jueves, 4 de noviembre de 2010

Hasta el fin de este viaje


Hoy, lo único que se me cruzó por la cabeza cuya coherencia no discutiría (esto va a sonar muy teofanático, pero tengo la necesidad de ponerlo): Gracias Dios!

Yo creo en las coincidencias, pero tampoco es para tanto, y no se si lo que me pasó hoy es obra de él, del destino o mi culpa por coparme con la lectura, pero no pude parar de sonreir en la mitad del día (todavía estoy un poco estupidizada, por así decirlo).

Ese instante en el que vos me viste, y yo te vi, que me paralicé, y vos te diste vuelta a ver quién era, fue mágico. Fue un segundo, uno solo en el que nuestras miradas se cruzaron, un segundo en el que podría jurar que vi algo, pero sería sacar conclusiones demasiado apresuradas, para alguien que no veo desde hace más o menos un mes, y que me contacta en escasas ocasiones. No quiero sonar como una idiota, pero así me siento ahora, estoy idiotizada, hipnotizada ¿Te das cuenta que sos adictivo? Hay demasiadas cosas en mi vida últimamente, y para completarlo todo faltabas vos, el único hueco libre que quedaba en mi cabeza era el que vos ocupabas, que después desocupaste, y volviste a ocupar desde que vi esa santa foto. Es increíble poder ver esto en retrospectiva y tener que asumir que el tiempo pasa, que desde el pasado diciembre pasaron muchas cosas, casi un año de aventuras, alegrías, tristezas, nuevos conocimientos y errores (que sobran). Desde diciembre, un recuerdo tuyo pasa por mi mente, como un fantasma, uno que no quiero ahuyentar, que no puedo dejar ir, que sigue ahí, intermitentemente, pero que siempre vuelve. Pasó casi un año, pasé de quererte a amarte, a odiarte, a intentar eliminarte, a quererte de nuevo, a intentar eliminarte otra vez, a intentar suplantarte (lo cual fue una misión imposible para mí), a resignarme a mis sentimientos y volverte a querer. Dicen que el que espera desespera pero obtiene su recompensa, y, si es verdad, ¡Qué recompensa merezco! Ahora decidí aceptar lo que me pasa, pero no voy a permitir que vuelvas a ser una cruel obsesión como fuiste durante más tiempo del que debería haber sido, de ahora en más, vos vas a ser vos, yo voy a ser yo, y si Dios quiere, nos volveremos a encontrar, pero hay una cosa que me sigue sorprendiendo, aunque quiera olvidarte, te quiera o te odie: la manera en que me hacés caer de nuevo.

Así pasen meses, días o semanas, seguís siendo una presencia constante en mi enorme cabezota, estás en los buenos y malos momentos, no tenés una idea de lo que me desahogo escribiendo sobre vos, acá hay cosas sobre vos, en mis cuadernos, en hojas sueltas, hay dibujos, inscripciones (una presente en mi mano izquierda en este momento), de todo lo que te puedas imaginar. Me servís para hacer catársis, si no puedo dormir, me imagino una vida perfecta, y aparecés siempre, cuando te veo por la calle, me paralizo y se me van las palabras, o me agarran los ataques de risa incontrolable (en los que, supongo, debo tener tremenda cara de payaso). Una vez me preguntaron qué haría si fuera invisible por un día. Mi respuesta fue obvia: te seguiría a donde fueras, para saber más de vos, porque esa es justamente la peor parte: ni siquiera hablamos, sinceramente, no sé mucho de vos, salvo lo visible a simple vista y un poco más, y aun así me encantás. No sé por qué, pero todo esto nació de una pregunta boluda de una amiga, y ahí quedaste, casi un año atrás llegaste para quedarte, aunque ni me registrés.

Me aconsejan que trate de olvidarte (los insulsos creen que no lo intenté), y eso es imposible para mí.
Parece que me vas a seguir acompañando, hasta el fin de este viaje.

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