viernes, 15 de octubre de 2010

I love Chaos, but Peace loves me.

Soy una persona que (en su sentido más literal) es un caos personificado. Y es así, tan así que tengo ideas completamente coherentes y opuestas en mi cabeza, que dan vueltas y vueltas y vueltas todo el día, se chocan, caen, se apagan, se encienden de nuevo, y siguen su camino. Siempre fue así, físicamente, parece que padeciera una enfermedad terminal (lo digo en serio, yo NO me muevo salvo que tenga un buen motivo para hacerlo), pero mi cabeza no para, por eso soy tan irritable, creo que tiene que ver con el hecho de que cuando alguien me molesta, o me interrumpe mientras hago algo, el tránsito de ideas (por así decirlo) se frena, es como si una ciudad (imagínense mi cabeza como una versión a escala de Nueva York) apagara repentinamente todas sus luces, se cortara la energía, el tránsito se frenara y todo entrara en caos. Eso se debe a que yo pienso, pienso, pienso en todo, menos antes de actuar. Ahí sí que me va mal ¡MUY MAL! Pero ese no es el tema, sino la constante contradicción que tengo. Un ejemplo de esto sería la combinación perfecta de mi mundito interno: tanto alboroto como sea posible y tanta paz como lo permita el mundo. Todo depende del momento. Generalmente me gusta estar en un ambiente 'contaminado' sonoramente, no por el hecho del ruido en sí, pero ver tanto movimiento, tanta gente de acá para allá, cada uno sumergido en su propio mundo, individuos que caminan por la ciudad decididamente, tienen un rumbo, saben a dónde van. El contraste de las luces en la noche, que no te dejan ver el cielo de tan brillantes que son, un murmullo proveniente de la calle, donde las almas siguen flamando aunque esté amaneciendo y no hayan pegado un ojo, ellos siguen su camino, a veces ni siquieran lo tienen y prefieren ir donde el viento los lleve, pero siguen, y eso es lo importante, el hecho de no rendirse. La noche pasa rápido en la ciudad, y cuando te querés acordar ya pasó un día, una semana, un mes, un año, y parece mentira, porque todos esos recuerdos perfectos quedaron plasmados en tu memoria y son tan vívidos que podrían haber pasado, no ayer, sino hoy mismo. Vas caminando por la calle, pasas por los mismos lugares, revivís experiencias, te ponés los auriculares y empezás a soñar: eso es la ciudad. Pero también tengo mis momentos de paz, momentos zen, momentos donde cualquiera que se me cruce puede sufrir una lenta pero violenta y dolorosa mente ¿Me explico? Hay momentos de éxtasis, de locura, de ruido, de diversión, y hay momentos de reflexión, cuando (por un instante de mi vida, solamente) quiero paz, quiero estar ahí sola conmigo misma. En esos momentos me viene mejor el campo de la Tía Dollis (mi tía abuela, que compró una feria donde se subastaban piezas de ganado hace muchísimo tiempo, la restauró, se hizo una casa además de su casa, la llenó de animales y es el lugar más pacífico que vi en mi vida), donde vas caminando y tranquilamente te pasa un pato por al lado, ya humanizado, te ignora y sigue su camino, pero vos te quedás con esa imagen del patito alejándose. Me acuerdo una vez que fui allá hace un par de años, yo acababa de cumplir doce y toda mi vida amé los animales, entonces para mí entrar en el campo fue un sueño hecho realidad, iba por los corrales recorriendo, mirando, guardando en mi memoria todo lo que veía. En una agarré un patito de los que estaban en el lago, todos juntitos. Me llamó la atención el más vulnerable, chiquito, flaquito, solo. Lo agarré y me lo llevé. Estuve todo el santo día con el patito encima, no lo soltaba, no quería soltarlo, él no quería que lo soltara, porque si lo dejaba volvía. Era un amor, le puse de nombre Saturnino por una anécdota que mi papá me había contado una vez, y fue un día divino, yo iba feliz con mi patito por el campo, orgullosa de tener a tan hermosa criatura en las manos. Era el típico patito amarillo de las películas, igual a todos, pero yo lo veía único, porque era MI Saturnino. A los pocos meses me enteré que a Saturnino y toda su familia se la habían deborado los perros que andaban sueltos por el pueblo. Así es la vida, es dura, en la paz y en el caos, no te escapás de ella nunca. Estaba hablando de la paz del campo y terminé en el Patito Saturnino, perdón. Como les decía, es increíble lo que se obtiene estando en contacto con la naturaleza un rato, respirando aire puro, viendo como todo funciona en perfecta armonía y sin escuchar nada que no sea el cantar de los pájaros. Es casi poético.
Hay momentos para todo, hay momentos para la paz y para el caos, yo creo que amo ambas cosas. Soy una persona que no vive sin ruido, pero un poco de paz de vez en cuando me viene bárbaro, me encanta tirarme en el pasto y quedarme ahí, escuchando cómo el viento mueve las hojas, pero también estoy todo el día enchufada a los auriculares. La gente extremista creerá que el caos es lo opuesto a la paz, yo opino lo contrario (a explicar en otra ocasión, Biología me llama).

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