sábado, 25 de diciembre de 2010

Una sola idea, definitivamente, puede llevar tu concentración en la realidad a los extremos, te puede ausentar completamente de la vida diaria, aislarte de todo lo que te rodea de una manera insoportable. Un solo pensamiento, que desencadena tantos, y tantas posibilidades que considerás casi imposibles. Tan imposible que con el simple hecho de tenerlas, ya querés dejarlas de lado, pero una parte de vos te dice que sigas, que no perdés nada por simplemente soñar. No sabés a cuál idea obedecer. ¿Obedecer? No es obedecer si seguís a tus instintos, porque no obedecés a nada ni nadie, solamente, como siempre, decidís seguir tu camino sin importar las consecuencias, entonces, en estas situaciones, es mejor dejarse caer al vacío y ver qué pasa. Eso no significa que estés librando todo a la suerte, y que no te importe nada, tampoco que quieras el camino fácil o abandones todo antes de siquiera empezar, sino que creés que seguir a tus impulsos no siempre es lo mejor. Entonces, te sentás, y esperás una buena oportunidad, un indicio de que el camino que estás eligiendo es el correcto. No tiene sentido seguir pensando las cosas cuando estás seguro de que ya llegaste a una conclusión, de que ya sabés todo lo que debés saber (más de lo que querés saber), es terreno desconocido, y sabés que un paso en falso puede terminar en catástrofe, aunque tenés bien claro a dónde te estás metiendo, conocés las posibles consecuencias (nada alentadoras, debo decir), los riesgos que te esperan en este nuevo camino, pero sos tan, tan, tan orgullosa que vas a seguir adelante, te vas a arriesgar, solamente para no arrepentirte más tarde, aunque el remordimiento no forma parte de tu personalidad, claro está.
Últimamente, mi mente está tomando rumbos desconocidos, y a la primera distracción, se estanca.

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