lunes, 2 de mayo de 2011

El sábado me di cuenta de lo mucho que me gusta el teatro. Un año asistiendo a clases sin terminar de convencerme de por qué lo hacía, viéndolo como un hobbie, sin importarme si me iba bien o mal, sin necesitar progresar, para finalmente tirar todos esos ideales a la mierda en una sola noche. Ver a los profesores y celadores que me acompañan día a día en el ECM en escena me hizo darme cuenta de que al teatro, más que dedicarle tiempo, hay que ponerle pasión, y eso es algo que me estuvo faltando todo el año anterior: iba por el simple hecho de encontrarme con las amigas que había conocido ahí y reirme un rato, y hasta desvalorizaba algunas clases por el hecho de que no eran lo que más me gustaba, pero todo suma, y para pararse en un escenario hay que tener un poco más que valor, hay que amar lo que uno hace y dejarlo todo allá arriba. En el mismo instante en el que pisás ese escenario, no importan los problemas, no importa nada ajeno a lo que estás interpretando, sos vos cumpliendo un sueño.

3 comentarios:

  1. Estando ahí arriba, te despojás de lo que sos. Tomás el papel de otra persona, y te olvidás de quién sos en realidad. Todos los problemas, todas las preocupaciones desaparecen. Interpretás otro rol, lo vivís y lo hacés tuyo.
    No soy muy bueno explicándolo, pero el teatro me brinda un sentimiento único. Paz, armonía, "no-sé-qué". Para mí es como un cable a tierra, una manera de descoenctarme del mundo. Es mágico Laru, es mágico.

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  2. Igual, mi cable a tierra sigue siendo la música, soy inútil y no sé tocar ningún instrumento, pero es algo que me estabiliza de una manera increíble. El teatro es una manera de descargarme, más que nada.

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