abuelo padece muchísimos problemas cardíacos y circulatorios, y el simple hecho de saber que él algún día no va a estar me destruye, pensar en eso me hace llorar como pocas cosas logran hacerlo, y por eso valoro cada momento con él como si fuera el último. Todavía voy a almorzar a su casa de lunes a viernes, invierno y verano, y todavía me espera siempre con algo dulce. Mi abuela falleció hace cinco años, y sus últimos momentos fueron los peores. Tenía cáncer. Estuvo más de un año internada, a veces en la casa, a veces en el sanatorio, en una época en un geriátrico. Cuando estaba en el sanatorio, el simple hecho de saber que la tenía que ir a ver me hacía mal, no porque no la quisiera, no me malinterpreten, sino porque la veía muy mal, estupidizada por las drogas, deliraba y no nos reconocía. Le hablábamos, le contábamos cosas, pero no entendía nada. Sus épocas en el geriátrico fueron un poco mejores, me acuerdo de haberla ido a visitar el día de mi Primera Comunión, fuimos con ella y con mi familia a cenar a un restaurant que estaba cerca del geriátrico. Estaba muy contenta de haber salido de ahí, decía que no soportaba a los viejos de ahí adentro, que estaban todos en el límite y ella se sentía mejor que eso, pero siempre y cuando tuviera alguien con quien hablar, era feliz. Creo que hablo tanto porque cuando era chica, ella hablaba conmigo todo el día, y los chicos aprenden de las actitudes de las personas que tienen alrededor. Cuando falleció no fui al velatorio. Los velatorios son la peor mierda que existe en el mundo ¿Me pueden explicar por qué carajo uno quiere ir a ver a un ser querido tirado como un fiambre en una mesa y acordarse de eso siendo que puede quedarse con los lindos recuerdos de toda la vida? A lo mejor porque no aceptan la realidad del todo y necesitan verlos ahí para darse cuenta de que se fueron. Por mi parte, me alegro de no haber ido, era una mujer fuerte, brava, charlatana, inquieta, era un ejemplo a seguir, y me gusta atesorar esos momentos como si fueran los únicos. Me acuerdo que me llevaban con mi abuelo al Monumento a la Bandera. A mí me gustaba salir corriendo, y ella se desesperaba por el simple hecho de que yo me alejara de su lado y me empezaba a correr. Mi abuelo se cagaba de la risa.
Cuando lo pienso mejor, es indudable decir que no tengo un solo recuerdo favorito, que son todos los recuerdos que tengo, los lindos, los feos, los que pasé con los que están siempre, con los que ya se fueron, con los distantes, sola. Los recuerdos son recuerdos, y están ahí por algo, para recordarnos quienes somos o para ayudarnos a construir un mañana teniendo en cuenta lo que fuimos.

sábado, 23 de julio de 2011

Weakness

Sentirte tan débil que ni ganas de acomodarte tenés, es una mierda.Levantarte, caminar dos pasos y sentir que si das un paso más te vas a caer y no te vas a poder levantar, es una mierda. Esa impotencia que te da estar tirada en una cama mientras todo el mundo sale, también es una mierda. Estar encerrada cual preso de máximo peligro, al igual que lo anteriormente nombrado, es una mierda. Cuando tu única compañía son el televisor (porque ni ganas de estar en la computadora tenés) y un nebulizador, si sos una persona como yo, querés romper todo. 
Pero bueno, hay que aceptarlo, así se siente la gripe.

jueves, 14 de julio de 2011

Inmortales.

