miércoles, 29 de diciembre de 2010

La desesperanza de los soñadores.


Heme aquí, sentada frente al monitor, con el sonido de los autos al pasar por la calle, mientras canto una y otra vez la misma frase, que se repite y repite en mi cabeza. No tiene sentido, sé que es solamente un delirio más, como todos aquellos que conforman mi vida, pero es imposible no sentir un pequeñísimo vacío. Después de un día como hoy (el segundo mejor desde que empezó oficialmente el verano), es increíble pensar que los sueños pueden derrumbarse tan, tan de golpe. Voy a salir a flote, porque creo que esto es más que nada una exageración de hechos infundamentados e impredecibles, pero no puedo evitar hundirme mientras más intento nadar hacia la superficie. Mi mente ingenua e imaginativa me llevó a territorio desconocido, y temo que no sé cómo volver a pisar tierra firme. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero, ¿De qué sirve tenerlas? Un amigo (sabio amigo) me dijo que sirven para sostenerse de algo, aunque después se desmoronen, nos sacan adelante. Tiene razón. Sirve tener esperanza, sirve tener ilusiones, sirve seguir soñando, caminando por el mundo con la certeza de que si querés encontrar al último duende sobreviviente lo vas a encontrar cuando menos lo esperes. A los soñadores se nos complica todo un poco más, justamente por vivir en esa típica ensoñación, con unos anhelos y metas tan grandes y lejanas que parecen imposibles, pero sabemos que podemos alcanzar lo que queremos simplemente con la suficiente dosis de esfuerzo. El problema es que, al querer llegar tan lejos, la caída suele ser un poco más dura, ya que al alzarse ese enorme muro que nos impide seguir avanzando hacia la felicidad, tendemos a perder todo tipo de esperanza y a olvidarnos completamente de todos nuestros sueños, absolutamente todos y cada uno de ellos. Los agarramos, los hacemos una bolita y los tiramos por la ventana, deseando no ser tan soñadores, no tener tanta esperanza, no creer en lo increíble. Tarde o temprano, vuelve esa sensación de vacío que solamente se llena con nuestra propia versión de la vida misma, de un mundo tan perfecto como único, y volvemos a soñar, eventualmente, después de haber caído tan abajo es imposible no querer volver a volar tan alto como sea posible, superar todas las fronteras del mundo real y sumirse en la imaginación. Los soñadores, en el fondo, somos bastante cobardes, porque ante cualquier problema recurrimos a nuestra islita privada a ver cómo las olas azotan la playa con violencia, y nos preguntamos, nuevamente por qué. Es verdad, solemos encontrar las respuestas a nuestras incógnitas en nuestras islas, después de ser hundidos una y otra vez por las potentes olas de la duda y la desconfianza, y terminamos siendo golpeados por uno que otro coco caído del cielo como señal de que sigue habiendo un mundo real que nos espera cuando estemos listos, aunque nunca estamos del todo listos. Terminamos regresando a esa isla cada vez más seguido, esperando que la lluvia formada por nuestras propias lágrimas no derramadas lave todo lo que contenemos, y podamos volver a la realidad listos y de una manera más pura que antes. Pero la lluvia es efímera, los sentimientos son efímeros, nuestras ensoñaciones son efímeras, la vida misma es efímera, y tarde o temprano, volvemos a tener esa horrible sensación, un hueco en el corazón que no podemos tapar aunque lo intentemos, que no se quiere curar, formado por dolor agonizante, sentimientos encontrados y un típico je ne sais quoi.

1 comentario:

  1. Me encantó!
    Y nada mejor que describirlo que con eso de la isla... en mi caso antes solía ser más soñadora y lo asociaba a que no tenia muchas satisfacciones en lo concreto!
    Entonces ahí es cuando levantas tu isla!
    Pero tarde o temprano te cae el coco, yo veía una pared, y como yo siempre me como las paredes e venían como anillo al dedo!

    Bezitozz

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