jueves, 9 de diciembre de 2010

Ella caminaba por la calle, con la mirada puesta en un punto fijo a lo lejos, no le prestaba mucha atención a lo que sucedía a su alrededor, simplemente se enfocaba en un eterno horizonte oculto entre los edificios de su ciudad. El pelo salvaje, ondulado y despeinado, se agitaba con el viento a su alrededor, y brillaba de una manera diferente bajo las nubes del mediodía, que goteaban inconstantemente. Daba pasos largos con sus Converse negras, y en una mano sostenía la tira de una cartera redonda que llevaba a todos lados, ni siquiera ella misma conocía el contenido exacto de ese bolsito, porque nunca lo vaciaba, se limitaba a agregarle cosas con todas las salidas, hasta que no quería cerrar y se veía obligada a sacar cosas. Siguió caminando, era una corta distancia la que tenía que recorrer, pero le daba tiempo de pensar y, entre todas sus cavilaciones, se dio cuenta de que era una más de todas aquellas personas invisibles que rondaban la ciudad. La idea le gustó, en cierto punto, porque significaba que estaba rodeada de gente igual a ella, y no resaltaba entre la sociedad, lo cual le daba exactamente lo mismo, porque no necesitaba la constante atención de cada citadino conocido o desconocido que le pasara por al lado, pero también tenía sus motivos para negarse a aceptar esta idea de la invisibilidad abiertamente, y entre ellos estaba esa idea tan formada sobre la sociedad que ella tenía, que le impedía pensar que todos eran iguales, y que la llevaba a creer que todos somos diferentes en cierto punto, todos tenemos algo que nos hace únicos y nos da independencia de los demás y de sus actos, permitiéndonos llegar donde nosotros querramos hacerlo, dandonos independencia y haciéndonos tan liberales como nosotros querramos, al fin y al cabo, cada cual ata sus cadenas a lo que le impide avanzar, y crea su propia condena al no superar sus obstáculos. Desde su punto de vista, el destino es lo que nosotros hacemos de él.

Todos tenemos alas, pero sólo unos pocos saben volar.

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