SI NO LEISTE EL SÉPTIMO LIBRO DE HARRY POTTER NI FUISTE A VER LA PELÍCULA, 
NO TE RECOMIENDO LEERLO TODAVÍA.
Puede ser que muchos digan que hoy llego el final, el cierre de una serie de sucesos que acontecen desde el 30 de Junio de 1997, fecha en la cual se publicó el primer libro de Harry Potter (aunque muchos no lo conocimos hasta el 4 de Noviembre de 2001, cuando se estrenó la película), pero para mi no es el final definitivo, es solamente el cierre de una etapa. Es impresionante ver que esa historia con la cual creciste llegue a su fin (aunque sepas el final desde 2008, cuando llegó un ejemplar de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte a tus manos, como en mi caso), pero podés revivirla. Podés leer los libros una y otra vez hasta que los sepas de memoria. Podés ver las películas hasta conocer la cantidad exacta de capas que se necesitaron para los alumnos de Hogwarts. Podés familiarizarte lo suficiente con las aventuras de Harry, Ron y Hermione como para sentirte parte de la historia, pero hay una cosa que no va a volver a suceder. Sabés que jamás vas a volver a ir al cine a las ocho de la madrugada, a esperar que abran las puertas del shopping para poder ingresar a hacer cola para sacar las entradas, como hicimos mis amigas y yo, que vivimos el día de hoy como una aventura. 
Fue la primera vez que madrugué estando emocionada, al primer timbrazo del despertador, cuando empezó a sonar Big Machine, de Velvet Revolver, salté de la cama (literalmente), sabiendo que un momento tan temido como esperado había llegado. Al ratito estaban ellas abajo, tocando el timbre impacientes, pero claro está, yo no iba a salir sin la varita de Hermione, ni la bufanda de Gryffindor, ni el giratiempos de mi casa, porque sabía que no iba a volver a haber una primera vez de ver a estos magos que me acompañaron tantos años en la pantalla grande. Tomamos el colectivo, nerviosas, inquietas, inestables, posiblemente molestado a todo pasajero ajeno al grupo y taladrándole los oídos de una manera increíble, y les puedo asegurar que fueron los veinte minutos más largos de mi vida. A todo esto, en una corrida desde la parada del colectivo hasta la puerta del shopping, no sé cómo, se me cayó la varita (que tenía escondida entre la ropa, por si me robaban -sí, si me robaban les daba el celular, la cámara y todo el contenido de la cartera, pero la varita y el giratiempos NO-), de lo cual me percaté al estar a veinte metros de la entrada, por lo que tuve que volver corriendo (con el miedo de que alguien la hubiera encontrado, lo cual era básicamente imposible, porque no había nadie en la calle) a buscarla. Estaba en el cemento, al lado de una parte de la vereda donde había pasto, y de no haber sabido que era mi varita, la hubiera confundido con una rama. En la puerta del shopping (cerrado y vacío, por supuesto, a excepción de los guardias y otros miembros del personal) nos encontramos con una amiga más y nos fuimos al único lugar que estaba abierto en ese momento: el Coto, a desayunar. Esperamos una hora, hasta las diez, cuando abrió el shopping y (literalmente) corrimos hasta la puerta del cine, para encontrarnos con un cartel que informaba que abría a las 11.45. Faltaban casi dos horas para eso, pero estábamos dispuestos a esperar, junto con unos amigos más que se nos habían unido en el trayecto de la puerta al cine. El cine abrió antes y las entradas estaban más baratas (gran noticia), por lo que solamente nos quedaba hacer tiempo hasta las 12.20, horario de la primera función subtitulada (yo, personalmente, ODIO las voces de los doblajes). Nos sentamos, impacientes, en el patio, y esperamos a que fuera la hora. 
Una vez que entramos a la sala, no les puedo explicar como me sentí. Estaba enojada (esa típica impotencia que te da al ver a los demás accionar y no poder hacer nada), demás está decir que insulté a los tan detestables duendes de Gringott's de arriba a abajo y se me escaparon varios comentarios desagradables hacia Bellatrix y Voldemort. Estaba triste, porque sabía que era la última primera vez que los iba a ver en esa pantalla, y saberlo me traía miles de recuerdos de las películas anteriores, de los libros , del tráiler, de todo (y se me escaparon un par de lágrimas cuando salen volando en el dragón y cuando muestran los recuerdos de Severus, a quien considero un ídolo indiscutible -sí, idolatro a un personaje ficticio, en realidad, no a uno, sino a varios-) . Estaba emocionada, porque estuve esperando este momento durante mucho tiempo, y, más que nada, estaba feliz, porque finalmente ese día había llegado. No sé exactamente cuánto duró la película, pero a mí me parecieron cinco segundos de lágrimas y risas (especialmente en el momento en el que Voldemort les goza a aquellos que le eran fieles a Harry que él estaba muerto -aunque en realidad, era solamente lo que él creía- y se ríe con esa risa tan deforme. Uno esperaría algo más malvado del villano, no un ''eeeeeejejejeje'').
Lo peor fue cuando salí de la sala, varias de mis amigas estaban llorando (¡como para no llorar!) y los grupitos de fans se acumulaban en la puerta de la sala (muchos de ellos lookeados como personajes de la película o con remeras citando frases de los libros). Durante la totalidad de lo que duró la película, estuve con un nudo en el estómago, nerviosísima, a punto de vomitar, me atrevo a decir, y cuando salí de la sala mi estado no había mejorado mucho. No creí poder volver a comer en toda mi vida, pero al ratito me normalicé y consumí esa comida grasosa que tanto me gusta. Después de eso, todo bárbaro, dimos unas vueltas y todo genial, pero en un  momento de la tarde me agarró una especie de vacío existencial inexplicable. Sentía que me faltaba algo, a lo mejor era que me había sentido tan completa unos momentos antes que ya no me quedaba más energía para sentirme feliz, a lo mejor no, pero me agarró un bajón increíble y repentino. 
Lo estuve pensando bastante, y llegué a la conclusión de que ese vacío existencial se basaba en que una parte de mi vida terminó hoy, una etapa a la que le doy fin con la ÚLTIMA representación cinematográfica de los que son mis libros favoritos, más allá de los tiempos, más allá de las condiciones en las que me encuentre o de todas las historias maravillosas que pueda leer. Harry Potter marcó una etapa de mi vida, como supongo que les sucederá a algunos de ustedes, y me va a resultar siempre imposible olvidar todo lo que esta saga significa para mí. Creo que al estar en esa sala entré en estado de shock, no podría creer que diez años hubieran pasado tan rápido, que de haber ido a ver la primer película al cine con mi tío cuando tenía seis hubiera pasado tanto tiempo. Obviamente, siempre nos quedan los recuerdos, las hermosas marcas que cada palabra escrita por J.K Rowling deja en nuestras mentes. Cada imagen mental que se genera involuntariamente en mi cabeza al leer una oración va a quedar siempre atesorada, y cada vez que lea los libros de nuevo me voy a acordar de lo que sentí la vez anterior, en cada momento en el que me sienta lejos de casa, lejos de mí, se que puedo recurrir a las aventuras del único que sobrevivió a un Avada Kedavra para sentirme de vuelta en mi lugar.
Harry Potter es inmortal, y cada una de las palabras plasmadas en papel por J.K Rowling van a quedar grabadas por siempre a fuego en las vidas de mucho, son cosas que trascienden, sucesos que no dejan de ser considerados importantes, no importa la cantidad de años que pasen. Harry Potter es también atemporal.
 Sé que puede sonar estúpido, que el noventa porciento de las personas que lean esto va a creer que estoy loca, que soy una obsesiva y una exagerada, pero Harry Potter es, hoy en día, una de las cosas más importantes para mí (no me refiero al personaje, sino a todo lo que esta saga representa) y así como yo, se que hay miles que sienten de estas maneras, que madrugaron hoy para ir a ver la película, que leyeron y releyeron los libros una y otra vez, que tal vez no tengan todos los libros en su casa, pero no pudieron aguantar la intriga y los pidieron prestados o los sacaron de una biblioteca, que al enterarse de la construcción de The Wizarding World of Harry Potter casi se mueren de un paro cardíaco (y para aquellos obsesionados como yo que estuvieron ahí: seguramente se compraron todas y cada una de las cosas que vieron en los locales y casi les agarra un patatús al ver la selección de varitas en Ollivander's). Me atrevo a decir que Harry Potter, este fenómeno que crece y crece día a día, forma parte de la historia de la humanidad, y de cada uno, en menores o mayores medidas siempre está. ¿O me van a decir que no esperaron la carta de admisión a Hogwarts hasta los once años? Sé que muchos, como yo, todavía no perdieron la esperanza y la siguen esperando (:

lunes, 11 de julio de 2011

No tienen una idea de lo bien que se siente tirar a la mierda toda la basura que tenés en tu habitación, y junto con ella, también sacarte de encima el veneno que venís acumulando desde hace tanto. Hacía mucho que no me ponía las pilas para sacar la cantidad de cosas inservibles apiladas por todos lados en mi pieza, así que tirar todo hoy me hizo bien. De algún modo me sirvió para descargarme, y cada vez que cerraba una bolsa y la ponía junto con las otras me sacaba un peso enorme de encima, así que no solo limpié mi habitación, sino también mi corazón, eliminando a cada pequeño parásito que se fue llevando pedacitos de mí de a poquito, a cada ser que me traicionó en una o más ocasiones, a cada momento de mi vida que solamente me servía para amargarme. Saqué todo afuera, todo lo que se acumulaba en mi vida y me impedía avanzar total o parcialmente, obstruyendo mi camino hacia la felicidad cual piquete en la ruta (metáfora vulgar pero certera), y ahora estoy lista para dar el siguiente paso y, no caminar, sino correr hacia aquello que quiero y SÉ que voy a conseguir.

martes, 5 de julio de 2011

Encierro.

Un día encerrada y ya empiezo a sentir que me desvanezco. Es increíble lo molesto que me resulta pasar un día entre cuatro paredes. La computadora, Bombón y yo. Hay silencio en la casa, a excepción de la música y el constante tecleo que le pone los nervios de punta a medio mundo, y yo detesto el silencio, salvo en contadas ocasiones, claro. Entonces así pasé un día encerrada, habiéndome prometido previamente salir cada vez que pudiera en las vacaciones, sentada frente a un monitor todo el día, comiendo por el simple hecho de hacer algo más que mirar una pantalla, y leyendo. Necesito saliiiiiiiiiiiiiiiiiir, respirar aire puro (o en realidad contaminado, si vamos al caso). Vans, esto es su culpa.

Caminos

No necesito que nadie me diga qué hacer o cómo hacerlo, que me indique en qué me equivoco o me facilite el camino hacia lo que quiero y, por más que a veces ese camino sea sinuoso, un tanto complicado, lleno de obstáculos, tengo la necesidad de transitarlo sola y ver qué me depara el futuro, qué tiene la vida preparada para mí, equivocarme y aprender de mis propios errores, no de los errores que los demás hayan cometido con anterioridad. A veces el camino más difícil termina siendo el más útil, y cada paso en falso se convierte en una experiencia única e inolvidable, en realidad eso es lo que vale la pena al fin y al cabo. No la meta, sino el camino. Si bien la meta es lo que te impulsa a seguir avanzando y te motiva a terminar lo que empezaste, el camino es lo que realmente te hace crecer.
En ese camino, que bien puede ser largo o corto, te vas a encontrar con un montón de personas que van a cambiar tu vida, vas a pasar por muchísimas situaciones que te van a hacer pensar y vas a tener el tiempo suficiente para tomar una bocanada de aire y levantarte cada vez que algo te golpee lo suficientemente fuerte como para dejarte tirado en el piso.
Decidí ir sola por mi camino, y ver qué sale de todo esto, ¿Quién sabe? A lo mejor llego a un mundo ideal para mí, sin ningún tipo de pateticidad como la que uno encuentra cada día al ver a tanta gente con los cerebros quemados. De todos modos, todos somos un poco patéticos, y si no lo fuéramos la vida sería bastante aburrida ¿No les parece?